22.11
2009

Tiene la nariz ancha y los ojos muy negros. La barba, que alguna vez fue oscura, es ahora de un gris blanquecino. Y siempre sonríe. En eso nunca falla. Pero lo que más tranquiliza de Pepe es su mirada. Unos ojos honestos. Una mirada que regala confianza. Ni rastro de odio o rencor. Pese a tener motivos. tiananmen2

En 1971, Pepe se presentó en el cuartel militar donde le habían citado para empezar el servicio militar. Cuando gritaron su nombre,  pronunció unas palabras que revolucionarían el país: “No quiero hacer el servicio militar”. Detrás de esa frase latía una férrea determinación por defender la paz. Pepe llevaba meses reflexionando y reforzando sus creencias pacifistas. Sólo su tenacidad y su admirable valor le hicieron mantenerse en su posición sin ceder un paso. Pese a estar en pleno franquismo. Con esas palabras, Pepe se convirtió en el primer objetor de conciencia por motivos noviolentos en España. Su osadía le costó un largo peregrinaje por las cárceles del país. Pero él ya lo sabía. Una vez me contó que estuvo preparándose psicológicamente durante meses para soportar lo que, imaginaba, se le iba a venir encima. Aprendió a tocar la flauta y a hacer papiroflexia para matar las horas muertas en la celda. Incluso se hizo un examen psicológico para certificar su buen estado de salud antes de entrar en prisión. Su lucha enseguida tuvo eco en los medios y varios pacifistas más se solidarizaron con su causa. Gracias a su lucha y determinación, hoy el servicio militar no es obligatorio en España. Pero Pepe no es un hombre que guste de detenerse mucho tiempo para recibir halagos por el pasado. Hoy sigue siendo uno de los mayores activistas por la paz. Si alguna vez os lo encontráis, preguntadle. Hablad con él. Escuchadle. Aunque sólo sea unos instantes, el mundo os parecerá un lugar mejor.

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