2009
Este es uno de los reportajes que más ilusión me hizo publicar. La historiadora Assumpta Montellà fue quien sacó del olvido esta historia maravillosa. Tuve el placer de encontrarme con ella y la historia en unas escaleras de Prada de Conflent. De aquel encuentro salió el reportaje “Una lista de Schlinder catalana”, sobre una enferma suiza que

Elisabeth, cuando era enfermera en la Maternitat d'Elna. Foto: archivo Elisabeth Eidenbenz.
había salvado de una muerte muy probable a casi 600 bebés republicanos. Pero había más. Para un reportaje posterior, donde explicaba que la vida de Elisabeth Eidenbenz -así se llamaba-, iba a llevarse al cine, volví a hablar con Montellà. Fue entonces cuando me dijo que el nombre de la enfermera suiza no salía en las listas de los receptores de la Creu de Sant Jordi de ese año. Estaba decepcionada porque Elisabeth, entonces con 92 años, tenía una salud frágil y temía que no viviera un año más para recibir el reconocimiento en vida. Me contagió su rabia. Aunque ya había cuadrado el texto a la página, hice lo normal. Pedí que se comieran el espacio que hiciera falta y abrieran un destacado para explicarlo. A los dos días, Montellà me llamó para decirme que se había decidido hacer una excepción, a pesar de estar fuera de plazo, y otorgarle la Creu de Sant Jordi ese mismo año. La decisión, me dijo, se tomó con el artículo de La Vanguardia encima de la mesa. Montellà consiguió dos cosas con su excelente trabajo e insistencia: hacer justicia con una persona admirable y reafirmar a un joven reportero que el periodismo es la mejor profesión del mundo. Y que a veces sí se puede.
Febrero de 1939. Más de 75.000 refugiados republicanos se amontonan en tres kilómetros de arena cercados por alambradas de espino. No hay nada más. Sólo hambre y miseria. Las condiciones de insalubridad son tan terribles que las mujeres embarazadas deben traer al mundo a sus pequeños en una sucia caballeriza de Les Haràs. La mortalidad infantil roza el 95%. La situación es igual de desesperante en otros campos de refugiados en Sant Cyprien, El Barcarés, Rivesaltes… En total casi medio millón de derrotados de la guerra civil española obligados a huir dejando todo atrás. Pero entre las tinieblas de la posguerra, la labor de una joven suiza iluminó la desdicha de muchos de los refugiados. De 1939 a 1944, Elisabeth Eidenbenz, una enfermera de apenas 25 años, dirigió desinteresadamente una maternidad en Elna donde salvó de una muerte casi segura a 597 bebés. Su gesta escribió uno de los capítulos más humanos de la posguerra española. Muchos de aquellos niños han superado ya los sesenta años, pero Eidenbenz, desde la espléndida lucidez de sus 94 años, les sigue llamando a todos ellos “mis niños”.

De memoria fotográfica, Elisabeth recuerda el nombre de casi todos los niños que nacieron la maternidad del sur de Francia. Foto: archivo personal Elisabeth Eidenbenz.
Su labor humanitaria pasó inadvertida durante casi 60 años, hasta que la historiadora catalana Assumpta Montellà desempolvó la memoria de decenas de sus protagonistas y escribió el libro La Maternitat d’Elna (Ara Llibres). Para entonces, la historia ya pedía a gritos ser rescatada del olvido. En Francia, acababan de salir a la luz un documental para televisión y las memorias de Remei Oliva, madre de Elna, recogidas en Éxodo (Viena Memòries). Y la historia también llegará a la gran pantalla. El director catalán Manuel Huerga –autor de Salvador- empezará a rodar a finales de 2007 una película sobre el drama del exilio y la Maternidad. Al parecer, la proeza de Eidenbenz no caerá de nuevo en el olvido.
