01.06
2009

Publicado en el Magazine el 04/05/2008. Texto: Xavier Aldekoa Fotos: Kim Manresa

La cantante Mayé Ndeb, una voz muy respetada en las competiciones de lucha senegalesa, baila y anima al público durante los combates.

La cantante Mayé Ndeb, una figura muy respetada en las competiciones de lucha senegalesa, canta y baila para animar al público

“No sólo somos guerra, pobreza y selva. Somos mucho más que eso. Somos África.” El músico Youssou N’Dour no quiere oír hablar de victimismo. El orgullo de sus palabras es un paso al frente para acabar con el malentendido crónico del mundo con África, que reduce al continente a un cúmulo de desgracias y niños tristes en postales navideñas. África también ríe, sueña, baila y sabe de atajos hacia la felicidad. Y la música, omnipresente en la vida de sus habitantes, es una puerta abierta a la cara más amable del heterogéneo cosmos africano. “Los cayucos, el sida y la guerra son una ventana a lo peor de África, pero la música muestra su otra cara, más positiva y real”, subraya N’Dour. El músico senegalés es una eminencia en África. El continente entero le escucha. Taxis, discotecas, mercados… sus canciones resuenan por todas partes. Y su respuesta ha sido crear un imperio en Dakar que da trabajo a 400 personas. Es dueño de un periódico, una emisora de radio, una discográfica, un estudio de grabación, un club nocturno y un canal de televisión. Y no es casualidad que sea originario de Senegal, que posee una de las escenas musicales más dinámicas del mundo. Su enorme diversidad cultural y étnica, el coqueteo con el drama de su historia y la maravillosa contradicción de una sociedad que suspira por la modernidad y ama con pasión sus tradiciones se refleja en una música vital y de tonalidades diversas. Un viaje a las entrañas de su música permite sumergirse en la esencia de África Occidental.

Cuando le preguntan por su éxito, N’Dour siempre utiliza la primera persona del plural. Se considera un representante de un país fértil en ritmos, que ha generado músicos de éxito internacional como la Orquesta Baobab, Ismael Lô, Baaba Maal, Thioné Seck, Omar Pene o Daara J. “Desde Senghor –poeta y primer presidente del país–, en nuestra historia hay muchos ejemplos de personas muy avanzadas en música, literatura, cine u otras artes”, argumenta. La situación geográfica de Senegal, como trampolín de África al mundo y cruce de culturas de ida y vuelta, hace del país un cóctel de ritmos a medio camino entre tradición y modernidad.

Pero, más que zamparse libros de historia de la música, para zambullirse en la realidad africana hay que perderse por las calles de Dakar. Sólo subirse al taxi, lo último de N’Dour o algo de hip hop hacen vibrar el destartalado vehículo y dejan intuir que la música representa un papel crucial en el día a día africano.

Y las sospechas se confirman en cuanto frena el taxi. Un hombre corpulento, de barriga alegre y mofletes hinchados, nos recibe frente a su casa de un barrio popular de la capital con un fuerte apretón de manos. Es Numukunda Cissoko, miembro de una extensa familia de griots. Estos músicos natos, una suerte de juglares que perpetúan la historia a través de la tradición oral, gozan de gran reconocimiento social en África. Aunque venimos a hablar de música, Numukunda tira de hospitalidad a base de ritual de saludos, arroz compartido y bromas sobre sus dos mujeres y sus siete hijos –“¿o son seis?”, ironiza–. Sus colgantes de plata y anillos desvelan que le va el hip hop. Con permiso del reggae, el hip hop crece a pasos agigantados entre los jóvenes africanos y es un poderoso instrumento para calibrar el descontento social. “El hip hop africano da voz a quien no la tiene y no insulta ni hace ostentación de chicas o riqueza como otros, lucha por la cultura africana y los derechos de la gente”, suelta.

Los nigerianos Zolo Thousand Love y Frank Ébosé, que viajaron a Dakar en busca de una oportunidad, aprovechan las horas de trabajo en su peluquería para ensayar. La música en África es algo cercano, casi familiar.

Los nigerianos Zolo Thousand Love y Frank Ébosé, que viajaron a Dakar en busca de una oportunidad, aprovechan las horas de trabajo en su peluquería para ensayar. La música en África es algo cercano, casi familiar.

