13.03
2010
Dos niños jugando durante la ceremonia en Lowlye. Foto: Xavier Aldekoa

Dos niños jugando durante la ceremonia en Lowlye. Foto: Xavier Aldekoa

Me había costado un mundo llegar a Lowlye. El barrio es una maraña de chabolas, con charcos por caminos de tierra donde nadie pregunta cómo llegar. Los que viven allí ya lo saben y a los demás les da igual. Pero era el primer cumpleaños de la nieta de Alice, así que había motivos para seguir dando gas. Al llegar, tarde, estaban todos esperando. Alice es sangoma –una suerte de curanderas-hechiceras muy respetadas en el país- y la ceremonia tenía aires de acontecimiento. Iban a cortarle el pelo por primera vez a la pequeña, rezar a los espíritus y darle un segundo nombre; así que no era para menos.

Me sentaron en una silla oxidada, la mejor, y empezamos a comer. Era fiesta, un día especial; el día que llevaban esperando toda la semana. Y el plato principal, además de ensalada de zanahoria y una especie de pan shoto, eran intestinos hervidos. Nada más.

Mophethe amagó con disculparse. “No te lo comas si no te gusta, es que como ha venido tanta gente no hemos podido hacer otra cosa”.

Y con esas palabras, el plato, a rebosar, se acabó de llenar de dignidad.

 Cómo no me lo iba a comer.

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