Pero quien no sólo no olvida sino que tiene grabado cada instante de aquel episodio es la propia Eidenbenz. Recogida en su casita de Rekawinkel, una pequeña población montañosa cerca de Viena, la ex maestra suiza revisa las fotografías de la que considera la tarea “más importante” de su vida. Mientras hojea sin prisa sus álbumes de foto, se suceden imágenes de la sinrazón de la guerra. Aparecen hombres y mujeres vestidos con harapos, campos hacinados y niños esqueléticos con la barriga hinchada, como cargando una bomba de hambre en el estómago. Pero las primeras imágenes de horror dan paso al milagro de la maternidad de Elna.
Era 24 de abril de 1937. Durante dos años, la joven maestra de 23 años distribuyó alimentos y medicinas y evacuó a mujeres y niños en Burjassot, Valencia, como miembro del Cartel de Ayuda Suiza a los Niños de la Guerra Civil Española. Luego volvió a Suiza. Pero por poco tiempo. El responsable de la asociación en la frontera, Karl Ketterer fue testigo de la marea de exiliados que huían hacía Francia al final de la guerra y dio la voz de alarma. “Karl era un hombre enérgico y fue a Perpiñán para ver que se podía hacer en los campos, que estaban en condiciones terribles.

Con sólo 24 años, Elisabeth se fue a la frontera para realizar su proeza humanitaria. Foto: Archivo personal Elisabeth Eidenbenz.
Un día vio un establo donde tenían que parir las mujeres y decidió que lo primero que quería hacer era mejorar las condiciones de esas personas. Llamó a Suiza para pedir a alguien que hablara español. Y al día siguiente yo ya estaba allí”.
Pese a no tener experiencia como comadrona, Eidenbenz se puso al frente del proyecto y encontró una preciosa mansión abandonada ideal para construir su “isla de paz en un océano de destrucción”, como gusta definir ella misma. Tras reunir 30.000 francos suizos para rehabilitarla y conseguir los permisos necesarios, el 12 de diciembre de 1939 la directora del centro se subió a su furgoneta Rocinante y se dirigió a la playa en busca de las primeras madres. En aquel invierno, el frío, el viento y la humedad hacía ya semanas que calaba los huesos de los refugiados en los campos. Ocho mujeres a punto de salir de cuentas esperaban esperanzadas a la puerta de las alambradas.
Una de ellas era Remei Oliva, quien recuerda como si fuera ayer el más duro de sus 88 inviernos. “Estaba helada, pero la esperanza de tener a mi hijo fuera de aquel infierno me hacía olvidar todo”, explica Remei en su casa de Gap, en los Alpes franceses. Su mirada aún se enciende cuando recupera el momento en que entró a la casa de tres plantas y, junto al calor de la hoguera, les recibió la “señorita Isabel”, como empezaron a llamarle las madres. “Nos dio la bienvenida con una sonrisa, nos escuchaba y explicaba las cosas. ¡Era la primera vez que alguien nos sonreía en tanto tiempo! Estaba todo limpio, nos daban de comer… No podía imaginar otro sitio mejor para traer a mi hijo al mundo”. Remei se detiene para describir con precisión su primer despertar en la maternidad. Y sus colores. Los naranjos del jardín
, la hierba, las montañas nevadas en el horizonte, el Canigó en lo más alto… En el campo de internamiento, triste y gris, no había espacio para el color. De hecho, en su precipitada huida de Barcelona, Remei, modista de profesión, rescató en el último suspiro una caja llena de hilos de colores que se convirtió en su tabla de salvación en los peores momentos. “No puedo explicar cuánto me emocionaba mirar esos hilos; cuando sentía nostalgia, abría la caja y me ponía a llorar mientras contemplaba esos colores. Nuestro cautiverio carecía de colores. Todo era gris, apagado. Necesitaba mirar dentro de la caja para no hundirme. Y sólo en esa cajita podía encontrar los colores que tanto echaba de menos”. Los ojos de Remei brillan cuando imagina aquella pequeña caja en sus manos. Manos que vuelven a temblar de emoción cuando muestra el dibujo de su barraca en el campo de internamiento que realizó hace unos años en un intento de plasmar sus recuerdos al papel. “Cuando lo vio Elisabeth me dijo que había puesto mucha luz, que las barracas eran más oscuras. Y tenía razón”, explica mientras su mirada vuelve al pasado a través de ese dibujo. La conversación con Remei, y sus silencios, son un viaje a la dignidad de quien ha vivido la miseria más absoluta. Una historia anónima entre tantas. Pero un golpe de suerte cruzó su destino con la Maternidad de Elna.