Estamos en el patio de una casa de cemento en un barrio de calles de arena y corderos atados frente a las carnicerías. Nadie diría que allí se reúne a diario una familia de griots para ensayar, pero al atardecer llegan músicos de todos lados. Desenfundan yambes, guitarras eléctricas y koras –un instrumento tradicional de cuerda–, y el mundo empieza a bailar. A un lado, los hombres tocan y cantan; al otro, las mujeres danzan. “Así es cada día, somos griots, llevamos la música y el baile en la sangre”, explica Numukunda.

La música en África es algo cercano, casi familiar. El ritmo forma parte de la vida, y su música vive del pueblo. Sólo así se explica que una polvorienta plaza de tierra que durante el día acoge un mercado de telas, especias y pescados secándose al sol sea el escenario del retorno a los escenarios, después de siete años, de Misaal, una popular banda senegalesa. Cuando, tras más de cuatro horas de concierto gratuito de bandas invitadas, sale a escena Misaal, las sonrisas blancas de los presentes destellan en la oscuridad. Con cada canción la plaza estalla, chilla y baila. África vive la música como si en ello le fuera la vida. El líder de Misaal saca pecho ante el matrimonio perfecto entre música y pueblo: “En la música africana no hay estrellas inaccesibles, no es algo ajeno que cabe en un círculo de plástico, forma parte de la vida de las personas y, pese a la pobreza, a la gente le gusta bailar y divertirse. Aquí hay una vida extraordinaria”.

Y si la música está en todas partes, a menudo escapa de su forma convencional. De nuevo en el taxi, la presencia del ritmo en lo cotidiano se cuela por la ventana. Atravesamos un barrio humilde a las afueras de Dakar y la música sale de una peluquería con llamativos dibujos en la puerta. De nuevo hip hop. Zolo Thousand Love y Frank Ébosé son dos jóvenes nigerianos que hace cinco años llegaron a Senegal en busca de una oportunidad para su música. No han tenido suerte, pero no bajan los brazos. Mientras ahorran para grabar una maqueta, trabajan en una peluquería que, a la vez, les sirve de local de ensayo. Vuelan los tijeretazos e improvisan versos sobre una base rítmica que truena desde una vieja cadena de música. Los clientes, encantados. Feliz de su protagonismo fugaz, Zolo se dispara con una declaración de principios que transpira determinación: “No me rendiré, trabajo duro para grabar un disco y prefiero eso a gastarlo en un cayuco donde puedo perder todo. La libertad no está en Europa, está en uno mismo, y la música me da esa libertad”.

Carlou D en una actuación en el Just 4 You

Carlou D en una actuación en el Just 4 You

Con el eco de sus palabras aún resonando en la cabeza, de nuevo la música se filtra por las rendijas de lo cotidiano ante nuestros ojos. Una multitud se amontona a las puertas de un estadio, y unos militares reparten porrazos para controlar lo incontrolable. Dentro no cabe un alfiler. El recinto es un estadio de lucha senegalesa, que, con el fútbol, es el deporte rey del país. Alrededor de un rectángulo de tierra, luchadores tamaño Shaquille O’Neal con taparrabos y amuletos por el cuerpo se preparan para pelear. Huele a tierra, sudor, nervios y, por supuesto, la música no falta a la cita. Durante los combates, una docena de percusionistas llevan el ritmo a la grada, y un grupo de mujeres canta temas tradicionales sin parar. Todos son músicos reconocidos en Senegal. De vez en cuando, algún espectador baja a la arena y ofrece regalos o dinero a las cantantes mientras el público aplaude la generosidad del improvisado mecenas. Los luchadores también bailan danzas tradicionales junto a su entrenador alrededor del ring de arena. ¿Divertirse? No, es algo distinto, mucho más importante. Sus rostros concentrados y su firme determinación en el balanceo de hombros y caderas muestran la importancia de una liturgia de comunión entre cuerpo y alma. La música sólo es el nexo de unión. La fiesta sigue en las gradas.

Precisamente esa línea imperceptible entre tradición y modernidad es una característica fundamental de la música –y la vida– africana. Incluso la música moderna evoca raíces ancestrales. Los numerosos clubs nocturnos de la noche senegalesa no son una excepción. Con una oferta diaria de conciertos en vivo con grandes músicos –no es raro cenar un parrillada de pescado mientras actúan en petit committée N’Dour, Salif Keita o la Orquesta Baobab–, los clubs escenifican la convivencia entre pasado y presente. Lo mismo ocurre en Bamako, Abiyán u otras capitales de África Occidental. En el Just 4 You, el mejor local de música en vivo de Dakar, Carlou D echa mano de koras, tam tams, distorsión y letras en wolof, bambara, inglés o francés como punto de encuentro del ayer y el hoy. Ritmos africanos y latinos se funden con pop, rock y hip hop en una encrucijada de culturas musical. Después de todo, se trata del regreso a sus raíces de los ritmos que miles de africanos exportaron al mundo, víctimas del éxodo forzado de la esclavitud. Y esa riqueza musical vuelve a casa sin rencor. “Los africanos tenemos gran capacidad de perdón, y eso nos deja absorber ritmos aunque nos recuerden etapas dolorosas”, dice Carlou D.

