24.08
2009

Publicado en La Vanguardia el 24/08/2009. Virginia, Sudáfrica

Y de repente, un jeroglífico en voz. Ben Botha, afrikáner de metro noventa, barba blanca y ojos claros, cambia del inglés a un idioma incomprensible cuando se topa con un cuarteto de mineros regalándose un descanso fuera de guión. Las palabras firmes de Botha, mánager de una mina de oro en el corazón de Free State, en el centro de Sudáfrica, rebotan en las paredes del túnel y reciben una mirada baja por respuesta. Todos a trabajar. Botha no tiene ni idea de zulú, xhosa o la docena de lenguas maternas diferentes de los más de mil mineros bajo sus órdenes. La inmensa mayoría son negros sudafricanos o inmigrantes de Zimbabue, Lesoto, Malaui o Mozambique que nunca han aprendido inglés. Muchos tampoco se entenderían entre ellos. Pero bajo tierra no hay problemas de entendimiento. Todos hablan fanagaló. “Aquí abajo lo hablamos todos, es la única forma de entenderse, así que a los jefes no nos queda más remedio que aprender también”, dice Botha.

Antes de descender a la mina, los trabajadores deben superar un curso de formación que incluye un examen de fanagaló. Foto: Xavier Aldekoa

Antes de descender a la mina, los trabajadores deben superar un curso de formación que incluye un examen de fanagaló. Foto: Xavier Aldekoa

El fanagaló, una mezcla de zulú, inglés, afrikáans y expresiones xhosa, sirve de puente de entendimiento bajo tierras sudafricanas desde el siglo XIX. En aquella época, y ante la oleada de miles de trabajadores de varios puntos de Áfricadel Sur que llegaron para trabajar en las minas – principalmente las de oro, diamantes, carbón y cobre-,nació una lengua fusión confinada a las profundidades. Pero el objetivo estaba lejos de romanticismos de mestizaje o unión de culturas. Se trataba de dar y recibir órdenes. Sin más. Incluso la denominación de fanagaló no deja dudas al respecto: la traducción literal de la palabra sería algo similar a “hazlo así”.

Sigue siendo una fórmula vigente. Aunque no hay cifras oficiales recientes del número de hablantes (siempre como segunda lengua), el año pasado 151.125 personas trabajaban bajo tierra sólo en las minas de Sudáfrica donde se utiliza el fanagaló. A esa cifra hay que añadir los capataces, como Botha, que trabajan en la superficie y han tenido que hincar codos. Más los dialectos.

En las minas de Zimbabue existe una variante de fanagaló conocida como chilapalapa y en Zambia otra llamada cikabanga. “Hace años se llegó a hablar en el Congo, Malaui o Namibia, pero creo que ya casi se ha extinguido allí”, afirma Botha.

En Sudáfrica la salud del fanagaló está asegurada. En los cursos formativos que se imparten a los trabajadores, se incluye un curso de dos semanas de fanagaló. Yhay que pasar un sencillo examen lingüístico o no se baja hacia el centro de la Tierra. Madikizewa tiene que gritar entre el ruido ensordecedor de los taladros para dejar claro que la prueba no suele ser problema. De estructura muy simple y sin arreglos artificiales, el fanagaló se nutre de expresiones directas y términos funcionales. Aunque Madikizewa habla con cariño del fanagaló, para algunos sudafricanos tiene una connotación negativa porque recuerda a los tiempos del apartheid, donde había poco interés de que los negros aprendieran inglés. Eran días de repetir “Yebo Nkose” – “Sí, mi amo” en fanagaló-ante cualquier orden del jefe blanco. Hoy, los dirigentes siguen siendo blancos y los mineros en su inmensa mayoría negros, pero el fanagaló encara el futuro como, única y exclusivamente, una herramienta de comprensión.

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