08.04
2010

Publicado en La Vanguardia el 07/04/2010, Ventersdorp, Sudáfrica

terreEl himno afrikáner suena grave. Más de doscientos granjeros blancos cuadran pies, clavan su mirada al frente y entonan el cántico que rememora tiempos de carreta de bueyes y espíritu de conquistador en el sur de África.Pero algo sale mal. Un murmullo cercano silencia su canción. A veinte metros, trescientos africanos negros responden con su himno: la Shosholoza. Y Rebeca no la ve venir. Mientras mueve su alma de ritmo negro, una mujer con insignias militares en la pechera vacía sobre su cabeza una botella de agua; y se arma. La policía interviene. Aunque lo hace en forma de cruel metáfora: despliega una alambrada de pinchos y el color elige el bando. A un lado, blancos afrikáners, al otro, negros. El juzgado de Ventersdorp, donde ayer pasaron a disposición judicial los dos acusados por el asesinato el sábado del histórico líder racista Eugene TerreBlanche, mostró ayer las viejas cicatrices de un país que se esfuerza por dejar atrás el odio del apartheid. Sudáfrica no es sólo Ventersdorp, pero también lo es.

Esta pequeña localidad del noroeste del país, tierra de granjas, blancos al volante y negros en las aceras, amaneció ayer trufada de policías. La tensión por la muerte del fundador del Movimiento de Resistencia Afrikáner (MRA) hacía fruncir el ceño a Ben, trabajador de la gasolinera. “Ahí están”, susurraba con un movimiento del mentón. A cien metros, en un descampado, varios bóers a bordo de ocho 4×4 se preparaban para ir a protestar al juzgado por el asesinato de TerreBlanche y de más de tres mil granjeros blancos desde 1994. Ben definía su inquietud: “Estoy un poco preocupado, ya sabes, a algunos no les gustamos”, decía.

Ese recelo hacia el otro se volvería a desplegar después con más intensidad frente al juzgado.

En forma de ataque también. Peter Paul Kruger, de un brazo político minoritario de la misma cuerda que el MRA, da aire de ultimátum a sus palabras: “No podemos vivir juntos negros y blancos, es una realidad; queremos un Estado afrikáner propio donde vivir en paz o cogeremos las armas”. A su lado, dos señoras asienten cada punto y coma. En la explanada, repleta de camisas color caqui y pantalones de camuflaje, Pieter Steyn, portavoz del MRA, pide a los suyos disciplina, que no calma. Hay rabia contenido hacia los dos detenidos, de 15 y 28 años, que afrontan cargos de asesinato, robo, allanamiento de morada y brutalidad por atacar la dignidad de su víctima. Steyn anuncia que el próximo viernes se celebrará el funeral y luego una procesión irá hasta la granja de TerreBlanche para enterrar el cuerpo. A su lado, un señor de barba espesa explica a dos reporteras que él se creyó a Mandela, pero que no se puede vivir en un país que permite cantar a sus políticos Mata al bóer. Y se emociona al hablar.

Desde lejos, Mpho y Prince curiosean la escena. Pero también tienen quejas: “Los asesinos son dos y culpan a todos los negros; esos quieren volver al apartheid”, dice.

Cuando la tensión se disipa. Adele se acerca con ganas de charlar.

- No les gustamos. Si pudieran, nos echarían del país.

- ¿Y a ti te gustan ellos?

- Si nos respetan, sí, pero no nos soportan. Yo creo que aquí podemos vivir todos bien. A veces me da pena.

- ¿El qué?

- Que el color nos separe, ya sabes.

Como ya ha dicho todo lo que tenía que decir, Adele se sacude el polvo del pantalón y se va. No da tiempo a preguntarle a qué color se refiere.

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