2010
Publicado en La Vanguardia el 04/2010
Ni rastro de la placa de latón. Hace cincuenta años, los nombres de Nelson Mandela y de Oliver Tambo relucían en la pared de la segunda planta del edificio Chancellor House, en el corazón de Johannesburgo. En 1952, los dos abogados decidieron desafiar a la injusticia y abrieron el primer bufete de abogados negros de Sudáfrica. El edificio, propiedad de indios, era de los pocos que se alquilaban a personas de raza negra. Poco después, una ley declaró el área blanca y se amenazó a los propietarios para que desalojaran a estos inquilinos. En 1956, Mandela y Tambo fueron detenidos por traición.
Hoy no queda rastro de aquel símbolo de orgullo y rebelión. Las escaleras que suben al segundo piso, donde los dos héroes tenían su despacho, están encharcadas y llenas de basura. El hedor se clava en el olfato y entre la penumbra se adivinan zapatos viejos abandonados, cacerolas o trozos de colchones podridos. En el lugar donde Mandela tenía su mesa de oficina, la luz de la linterna sólo devuelve un charco de agua putrefacta y una botella de plástico tirada en el suelo.
Durante décadas, el edificio se abandonó y fue ocupado por cientos de personas sin hogar. Desde fuera, la fachada anuncia un edificio fantasma. Y casi es la definición exacta. Isaac, que ha ocupado un rincón del bloque durante once años, lo corrobora: “Ahí dentro no teníamos agua, ni electricidad, ni lavabos. Nada. Si querías ir al lavabo por la noche tenías que irte lejos, éramos muchos”, explica. Calcula que entre 150 y 200 personas ocupaban el bloque. A veces varias familias con niños en cada habitación. Algunos llevaban más de veinte años allí. Isaac conoce la importancia simbólica del lugar. “Sabíamos que Mandela trabajó allí. ¿Qué me parece? Era feliz, estuve en un sitio importante y yo viví allí”, dice. El tiempo verbal de su frase y la oscuridad del interior del inmueble anuncian cambios.
El pasado día 17, el Ayuntamiento desalojó a los okupas – durante doce meses estarán en un albergue cercano-y tapió las ventanas. Al no llegar a un acuerdo con los propietarios del inmueble, el Ayuntamiento decidió expropiarlo y ponerse manos a la obra. A principios de semana, empezaron a llegar trabajadores para retirar las montañas de desperdicios del local.
El director ejecutivo de la Agencia de Desarrollo de Johannesburgo, Lael Bethlehem, explica: “El área que albergó las oficinas del ex presidente Mandela y de Tambo será restaurada y se creará una exposición abierta al público para conmemorar el significado histórico de estas oficinas”. El decadente estado del edificio se notará en la factura. Aunque apenas se han pagado 35.000 euros por su compra, los trabajos de restauración costarán cerca de un millón de euros.
Isaac, al que se une curioso su amigo Thabo, se toma con resignación la noticia. Tenían poco y ahora no tienen nada. Ambos pasan el día haciendo de gorrillas o limpiacoches en la zona de aparcamientos de los juzgados, enfrente de su antiguo refugio. En 1990, el lugar dejó de ser zona de negocios blanca y la pobreza y el crimen se instalaron en el barrio.
El guardia de seguridad Mofokeng, que vigila la entrada para que nadie se cuele, no les quita ojo. “Aquí vivían familias pobres sudafricanas o inmigrantes, pero también algunos delincuentes”, advierte. Al sacar la cámara de fotos, un grupo de jóvenes se acerca y pregunta si se les ve la cara en alguna imagen. Admiten que vivían en el edificio, pero cortan rápido: “No serás poli, ¿no?”.

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