La música como puente de convivencia. Y si hay un lugar en África Occidental que ilustre la armonía entre diferentes, ese es Joal Fadiout, en el centro del país. Conchas blancas en el suelo y en las paredes reciben al visitante al llegar a la isla de Fadiout desde un largo puente de madera. También hay conchas en el cementerio, que comparten musulmanes y cristianos y es ejemplo de tolerancia religiosa. Muchos de sus habitantes son músicos, y la ciudad recibe el apodo de isla de la música. Zona de diversidad étnica y costumbres arraigadas, la música tradicional tiene en Joal Fadiout –con permiso de Podor, cerca de Mauritania– la cuna de los ritmos ancestrales.

Tradición y modernidad se dan cita en la ciudad de Saint Louis, capital del jazz de África Occidental, que en mayo celebra el Festival Internacional de Jazz, con los mejores músicos del mundo.

Tradición y modernidad se dan cita en la ciudad de Saint Louis, capital del jazz de África Occidental, que en mayo celebra el Festival Internacional de Jazz, con los mejores músicos del mundo.

Senegal entero hierve en variedad musical. El mundo aparte cultural y musicalmente de la región de Casamance, al sur, tiene su contrapunto geográfico al norte, en la ciudad colonial de Saint Louis, la capital del jazz de África Occidental. En mayo celebra el Festival Internacional de Jazz, con los mejores músicos del mundo. La ciudad respira música, según Ablaye Sissoko, griot y férreo defensor de la fusión del jazz con ritmos tradicionales. “Cualquier músico debería pasar al menos una vez por esta ciudad, tiene alma de jazz”, dice.

Pero si se habla de magia, de cruce de ritmos y culturas, Senegal esconde un tesoro en medio del océano. La isla de Gorée, patrimonio de la humanidad en 1978, es un remanso de paz casi sobrenatural. A media hora en barco de Dakar, sin calles asfaltadas ni coches, desde la isla zarpaban barcos llenos de esclavos hacia el nuevo mundo. Pero Gorée ha sabido cicatrizar sus heridas y acoge el retorno de los ritmos que sus antepasados llevaron a otras tierras. El resultado fructifica en el Gorée Diaspora Festival, que en noviembre recibe a artistas de primer nivel. Escoltado por docenas de militares y antes de su actuación, la estrella Omar Pene disecciona la isla: “Gorée es una vitrina de África, símbolo de acercamiento entre pueblos, y la música forma parte de su naturaleza”. Mientras habla, llega música desde la plaza y un grupo de personas baila con entusiasmo.

Se oyen risas a lo lejos.

En África todos adoran a Monsieur N’Dour. Su fama ha crecido tanto desde la célebre Seven seconds, junto a Nene Cherry, que ya es casi un dios en todo el continente. Y también fuera de África recibe aplausos unánimes por su música e implicación en causas justas, lo que le permite reunirse con Bush o Zapatero. Pero él no saca pecho. Aún recuerda cuando, de niño, vendía casetes pirata en las calles de Dakar para sobrevivir. Por eso acepta con sencillez la etiqueta de músico africano más influyente del siglo XX o las comparaciones con el mito de Bob Marley y sigue viviendo en su ciudad natal. “No sería nada sin mi gente, lo normal es dar y recibir”, dice frente a la playa de su niñez, donde suele recogerse para componer.

En África todos adoran a Monsieur N’Dour. Su fama ha crecido tanto desde la célebre Seven seconds, junto a Nene Cherry, que ya es casi un dios en todo el continente. Y también fuera de África recibe aplausos unánimes por su música e implicación en causas justas, lo que le permite reunirse con Bush o Zapatero. Pero él no saca pecho. Aún recuerda cuando, de niño, vendía casetes pirata en las calles de Dakar para sobrevivir. Por eso acepta con sencillez la etiqueta de músico africano más influyente del siglo XX o las comparaciones con el mito de Bob Marley y sigue viviendo en su ciudad natal. “No sería nada sin mi gente, lo normal es dar y recibir”, dice frente a la playa de su niñez, donde suele recogerse para componer.

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