Diario a las puertas del desierto

Publicado en el Magazine. Texto: Xavier Aldekoa Fotos: Llibert Teixidó

Mercado en Yenné frente la Gran Mezquita. Caillié la describió como un templo "toscamente construido y abandonado a miles de nidos de golondrinas en sus muros"

Mercado en Yenné frente la Gran Mezquita. Caillié la describió como un templo "toscamente construido y abandonado a miles de nidos de golondrinas en sus muros"

La historia de una de las mayores exploraciones de todos los tiempos empieza en una panadería. El olor a pan fresco, recién hecho, cortaba como una navaja los recuerdos de un jovencísimo René Caillié cada vez que entraba en la boulangerie del pueblecito francés de Deux Sèvres, cerca de Poitiers. Su padre, panadero de profesión, en un torpe intento de cambiar por sábanas de seda su destino de trapo, había cometido un pequeño robo y dio con sus huesos en la cárcel. Padre e hijo nunca se conocieron. Murió en la celda cuando René tenía 9 años. Tres años después, falleció su madre, y René quedó huérfano. Así que, harto de su tragedia con aromas de harina y levadura, escapó. Él quería ser como los héroes de los libros de aventuras que devoraba cada tarde. Y en la Francia de principios del XIX, los marineros explicaban a quien quería oírlas infinidad de leyendas de sus viajes por tierras lejanas. Una de ellas fascinó a Caillié: una ciudad llena de riquezas, con calles pavimentadas de oro, permanecía perdida en el desierto. Jamás un blanco la había visto, pero, juraban, la ciudad existía. Un mapa del siglo XIV, que mostraba a un rey negro con una enorme pepita de oro en la mano a las puertas del Sahara, daba fe del mito de la ciudad de Tombuctú. Ese nombre evocador se quedó grabado en la mente del joven René Caillié, que se prometió hallar ese lugar a toda costa. Con 60 francos en el bolsillo y 16 años recién cumplidos, zarpó hacia África.
“Así fue entonces y así es hoy, los blancos vienen a descubrir lo que está aquí desde siempre”, dice Cissé, de 17 años, y su voz queda camuflada por un viejo motor que ruge con violencia y hace avanzar lentamente nuestra pinaza, una canoa de madera de 25 metros llena hasta arriba. Cientos de sacos de arroz y carbón, fardos de algodón, bloques de sal, telas, gallinas, una motocicleta… Todo se amontona con ordenado caos en estas rudimentarias embarcaciones, transporte principal de miles de malienses hacia Tombuctú. Así fue hace doscientos años y así es hoy. Como si el tiempo se hubiera detenido en uno de los países más pobres del mundo. El 23 de marzo de 1828, René Caillié también se subió en una pinaza similar a las afueras de Yenné y descansó sus maltrechos huesos entre sacos parecidos en su odisea hacia Tombuctú. Lo dejó todo escrito en su diario de viajes, cuyas páginas guiarán, dos siglos después, esta breve incursión en la realidad maliense. “La gran piragua estaba cubierta de esteras, cargada de arroz, de millo, algodón, telas y otras mercancías. La embarcación parecía muy frágil, unida con cuerdas, soportaba cerca de 60 toneladas de peso”, escribió Caillié. Durante nueve días, mi navegación sobre el Níger se convertirá en un viaje en el tiempo y el espacio de la mano de los textos del explorador francés.

"La pinaza estaba cubierta de esteras, cargada hasta arriba y, aunque parecía frágil, soportaba 60 toneladas" (René Caillié, Voyage à Tombouctou)

"La pinaza estaba cubierta de esteras, cargada hasta arriba y, aunque parecía frágil, soportaba 60 toneladas" (René Caillié, Voyage à Tombouctou)

Me despierta de mis ensoñaciones el pequeño Omar, de apenas 11 años, pero que, si le preguntas, miente descaradamente y dice tener 18. Viste una camisa raída del Chelsea que hace tiempo que dejó de ser azul. “Tubabu, aquí, tubabu, aquí”, dice mientras señala un hueco entre dos sacos. Tubabu, hombre blanco en lengua bambara, es el bautizo de los malienses a cualquier turista o viajero. Omar sonríe, desaparece de un salto y vuelve a los pocos segundos con una estera de paja que despliega en lo que será mi hogar los próximos días. La sonrisa de Omar me traslada en el tiempo: “La hospitalidad de sus gentes es infinita. Cuando llego al poblado, se desviven por mi comodidad. Dicen: ‘Debes de sufrir mucho, no estás acostumbrado a hacer una ruta tan dura’, van a buscar hojas y me preparan una cama”, subrayaba Caillié en su diario. Las cosas no han cambiado desde entonces. La hospitalidad de los malienses, que tanto sorprendía a nuestro explorador, sigue intacta en miles de sonrisas como la de Omar.

