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2009

Publicado en La Vanguardia el 22/06/2009. Johannesburgo

Eres una jodida mierda”. Steven Nguni, de complexión fuerte incluso ahora, a sus 56 años, no solía fallar los pases de gol cuando era joven. Pero si el balón se desviaba, sus compañeros de equipo blancos se lo hacían notar. Aunque fuera de los mejores del equipo. De 1979 a 1989 jugó en la Primera División sudafricana y en 1985 se convirtió en el primer futbolista en pasar de los Orlando Pirates al eterno rival: los Kaiser Chiefs. “Pagaron 25.000 rands por mí – unos dos mil euros-,entonces era muchísimo dinero”, recuerda orgulloso para La Vanguardia.

"Hay que perdonar porque el apartheid nos mató un poco a todos", señala el ex futbolista. Foto: Xavier Aldekoa

"Hay que perdonar porque el apartheid nos mató un poco a todos", señala el ex futbolista. Foto: Xavier Aldekoa

Un repaso a su carrera como futbolista es una radiografía certera al gobierno racista que pilotó Sudáfrica desde 1948 a principios de los noventa. Porque el fútbol de aquella época, mucho más que cualquier otro deporte, simboliza la vileza del apartheid.

“Mandela luchó en política, pero cientos de jugadores negros como yo resistimos humillaciones para que la gente se olvidara durante un rato de las injusticias”.

Nguni era un centrocampista diez. Había depurado su técnica en las calles de arena a las afueras de Johannesburgo y había curtido su afán de lucha contra la policía del apartheid. Por eso le pinchaba el orgullo la discriminación. Al principio, funcionaban varias ligas según el color de piel: para blancos, mestizos o bantus. Luego empezaron a permitirse equipos mixtos. Pero en los ochenta, con un sistema político que obligaba a ser racista por ley, el fútbol no era una excepción. “Los blancos se duchaban antes que nosotros y los negros teníamos que esperar. Sólo cuando ellos habían terminado podíamos entrar a lavarnos”, recuerda.

Comer en mesas separadas y encontrarse con hoteles que se negaban a hospedar a jugadores negros se convirtió en afrenta habitual. Pero era la ley. Después, en el campo, debía aceptar el desprecio de sus compañeros blancos por un error. Aunque no de todos. Nguni casi se emociona al recordar el apoyo del central blanco Stewart Lily, a quien le hervía la sangre por las injusticias por el color de piel. “Le decíamos en broma que era casi negro, fue el único jugador blanco que conocí que nos quería. Es una gran persona”, dice. Nguni ha seguido en contacto con muchos compañeros, también blancos, y asegura que no hay rencor: “Algunos de los que nos despreciaban me han pedido perdón. Hay que perdonar porque el apartheid nos mató un poco a todos”.

Y también cortó de cuajo la carrera de miles de deportistas. Expulsados de las competiciones internacionales por la presión mundial contra el apartheid, el fútbol de los mejores terminaba en la frontera. “Es triste porque no pudimos demostrarlo, pero podríamos haber jugado en Europa, teníamos calidad para ir al Barça, Madrid o Manchester, éramos fuertes”, asegura.

Ojeador de nuevos valores – el internacional Tiko Modise, número 10 de los bafana bafana, es su último descubrimiento-,Nguni siente un sabor agridulce al sentarse a ver la Confederaciones frente al televisor. Demasiado tarde para él. “Podría haber estado ahí, luché por eso”, susurra. “Todo el mundo mirándote, animándote y jugando contra los mejores del mundo. Si hubiera estado en el campo frente a España, seguro que hubiese marcado”, concluye Nguni.

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