2009

Jugadores del Thebe Football Club de Soweto dan toques al balón antes de un partido en uno de los centenares de campos de fútbol diseminados por la ciudad
De la chabola a las piedras, y no vale chutar fuerte. Una portería pintada con tiza en una pared de adobe se alza frente a dos trozos de ladrillo colocados a varios metros de distancia. En medio, fiebre de fútbol. Doce niños dan puntapiés a un amago de balón de cuero descosido y relleno de ropa para darle forma esférica. Gritos, risas y aullidos de entusiasmo. La pelota no serviría en el mundo occidental. Pero sí en Soweto, una de las barriadas más humildes de Sudáfrica, con más de cuatro millones de habitantes, situada a las afueras de Johannesburgo. Entre chabolas y calles sin asfalto, un balón así es un tesoro. Por eso, cuando la pelota sale rechazada hacia la carretera, los gestos de tragedia inminente sintetizan el fervor por el fútbol en Sudáfrica. Algunos de los niños se llevan las manos a la cabeza, y otros se tapan los ojos para no ver como su fortuna semirredonda desaparece bajo las ruedas de un coche. Finalmente, la fiesta estalla cuando el conductor frena a tiempo. Felicidad, tragedia, devoción, fe y sensaciones descontroladas. Sin medias tintas. Así es el fútbol en Sudáfrica.
El país se enfrenta a uno de sus mayores retos organizativos instalado en la absoluta locura por el fútbol. El Mundial está omnipresente. Desde pósters y gorras, hasta cuentas atrás de los días que faltan para que el balón eche a rodar, en periódicos o relojes gigantes en aeropuertos o plazas. También en cientos de calles cortadas por obras. Miles de obreros trabajan a marchas forzadas para que todo esté listo. Por primera vez, un país africano acogerá un Mundial, la competición de fútbol más importante del planeta. Pero el reto va más allá de tener todo a punto. En verano del 2010, cuando el mundo entero mire hacia el sur, el país quiere vibrar unido por el fútbol.

A menudo hay que improvisar una pelota con cinta americana, y no todo el mundo tiene la posibilidad de utilizar calzado.
La sociedad negra siempre ha respondido a su deporte. Mientras que el cricket y el rugby eran cosa de blancos, los derbis futbolísticos entre los Kaizer Chiefs y los Orlando Pirates, los dos principales clubs sudafricanos, son desde siempre acontecimientos deportivos para la sociedad negra. Pero hace más de quince años del fin del apartheid, y las cosas se mueven. La democracia también trajo la reconciliación en los deportes, y la afición empietownza lentamente a difuminar su color. Aunque el football aún sigue siendo mayoritariamente negro. Por eso no es extraño ver como en los barrios pobres –townships- a las afueras de las grandes ciudades, el fútbol es casi una religión. David Kenosa, de 14 años, vive en el distrito White City de Soweto y se sabe de carrerilla las estrellas de las ligas europeas. No tiene televisor en casa, pero no se pierde un partido de la Premier. Alucina con Torres y Drogba. El solar de detrás de la escuela, un descampado entre una maraña de torres de alta tensión, le sirve para jugar a ser Messi o Eto’o. Habla con emoción de que los mejores futbolistas del mundo vayan a estar tan cerca. Aunque él no vaya a poder pagarse una entrada de las baratas, de apenas seis euros. Hace unos meses, la ONG sudafricana Dreamfields, que trabaja por la educación de los niños en zonas desfavorecidas, regaló al colegio 14 camisetas de fútbol y tres balones. A Kenosa se le abrió el cielo. Con eso ya era futbolista de verdad. Hace falta poco para que sueñe en voz alta. “Me gustaría jugar en el Madrid, así salvaría a mi familia y a toda Sudáfrica, si puedo”, dice. Unos zapatos viejos y agujereados le devuelven a la realidad. No tiene botas. “Pesan demasiado y no puedo jugar bien, pero si soy portero no se nota”, señala.