Pero en la aventura de Caillié no sólo hubo sonrisas. Muchos murieron en una carrera fratricida entre Francia y el Reino Unido por llegar primero a Tombuctú. Incluso el famoso explorador escocés Mungo Park, acompañado de 40 soldados británicos, sucumbió a las fiebres y la disentería –y a su soberbia colonialista– y murió en el Níger atacado por tribus locales. Los infieles no eran bien recibidos en la ciudad sagrada de Tombuctú. Pero Caillié se preparó a conciencia. Estudió árabe en Senegal durante nueve meses, se cambió el nombre –Mohamed Abdallah (esclavo de dios)– y se hizo pasar por musulmán. Con un turbante como único pasaporte y convencido de que el estudio de lo desconocido no tenía por qué hacerse con tanto ruido, Caillié emprendió un extraordinario viaje con el arrojo de quien va al encuentro de su sueño. El gobierno francés había prometido 10.000 francos de recompensa a quien trajera noticias de la ciudad, pero eso a Caillié le traía sin cuidado. “Muerto o vivo, lo conseguiré; si yo no sobrevivo, mi hermana recogerá el dinero. No propiedad incontestable: el mérito de haber hecho todo yo solo”, escribe justo antes de partir de Boké, en Guinea. Durante un año se internó en el corazón de África, aprendió las formalidades de saludo africanas, el rito del té o la comida en común y admiró el bullicio de los mercados o la majestuosidad de los baobabs. Sus textos de viajes son aún hoy una descripción exacta y humana de la vida africana, inalterable al paso del tiempo. Y esa África que se asoma a las páginas de Caillié se presenta también, casi intacta, ante el somnoliento paso de nuestra pinaza. Es época de sequía, y la barriga de la barcaza topa a menudo con el arcilloso lecho del Níger. La tripulación despliega entonces unas largas pértigas de caña para deslizarla unos metros hacia delante. Sin prisa.
"Me quedé fascinado de la cantidad de gente que había en el mercado de Yenné, donde se vendía todo lo necesario  en la vida"

"Me quedé fascinado de la cantidad de gente que había en el mercado de Yenné, donde se vendía todo lo necesario en la vida"

Luego, cuando el sol de la tarde barniza de naranja el horizonte, todos dirigen su mente hacia La Meca. A nuestro alrededor se suceden escenas que no han cambiado desde hace siglos. La estilizada silueta de un pescador bozo lanza su red circular con precisión de orfebre, mujeres en la orilla trituran mijo en  cuencos de madera, y, no muy lejos, los niños chapotean en el agua o despiden divertidos el paso de la embarcación. Todo parece tranquilo hasta que, de repente, el cielo se cae. “¡Tubabu, sal! ¡Tubabu, rápido!”. Los gritos de Cissé se confunden entre las órdenes del jefe de la pinaza al resto de pasajeros, entre los que hay ancianos y niños. Una roca ha agujereado la embarcación y hay que desalojarla a toda prisa. En pocos segundos se forman filas de hombres y mujeres que transportan, hundidos hasta el cuello, sacos de 75 kilos. Cuando el sobresalto acaba, preparan un té en la orilla y se sientan a esperar. Nada está roto en África: está en proceso de reparación. La pinaza estará lista al anochecer. Caillié fue testigo de la fragilidad de estas grandes barcas, y en su relato describe un naufragio que acabó con varios ahogados.

