20.05
2009

Ratas

No fue sencillo convencer al conductor. Habíamos comprado el billete para llegar a Corumbá, pero no teníamos la más mínima intención de llegar hasta allí. Se trataba de que el autobús se detuviera un momento en una bifurcación a medio camino entre la ciudad brasileña de Bonito y Corumbá, justo en la frontera con Bolivia. El chófer nos miró raro, se encogió de hombros e hizo una mueca como de “vosotros sabréis”. Ya anochecía cuando el autobús se paró y abrió las puertas. Recogimos las mochilas, la tienda y, al mirar al frente, entendimos enseguida la cara del conductor. Allí no había nada. Sólo un pequeño cuartel militar justo en la bifurcación, alrededor pantano y más pantano. Estábamos en el corazón del Pantanal, una zona repleta de ciénagas y lagos del tamaño de Catalunya y Aragón. Tan sólo una carretera atraviesa todo ese territorio. Cargamos las mochilas y nos pusimos a andar, teníamos que caminar durante ocho kilómetros hasta llegar a un pequeño pueblecito de pescadores de agua dulce. Apenas habíamos dado un par de pasos cuando oímos que alguien nos gritaba a nuestras espaldas. “¿A dónde váis? ¿Estáis locos?”, nos gritó un joven soldado, que llegó resoplando hasta donde estábamos. Le expliqué como pude que queríamos llegar al pueblo, que calculaba que serían unas dos horas solamente y allí plantaríamos tienda en cualquier sitio. Mis palabras no parecieron convencerle. Sin saber si gritarme de furia o compadecerse de mi ingenuidad, continuó: “Caminar al atardecer es una locura, ¡el camino está lleno de onças…!”, continuó. “¿Onças?”, pregunté. “Jaguares, -me aclaró-, … y cazan de noche”. Él sí me convenció enseguida, así que empecé a buscar un sitio donde acampar. Justo enfrente del cuartel estaba el antiguo cuartel militar, prácticamente en ruinas. Pensé que allí dentro estaríamos más seguros. Encendí la linterna y eché un vistazo dentro. Al fondo de la sala vi un par de sombras que se escondieron como un rayo cuando notaron la luz de mi frontal. Parecían gatos pequeños. Pero fue escuchar los chillidos agudos que emitían y rectificar mi error en el acto. Ratas. Un montón de ratas correteando de aquí para allá. De repente cambié de opinión y pensé que al aire libre se estaría mucho mejor. Empezamos a buscar un sitio plano para plantar la tienda. Ya era noche cerrada y tenía ganas de acampar de una vez. Justo detrás del antiguo cuartel había un riachuelo y,a sus orillas, encontré un replano levantado, perfecto para la tienda. Empecé a apartar piedrecillas y cuando se me ocurrió alumbrar al agua vi de refilón unas cuantas lucecitas en el agua. Se movían lentamente como arrastradas por la corriente. Al principio pensé que eran luciérnagas. Pero ninguna volaba.. Debía haber unas cincuenta. Me acerqué para alumbrarlas mejor pero no alcanzaba a ver qué era. Supongo que en ese momento una de mis neuronas decidió que ya era momento de trabajar un poco, y di un respingo. Sólo entonces me di cuenta. Eran ojos de yakarés. Unos cincuenta cocodrilos allí mismo, a dos metros. Salí de allí dando saltos y volví al cuartel en ruinas. Definitivamente, mejor dormir con ratas.

No hay comentarios.

Añade tu comentario