La enferma suiza reformó este edificio para crear la maternidad. Foto: Archivo Municipal de Elna, Pirineos Orientales
Allí, con Eidenbenz al frente, dos enfermeras suizas, dos cocineras, un médico para casos excepcionales y un equipo de mantenimiento formado por un jardinero, un paleta y un transportista se ocupaban de todo. O casi. Antes de tener al bebé, las mujeres se repartían las tareas domésticas en función de sus capacidades físicas. Un equipo modesto para dar calor a quienes habían padecido un frío mucho más intenso que el de las bajas temperaturas. Mujeres que habían sufrido lo indecible. Un testimonio aterrador de Mercè Doménech, rescatado por Montellà, recoge la máxima crueldad de la tragedia del exilio: “En el campo había una madre que no tenía leche y el niño lloraba de hambre día y noche. Cuando se rendía de tanto llorar, se dormía, y ella le calentaba con su cuerpo. Las mantas aún estaban mojadas de aquellos días tan duros de febrero. Cuando salía el sol, enterraba a su bebé en la tierra hasta que sólo le asomaba la cabecita. La arena le hacía de manta. Pero al cabo de unos días el bebé murió de hambre y frío. Yo estaba embarazada y sólo de pensar que mi hijo nacería en aquel infierno, me desesperaba. Hasta que encontré a la señorita Elisabeth, o mejor dicho, ella me encontró a mí. (…) El día que nació mi hijo en la Maternidad, no pude reprimir las lágrimas. Todos pensaban que lloraba de emoción, pero sólo yo sabía que lloraba por el niño enterrado en la arena de Argelers”. Junto al drama, también se reproducían episodios que atentaban contra la dignidad de los refugiados. Como las palabras de una niña que, al recordarlas, aún hieren a Remei más de seis décadas después. “Una vez en el campo, una niña con su padre nos miraban detrás de las alambradas. Venían a ver a los rojos. La niña se quejó a su padre: “¡me habías dicho que eran diablos, pero no tienen rabo!”. Sentí tanta humillación…”.

Portada del libro de Assumpta Montellà sobre la Maternidad. Foto: Ara Llibres
Elisabeth Eidenbenz era consciente de lo que habían pasado esas mujeres. Por eso insistía a sus enfermeras que fueran positivas, que convirtieran la maternidad en un oasis de alegría. Y cuidaba los pequeños detalles. Organizaba fiestas de Navidad, festejaban con sencillez los cumpleaños de las madres, cantaban junto al fuego… Todo para hacerlas sentir como reinas. “Siempre había buen ambiente. A veces era difícil porque había francesas, españolas, polacas, pero yo les hablaba en español, francés o yiddish –lengua de los judíos alemanes-, y también entendía el catalán”, explica Eidenbenz. Fiel al compromiso de neutralidad de la Cruz Roja Suiza, quien pasó a coordinar la Maternidad, la ex maestra suiza acogió a refugiadas republicanas, gitanas o judías que huían de los nazis. Poco amiga de los elogios, Eidenbenz esquiva con delicadeza la cuestión de si cambiaba los nombres de los niños judíos para esconderlos de los nazis. “No, yo no camuflé ningún nombre, yo inscribía a los niños como las madres me decían. Si eso era o verdad no lo sé…”, apunta. Pero la realidad es que, siempre que pudo, ayudó a escapar a decenas de personas de las garras del fascismo. Y arriesgó su vida en el intento, aunque no siempre fuera posible ayudar. La mirada de Eidenbenz se apaga por unos instantes cuando se topa con una imagen del álbum de fotos. “Fue el momento más triste de aquellos años”, susurra mientras señala una foto de una mujer de apenas treinta años. Era Lucie, una joven judía que había visto morir a su bebé en la maternidad. A los pocos días la vino a buscar la Gestapo. Cuando el oficial alemán le ordenó que hiciera su equipaje, Lucie huyó. El policía pensó que la huida había sido planeada y dijo que si Lucie no volvía, sería la propia Eidenbenz quien ocuparía su lugar. La joven directora sólo tardó cinco minutos en hacer la maleta y, después de dar las ordenes a sus colaboradores para que siguieran adelante, se puso a disposición del oficial. “No podía poner en peligro la Maternidad ”, confesaría más tarde. “En el último momento –recuerda- apareció de nuevo Lucie. Se fue con la Gestapo para salvarme la vida a costa de la suya”.