Horas después, ya con la luna llena mirándose en el Níger, los seis niños que trabajan en la pinaza se reúnen para despedir el día con otro té y soñar despiertos. Cissé me pide que les acompañe. Discuten si es más rico el presidente del país o Kanouté, jugador de fútbol del Sevilla y auténtico ídolo nacional. Todos se ríen y desean en voz alta. En un instante, Omar, uno de los pocos que chapurrean francés, clava su mirada en mí y suelta. “Cuando sea mayor seré el jefe de mi pinaza, navegaré el Níger hasta el mar para ir a España y allí seré rico como Kanouté.” Todos se ríen, menos él.
“Todos los habitantes de  Tombuctú eran musulmanes entusiastas... la ciudad alberga siete mezquitas, dos de ellas enormes, coronadas por una  torre de adobe” (René Caillié, Voyage à Tombouctou)

“Todos los habitantes de Tombuctú eran musulmanes entusiastas... la ciudad alberga siete mezquitas, dos de ellas enormes, coronadas por una torre de adobe” (René Caillié, Voyage à Tombouctou)

Mientras, Caillié sigue acercándose paso a paso al Níger. Sin detenerse jamás, aunque a punto esté de costarle la vida. Antes de alcanzar el Gher-n-igheaen (el río de los ríos en bereber), padeció fiebres, se quedó cojo y contrajo tal escorbuto que el paladar se le deshizo en la lengua. Pero no abandonó. “Después de tres meses de reposo en Timé, la llaga de mi pie estaba casi cerrada, pero ¡Dios santo! Unos violentos dolores me anunciaron que padecía escorbuto, una peligrosa enfermedad que comprobé con horror. Mi paladar se deshizo, varios huesos se despegaron, y mis dientes no se sostenían en sus encías. Me dolía tanto el cráneo que no pude dormir un cuarto de hora en quince días. Para colmo, la llaga de mi pie se reabrió”, explicaba. Su coqueteo con la muerte le llevó casi a la desesperación, pero jamás bajó los brazos. “¿Os imagináis mi situación? –se sincera– Solo en el interior de un país salvaje, durmiendo sobre tierra húmeda, sin otra almohada que un saco de cuero con todo mi equipaje, sin otro médico que la buena voluntad de los negros que, dos veces al día, me traen agua con arroz. Me convertí en un verdadero esqueleto…” Una ligera mejoría fue suficiente para levantarlo de la cama. Débil pero tenaz, caminó durante dos meses más hasta la ciudad de barro de Yenné, que conserva una de las mezquitas más hermosas del mundo. Caillié, impresionado por la belleza de sus calles de adobe y el arco iris de colores de su mercado, frunció el ceño ante la trata de esclavos en la plaza principal. “He visto hombres desnudos pasear su desgracia por las calles de Yenné. Los ofrecían por veinticinco, treinta o cuarenta monedas, según su edad. Yo sufría viendo tal insulto a la humanidad…”, relata. A diferencia de quienes hicieron de la exploración una pieza del engranaje colonialista, Caillié descubría la inmensidad del otro en cada paso hacia Tombuctú. Quizás por eso no se rindió. O porque casi rozaba con los dedos su objetivo. A partir de Yenné, sólo un duro viaje de cinco semanas por el río le separaba de su sueño. Escondido entre los sacos por miedo a ser descubierto y asesinado por tuaregs, que abordaban las embarcaciones para exigir derechos de navegación, y muerto de hambre, Caillié jamás perdió la esperanza. Se hace difícil comprender cómo pudo soportar un viaje tan demoledor. Aunque se esté acostumbrado a dormir al raso, a partir del tercer día de navegación la espalda reclama una tregua y sueña con una cama de verdad, y no un par de sacos como colchón.