Los descampados entre chabolas y torres de alta tensión, como el de la imagen en Soweto, son santuarios del fútbol humilde.
Desde el lugar donde Kenosa persigue el balón con botas de plomo, dos chimeneas gigantescas recortan el horizonte. Son el símbolo del barrio, y una de ellas está pintada con escenas de un partido. El balón de la pintura parece salir disparado hacia la calle donde vivió Nelson Mandela, a tiro de piedra. El ex presidente sudafricano y héroe de la lucha antiapartheid habitó una pequeña casa de ladrillo en el número 8115 de Vilakazi Street, hoy convertida en museo. En la misma calle, a doscientos metros, aún vive –aunque se deja ver muy de vez en cuando– el arzobispo Desmond Tutú. Dos premios Nobel de la Paz en apenas un suspiro. Y en la calle de la paz el fútbol también se asoma en cada rincón. Entre las obras que están sacando las tripas al barrio –y provocan que las ratas campen a sus anchas al anochecer–, Thabo y Thebisso, de 13 años, abordan con una sonrisa al visitante despistado. “Si nos compra una pelota, le cantamos una canción”, invitan. Ni dinero ni chucherías, quieren fútbol.

El fútbol se vive con pasión en Sudáfrica; es una fiesta, pero no hay amistosos.
Lo dicen, divertidos, a escasos metros del hogar de Mandela, el hombre clave en la libertad de la nación. Él también libró su lucha particular por el fútbol en las peores condiciones. En Robben Island, donde estuvo encarcelado 18 de los 27 años que pasó en prisión, hizo valer sus dotes de seducción política para mejorar las condiciones de los reclusos. En los sesenta, se les permitió escuchar música, ver películas u oír la radio, algo impensable años atrás. Luego, en 1965, llegó el fútbol. Aunque no para los presos políticos. Cada sábado, y por turnos, el resto de los prisioneros podía jugar desde las nueve hasta el mediodía. En seguida, crearon una asociación de fútbol y una liga interna que seguía a rajatabla las reglas de la FIFA. Aquello fue casi una liberación. No para Mandela, a quien no se le permitía ver unos partidos que, ya entonces, eran más que un simple deporte. Dumasan Mushamala no sabe qué habría sido de él sin el fútbol en Robben Island. Lo dice a escasos metros de la celda donde estuvo encarcelado cinco años y medio hasta el final del apartheid. Camina con los ojos semiabiertos y una gorra de los Orlando Pirates calada hasta las cejas. Aún recuerda con asco la sopa de pescado que les daban –“Odiaba ese olor con pasión”, dice– y rememora unos partidos que eran, a la vez, un acto de rebeldía y de desahogo. Cuando llegaba la hora de jugar, el solar de detrás de las celdas se convertía en el estadio Ellis Park, el más grande del país, y las alambradas, en gradas enloquecidas. “Esos partidos nos ayudaban mucho. Al principio no se podía hacer deporte, pero gracias a Mandela y a otros que lucharon por los derechos de los presos, la religión de los negros empezó a practicarse en Robben Island. ¡Hasta diría que en esta isla se puso la semilla de la Copa del Mundo 2010!”, asevera. La exageración de Mushamala es producto de la excitación que provoca a miles de sudafricanos la cita del año próximo. Ven en ella la gran oportunidad. “Es nuestro reto más importante, podemos demostrar al mundo que el país avanza. Es el momento de dejar de ser tímidos”, sentencia.

Al fondo, el estadio de los Orlando Pirates, el equipo más famoso del país junto a los Kaizer Chiefs.
Frases calcadas podrían escucharse en los partidos improvisados frente a la costa de Ciudad del Cabo, en los bares de carretera de Free State, antiguo bastión afrikáner en el centro del país, o desde las polvorientas calles de Soweto al cosmopolita barrio de Melville de Johannesburgo. El país entero late por el fútbol.
Y donde el corazón se acelera de verdad es en las gradas del estadio. En el Sudáfrica-España de la pasada Copa Confederaciones, en el estadio de Bloemfontein, se cantaba con la voz rota varias horas antes del inicio. Porque en el gallinero de detrás de las porterías, el fútbol es un acto de fe. Cada partido es una fiesta. Se gane, se pierda o en el campo jueguen Nueva Zelanda contra Iraq. De pie encima de las butacas, las coreografías transforman los noventa minutos en una fusión de canciones tradicionales multilingües donde el amor por los colores roza el misticismo religioso. Y el clímax se alcanza con la Shosholoza, la canción que cantaban los mineros negros al volver del trabajo hacia los townships y que suena en cada partido como una plegaria de reconciliación.
No hay comentarios.
Añade tu comentario