La humanidad que transpiran las palabras y gestos de Eidenbenz no se olvidan con el paso de los años. Conchita Vila, de 90 años, se estremece al otro lado del teléfono al reconstruir su paso por la Maternidad, en septiembre del 41. A pesar de que le duela recordar. “Se tiene que decir lo que hizo, y lo que pasó. Si no la juventud no sabrá nada. Hay que explicarlo. Todos los que se han enterado de lo que hizo, han llorado. Porque se tiene que llorar”. Un agradecimiento similar se desprende de la conversación con Antoni Pou, que abrió los ojos en la mansión de Elna hace 63 años. “Elisabeth es una lección de generosidad, honradez y sencillez. Merece todos los homenajes habidos y por haber”, sentencia. Todos los niños de Elna conocieron a Eidenbenz a través de las palabras de sus madres. Ninguno la recuerda en persona. Pero no hace falta. Uno de ellos, Sergi Barba, presidente de FFREE (Fills i Filles Republicans d’Èxode Espanyol) regala la que es quizás la mejor muestra de gratitud para la ex directora suiza: “En la maternidad de Elna mi madre me dio la vida y Elisabeth Eidenbenz la confianza en el género humano”.
Desde que el ejército nazi obligó a clausurar la maternidad en 1944, Eidenbenz ha mantenido contacto por carta con algunas de las madres e hijos de Elna. Aunque ella, incansable, hubiera querido seguir. “Cuando vinieron los nazis a cerrar la maternidad ya pensaba que podía ocurrir. Sabíamos como iba la guerra. Por eso intenté buscar otra casa y encontré una, que no estaba tan bien, pero los alemanes no nos dejaron. La zona se había vuelto insegura, la atmósfera era muy pesada para nosotros también”, comenta. Tras bajar por última vez las escalinatas de la mansión de Elna, continuó ayudando al norte de Francia y, más tarde, en su Suiza natal. Nunca más ejerció de profesora.

597 bebés nacieron en la casa de Elna. Foto: Archivo personal Elisabeth Eidenbenz.
Hoy, tras 60 años de silencio, llega el reconocimiento a su tarea. El pasado septiembre, se le otorgó la Creu de Sant Jordi. Cuatro años antes, el Gobierno de Israel le galardonó con la medalla de los Justos de Naciones. Pero tanto premio sorprende a Eidenbenz. Los recibe agradecida, pero le quita importancia a su proeza. “Ya es demasiado honor el que me dan. Tuve siempre comadronas y enfermeras y ayudantes conmigo, yo sólo hice lo que debía”, insiste mientras camufla una media sonrisa de quien recibe los elogios de buena gana pero con cierta distancia. Su modestia no es fingida. Remei Oliva, quien se cartea con la ex directora a menudo, lo sabe bien. Cuando Remei le enseñó hace unos años su más preciado tesoro, una vieja aguja para coser que su marido le había fabricado con trozos de la alambrada del campo, la reacción de Eidenbenz le conmovió. “Se sintió culpable por no haber pensado que necesitábamos agujas, telas o hilos en el campo de refugiados. Que podría habérnoslas hecho llegar de algún modo. Me dijo que había fallado. ¡Una persona que salvó a tanta gente y se sentía culpable por esas agujas! Esas palabras me hicieron llorar”, apunta con una mezcla de congoja y admiración, hecha un nudo, en la garganta.