Su tenacidad infranqueable sólo se explica por su entusiasmo por las pequeñas cosas. “El 1 de abril el río creció, no se veía tierra hacia el oeste. El lago Debo se desparramaba como un mar interior, y tres embarcaciones dispararon al cielo para saludar este lago espectacular mientras gritábamos ¡Salam! con todas nuestras fuerzas una y otra vez. No podía volver en mí de la sorpresa de ver en el interior del país tal volumen de agua. Aquello tenía algo de majestuoso”, narra entusiasmado. Efectivamente, el lago Debo quita la respiración. De repente, el Níger se abre y un mar de aguas tranquilas se derrama en las entrañas de uno de los países más secos del mundo. En nuestra entrada al lago, hipopótamos, garzas y martines pescadores dan una solemne bienvenida a la pinaza. Tombuctú está a la vuelta de la esquina.
Pero Tombuctú siempre se resiste a ser hallada. La imagen fastuosa de Kabara, una suerte de puerto fluvial a 15 kilómetros de la ciudad, es el penúltimo paso antes de alcanzarla. Una visión consoladora que el pobre Caillié no pudo ver, oculto entre sa-cos para no ser descubierto, muerto de miedo. Las puertas del desierto también se retuercen ante mí, como si dijeran: “Sé que sigues los pasos de Caillié, no te será tan fácil dar conmi-go”. Exhausto por los nueve días en la pinaza, consigo subirme a un camión de transporte de madera, que me hace un hueco entre los troncos. Casi me parece oír el latido del corazón de Caillié cuando, con el sol a punto de tocar el horizonte, aparece ante mí la anhelada ciudad de Tombuctú. “Por fin divisé –escri-be– la capital del Sudán, objetivo de todos mis deseos. Entrando en esa ciudad misteriosa, objeto de búsqueda de las naciones civilizadas de Europa, se apoderó de mí un senti-miento indescriptible de satisfacción. Jamás había experimentado una sensación igual, mi felicidad era total…” Pero la ciudad que se desplegaba ante sus ojos no tenía nada que ver con la de la leyenda. No había oro ni riqueza, tan sólo arena y muros que se caían a pedazos. Fue entonces cuando Caillié hizo un esbozo del lugar que desencantaría a muchos europeos. “La ciudad es una masa de edificios de adobe de aspecto penoso. Por todas partes hay inmensas llanuras de arena de un amarillo blanquecino, y el cielo en el horizonte es rojo pálido. La naturaleza es desoladora, reina el más profundo silencio y ni siquiera se oye el trinar de los pájaros”, escupió.
"Era como si respirara arena, y yo sólo soñaba en agua, ríos y riachuelos, pero a mi alrededor la aridez era absoluta"

"Era como si respirara arena, y yo sólo soñaba en agua, ríos y riachuelos, pero a mi alrededor la aridez era absoluta"

Tombuctú se resiste a morir desde hace siglos. Hoy es un espejismo fúnebre de lo que fue. Calles de arena infestadas de orines, edificios decrépitos, calor abrasador, tuaregs que venden su alma…, pero las puertas del desierto no son sólo un lugar. Destino durante siglos de caravanas que traían oro y plata del sur y telas y especias del norte, la ciudad labró su leyenda gracias a la tradición oral. Todos oían que la riqueza iba a Tombuctú. Poco queda de sus tiempos de esplendor, allá por el siglo XIV, como centro de intercambio comercial. Su visión desoladora desalienta hoy a muchos viajeros que, pese a todo, llegan cada año atraídos por el magnetismo de este confín del mundo. El hechizo de la leyenda pervive en Tombuctú. Incluso se puede visitar la casa que habitó el francés durante los 15 días que vivió en la ciudad. No quiso quedarse más. Prefirió atravesar el Sahara antes que volver por sus pasos, porque “muchos preferirán poner en duda mi viaje a Tombuctú, mientras que si regreso por los estados de Berbería, la mera mención del punto al que he llegado reducirá al silencio a los más malignos”, escribió. 
La crudeza del desierto se cebó en él. Soportó tormentas de arena y una sed tan terrible que le impedía dormir. “Era como si respirara arena, no hacía más que soñar en agua, en ríos y riachuelos, pero la aridez era absoluta, ni una sola brizna de hierba a la vista”, escribe. El calor azotó con tanta fuerza a la caravana que fue testigo de situaciones desesperadas: “¡Presos de una sed ardiente, algunos mataron a un camello para beber el agua de su estómago!”, relata. De nuevo su entusiasmo le salvó la vida. A su llegada a Rabat, sin embargo, sufrió un enorme desengaño cuando el cónsul francés, tomándole por un vagabundo, no se creyó su historia. Abatido y débil, caminó hasta Tánger, donde, por fin, tomó un barco hacia Francia. Recibido como un héroe, alcanzó la gloria y el reconocimiento público al serle concedida la orden de Caballero de la Legión de Honor. Pero la publicación de su diario de viaje fue un absoluto fracaso. A los lectores no les gustó la pobre descripción de Tombuctú. Preferían continuar creyendo el mito de ciudad de oro. Desencantado, murió en 1838 solitario y triste.
“A Tombuctú no se puede ir, hay que llegar, ganársela”, me dijo un tuareg en la mezquita de Sankoré, la más bonita de la ciudad. Y Caillié, convencido de que la posibilidad de realizar su sueño es lo que le hizo realmente humano, se ganó esa ciudad más que nadie.

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