12.01
2010
Publicado en La Vanguardia el 10/01/10. Soweto (Sudáfrica)
Kgotso, de 11 años, es uno de los alumnos más jóvenes de la escuela. Foto: Xavier Aldekoa

Kgotso, de 11 años, es uno de los alumnos más jóvenes de la escuela. Foto: Xavier Aldekoa

Un decálogo de normas colgado de la puerta de la escuela Buskaid deja las cosas claras. En negrita, para que destaquen bien, dos reglas de oro: nada de correr cerca de los instrumentos y mucho menos dejarlos bailando en algún taburete.

Un violín, una viola o un violonchelo son más joyas si cabe en este lugar – la mayoría, piezas muy caras y de segunda mano, son donaciones desinteresadas de todos los rincones del mundo-,y un mástil astillado es una tragedia. Pero como la ecuación de niños e instrumentos frágiles suele dar pie a lo inevitable, hace ocho años se pensó en convertir los problemas en solución.

La sudafricana Sonia Bass, la profesora de violonchelo del centro, se puso al frente de un taller de reparación donde se enseña a los alumnos a subsanar los estropicios con pegamento y paciencia. “Jamás lo había hecho antes, pero hice varios cursos de formación sobre el arte de reparar, y el objetivo de momento es hacer operaciones básicas”, explica en su casa, al nordeste de Johannesburgo. Los medios económicos con los que cuenta Buskaid son escasos, y se nota: el taller está instalado en el garaje de la casa particular de Sonia. Como no había medios para alquilar un local, ella no dudó en ofrecer parte de su casa para arrimar el hombro. Aun así, el problema sigue siendo el bolsillo. La bondad del proyecto de reparación se ha topado de nuevo con el muro de la pobreza: aunque Soweto está a las afueras de Johannesburgo y con un golpe de coche se pasa de una a otra ciudad en un pispás, un vehículo es un lujo inalcanzable para la mayoría. Así que no queda otra que convertir los problemas en nuevas ideas. “No tenemos muchos aprendices porque la mayoría de los chicos no puede pagarse el transporte público para llegar aquí – menos de dos euros ida y vuelta-,pero hemos empezado un proyecto para trasladar el taller junto a la escuela en Soweto”, cuenta.

Ya tienen donde. Hace seis años, la directora de Buskaid, Rosemary Nalden, compró una casa baja levantada junto a la escuela de Soweto en un arranque de optimismo: “Pensé que quizá un día, si iba todo bien, podríamos hacer más aulas o trasladar el taller, y creo que fue la mejor decisión que tomé”, explica.

Si las ayudas económicas sonríen en el futuro, tienen planeado abrir la escuela de reparación en Soweto en menos de tres años. Al menos eso es lo que desearía, porque no depende sólo de ella. Además de coordinar las donaciones directas y los conciertos, Rosemary se mueve como pez en el agua para buscar apoyos, pero admite que a veces siente “la fatiga de la buscadora de fondos”. De momento, ha conseguido convencer a varias firmas importantes. Algunas multinacionales sudafricanas, y unas pocas extranjeras, han apoyado el proyecto o han costeado parte de las giras internacionales de la banda. También han grabado cinco discos compactos y dedican los beneficios de las ventas a la escuela. Hay muchas cosas por hacer como para quedarse quieta, dice.

Acercar la escuela de reparación de instrumentos a los alumnos es uno de los proyectos que están instalados en la mente de Rosemary y Sonia desde hace más tiempo.

Para Sonia, sería una forma inmejorable de completar el círculo ya que “así se podría formar a más gente que no tuviera necesariamente habilidades musicales”. Si no se ha hecho hasta ahora, no ha sido cuestión de empuje. “Es verdad que siempre el dinero es un obstáculo importante, pero no insalvable. Está todo por hacer y lo haremos”, dice en un soplido. Y cuesta no creerle.

1 comentario

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  1. Verdaderamente admirable el trabajo dirigido por Rosemary. Ver a esos niños y jóvenes en un Concierto en Paris es algo que te entusiasma y conmueve. Buskaid!!!!