Hoy Sergi Pàmies ha hecho una asistencia a lo Panenka. Con temple, valentía y en el momento oportuno. Hoy Sergi Pàmies ha dedicado su columna en la sección de cultura de La Vanguardia a la ilusión de cuatro chalados que consiguieron convencer a otros cuatro chalados para montar un proyecto que se aguanta por las ganas. Que vive por el periodismo y ansía explicar las cosas bien. Que busca, qué demonios, escarbar historias humanas en vestuarios con olor a reflex y manchas de humedad y pretende acercar la épica, que la hay, de la camiseta sudada en el cesto de la ropa sucia. Que recupera mitos de anteayer y bucea en los nombres claves del hoy. Luego el fútbol es la excusa perfecta. Porque nos une a todos, chalados y no tanto.
Como me siento un poco parte de esa gran familia panenkista (soy como el primo de fraggel rock porque les mando mis postales desde la distancia y no nos vemos, aunque de una cerveza en navidades no se escapan) me ha hecho especial ilusión ver la columna de Pàmies en el diario en el que trabajo.
Cuando vaya a Barcelona, si me cruzo con Pàmies en la redacción, prometo pedirle que se deje un mostacho al estilo del futbolista checo por unos días. Y que esa imagen sea portada del Panenka #100.
Aquí el artículo publicado en La Vanguardia
PANENKA
Hasta ahora Panenka era el apellido de un checo conocido por arriesgar más allá de la sensatez al lanzar un penalti. A partir de ahora también es el nombre de una revista mensual sobre fútbol (sólo cinco euros). Es un experimento temerario y, en consecuencia, parece condenado a morir joven (y pobre). Por eso conviene comprarla (yo la encontré en la librería La Central) y leer con voracidad retroactiva sus dos primeros números. Panenka ocupa un espacio que, en parte, coincide con el de los periódicos, pero aporta formatos más extensos, temas atemporales, una estética de la memoria incompatible con las urgencias y un gusto iconográfico que ayuda a interrelacionar referencias. Esta suma de virtudes tiene un nombre: cultura.
Pero, con buen criterio, Panenka no abusa de ese intelectualismo que puede transformar el fútbol en una pesadez. Los principios de Panenka son futbolísticos y no renuncian a una visión granangular, que trenza la anécdota, la teoría, el recuerdo y las excentricidades. Esta suma de virtudes tiene un nombre: literatura. Panenka, sin embargo, no cae en la erudición repelente que, a menudo, abre abismos entre la curiosidad y una futbolfilia esnob. Y esta interpretación de los valores literarios se pone al servicio de muchas arcadias individuales (a veces algo anecdóticas y autoreferenciales) pero también de un periodismo deportivo capaz de entrevistar a figuras del pasado, de analizar el nacimiento de la selección de Sudán (espléndido reportaje de Xavier Aldekoa, corresponsal de La Vanguardia) o de diseccionar la dimensión del agente Jorge Mendes, pieza clave para entender la conversión de toda una industria en un laboratorio de experimentación financiera.
Si aplico criterios racionales, llego a la conclusión de que Panenka tiene demasiada chicha para costar sólo cinco euros y de que, igual que otros felices y fugaces experimentos de la cultura, morirá prematuramente. Si aplico criterios sentimentales, en cambio, pienso que se mantendrá gracias al interés de los aficionados por prolongar la experiencia futbolística más allá de los partidos. Pa
nenka conecta con una sensibilidad que, en otros formatos, nos ha regalado grandes momentos de literatura futbolística: Vladimir Dimitrijevic, Gonzalo Suárez, Juan Villoro, Ramon Besa, Nick Hornby, David Winner, Alex Bellos, Bernard Morlino, Bill Budford, Eduardo Alfredo Sacheri, Franklin Foer, Josep Maria de Sagarra, Péter Esterházy, Enrique Vila-matas, Pino Cacucci, Manuel Vázquez Montalbán, Carlos Drummond de Andrade, Jonathan Wilson, Eduardo Galeano y tantos otros que no me caben porque el espacio del artículo se acaba.