Casi 67 años después de aquel primer viaje en furgoneta para recoger a las primeras madres, Eidenbenz descansa en su casita de Rekawinkel, rodeada de montañas y bosques. Desde un rincón de la sala de estar, Yetti, su compañera de toda la vida, sonríe feliz mientras observa como reconocen la labor de su amiga. Quizás ella es la responsable de que todos los premios que recibe estén perfectamente ordenados sobre un pequeño escritorio de madera. En uno de ellos, la medalla de los justos, una inscripción grabada reza la mejor definición de la bondad de Eidenbenz: “Quien salva una vida, salva a la humanidad”.
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La “otros” héroes anónimos
A medida que le llueven los elogios, Elisabeth Eidenbenz marca distancias. Rehuye el papel de heroína. “Yo no hice nada sola, sólo fui una pieza más”, insiste. Y sabe de qué habla. El rigor de la posguerra obligaba a unir esfuerzos para ayudar. Decenas de personas anónimas pusieron su granito de arena para mitigar en lo posible la falta de previsión del Gobierno francés. Sin ni siquiera esperar reconocimiento. Una de ellas fue la enfermera suiza Friedel Bohny-Reiter, el “auténtico brazo derecho de Elisabeth”, según la historiadora Assumpta Montellà. Su figura siempre permaneció a la sombra del de Eidenbenz. Hace casi 70 años y ahora también. De 1941 a 1942, Bohny atendió a refugiados españoles, judíos y gitanos en el campo de Rivesaltes. Apenas hay textos sobre ella. “Es la gran olvidada de la historia de la Maternidad de Elna”, asegura Montellà. Rodeada de miseria, en una austera barraca de Rivesaltes, la joven enfermera suiza cuidaba a enfermos, atendía a embarazadas antes de enviarlas a la maternidad y protegía a los niños huérfanos que deambulaban solos por las playas. Salvó muchas vidas. Sus vivencias están recogidas en su amargo diario personal “Journal de Rivesaltes (Edition Zoé, en francés), que la cineasta suiza Jacqueline Veuve transformó en documental en 1997. Sus palabras, con un crudo testimonio de las penurias con las que tuvo que luchar en los campos del exilio. “Nos hemos encontrado –escribe en agosto de 1942- a personas en un estado miserable. Unos desesperados, rotos, otros irritados por el suplicio de tanta espera. Tentativas de suicidio. Algunos engullen lo primero que encuentran. Botes enteros de somniferos»…
Pero los ejemplos de buen corazón no acaban en la joven Bohny. La lista es tan larga como desconocida en la mayoría de casos. Como el escritor y militante de la resistencia Albert Vidal quien, en 1939, convirtió su casa de Mazamet en un hospital para los internos de los campos de concentración. O incluso algunos a quienes el tiempo borró sus nombres. Como un grupo de pescadores de Banyul, que salvaron a decenas de refugiados cuando, desesperados trataban de huir de los campos lanzándose al mar. Incluso hubo pueblos enteros que cayeron injustamente en el olvido. Como el más meridional de Francia, Lamanère que ante la marea de exiliados que atravesaba las montañas nevadas ofreció una muestra de solidaridad en plural. Desafiando las bajas temperaturas, sus menos de cien habitantes fueron al encuentro en la misma montaña de quienes huían del fascismo. Con los más pequeños a hombros, ofrecieron alojamiento, mantas secas y sopa caliente. “El pueblo de Lamanère es el paradigma de pueblo francés que ayudó en lo que pudo, y que se lamentó de la vergonzosa imprevisión del Gobierno francés”, sentencia Montellà.
Enhorabona!
sobran las palabras para e sta labor totalmente desinteresada que hizo que esas madres y sus bebes pudieran tener una minima esperanza en unas circunstancias tan desalentadoras como las que vivierona e
decir que, ojala personas como
Elisabhet sigan existiendo