23.12
2008

Navidad

Una pinaza en el río Níger. Foto: Llibert Teixidó

Una pinaza en el río Níger. Foto: Llibert Teixidó

“Cuando sea mayor, seré el jefe de mi propia pinaza, recorreré el río Níger hasta el mar y llegaré a España. Una vez allí, ganaré mucho dinero y seré rico”. Cuando cae la noche y la embarcación se detiene a la orilla del río, Omar acostumbra a soñar en voz alta mientras toma té en la parte trasera de la pinaza junto a sus compañeros de trabajo, niños-adolescentes como él. A veces, los demás se le unen en sus sueños y dibujan su futuro entre las bromas y risas de sus compañeros. Omar no llega a los once años de edad pero, si se le pregunta, miente descaradamente y asegura tener dieciséis o más. Tiene la nariz ancha, la piel oscura y viste un desgastado chaleco naranja con el escudo de la federación brasileña de fútbol en el pecho. De vez en cuando también viste una vieja camiseta que hace tiempo que dejó de ser blanca. Omar es analfabeto y trabaja en una barcaza en el río Níger, en Malí, desde hace dos años. Cuando deja de achicar el agua que se filtra por decenas de agujeros, Omar suele descansar en una pequeña canoa atada junto a la pinaza. Allí da rienda suelta al niño que nunca ha dejado de ser. Hoy Omar no baila, tampoco roba disimuladamente frutos secos de los sacos de mercancías. Hoy Omar está feliz porque ha encontrado un tesoro. Flotando por el Níger, ha llegado hasta la pinaza una pequeña sandalia. Está gastada y apenas sobrepasa unos milímetros la palma de su mano. Mientras sonríe, busca alambres perdidos por el suelo de la embarcación, los corta, y los clava en su pequeño tesoro. Poco a poco, construye un diminuto mástil de alambre y unos alargados remos a los lados de la sandalia. Corta un trozo de tela vieja de un saco y la convierte en una vela al frente de lo que ya ha dejado de ser una sandalia para convertirse en un magnífico velero. Omar sigue concentrado y sonríe. Pero falta algo. Levanta la cabeza y repasa el suelo de la pinaza. Recoge unos trozos de cuerda roída y un pedazo de madera. Sus manos, ágiles, fabrican en un visto y no visto todo un capitán de barco. Lo clava suavemente en la sandalia, alarga los brazos para ver su velero acabado y sonríe. “¡Omar!”. Un grito le despierta de su viaje de ilusión por océanos lejanos. Debe volver a trabajar. Mira a su barco de nuevo. Alarga el brazo y lo deja caer suavemente en el río. Se queda observándolo unos segundos cuando se lo lleva la corriente río abajo. Mientras se aleja, levanta el brazo y hace un tímido gesto de despedida. En ese momento se gira y por primera vez se da cuenta de que le estoy observando. Sin dejar de sonreír, se encoge de hombros, coge un cubo de plástico y regresa a su lugar de trabajo. Vuelvo la mirada y veo como el barquito sigue alejándose allá a lo lejos. Estamos en pleno verano en Malí, pero me da la sensación de que en la ilusión de Omar se esconde aquello que, para mí, da sentido a la Navidad. Feliz Navidad, Omar.

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