2010
Publicado en el Magazine el 18/04/2010. Texto: Xavier Aldekoa. Fotos: Javier Martínez de la Varga.
Una roca brinda la oportunidad. El Níger apenas se inmuta ante el lento balanceo de la pinaza, largas embarcaciones de madera con forma de canoa muy utilizadas en Mali, hasta que el lecho del río dice basta. Un pedrusco ha rajado la quilla, y hay que abandonar el bote a toda prisa y con el agua al cuello. El refugio es una pequeña isla, de apenas trescientos metros, que servirá para matar la paciencia hasta arreglar las tripas de la pinaza.
Y entonces aparece el fútbol. Dos de los chicos que trabajan en la pinaza, Omar y Cissé, de once y diecisiete años, se sirven de un calcetín gastado, lo rellenan con hierba y un pedazo de plástico y le dan forma esférica con un trozo de cordel. Un par de piedras hacen de porterías, y a jugar. Menos los más ancianos, todos se suman a la fiesta. Cada dos o tres chutes hay que parar para volver a simular que aquello es un balón, pero nadie amaga un reproche o un lamento. Es un balón y punto. Y no se necesita más para soñar.
Con el primer Mundial en suelo africano a la vuelta de la esquina, el continente muestra a quien quiere ver una inmensa pasión por el fútbol. Quizás no haya botas, campo ni porterías, pero siempre hay un balón. De lo que sea. De trapo, plástico, plumas, de ropa o incluso de semillas redondas de alguna fruta tropical. La ilusión y la pasión con la que el continente juega al fútbol son arrolladoras.
Juegan como si no importara nada más. Pese a la pobreza y las dificultades en muchos contextos africanos, los ídolos mundiales del balompié tienen una legión de chavales detrás, en cualquier rincón del mundo, dispuestos a emularlos. A imaginar por un momento que el descampado de detrás de su chabola es Maracaná, y ellos, campeones como Messi, Ronaldo o Rooney.
A miles de kilómetros de Mali, en Sudáfrica, Mbekezeli, Honganani y Sabelo, de trece, doce y once años respectivamente, ponen rostro a esa pasión. Viven en Alexandra, una de las barriadas de chabolas menos recomendables de Johannesburgo. La zona es un mar de techos de uralita, calles estrechas y callejones donde es mejor no perderse.
En el horizonte, a apenas dos golpes de volante, se dibujan los rascacielos del barrio de Sandton, la zona rica y de negocios de la ciudad. Pero ellos tres no suspiran por el aroma a dinero de esa otra ciudad, tan cercana y lejana a la vez. Su atención está puesta, sin escatimar ni un sentido, en otro drama: el día anterior, cuando echaban un partidillo en la calle, un coche pasó por encima de su pelota y la dejó hecha añicos.
El benjamín del grupo, Sabelo, trata de quitar hierro al asunto al ver la cara de pena de Mbekezeli. “No te preocupes, vamos al Pick’n Pay –el supermercado más barato del país–, cogemos algunos plásticos y una bolsa y ya está”, dice. “Ya –le responde–, pero esa pelota no era… –piensa un rato hasta encontrar la palabra–, no era weak (floja, poco sólida).”
Los tres quieren ser como sus ídolos del balón, aunque de diferente forma. Sabelo quiere jugar en el Liverpool de su admirado Fernando Torres –“me encanta cuando marca tantos goles, es rapidísimo”, dice–, y Mbekezeli, en el Barcelona. No tenía ni idea de que su jugador favorito, Robinho, estuvo a punto de recalar en el equipo culé hace unos meses, pero, aun así, él quiere jugar junto a Messi. Los dos juegan de delanteros y, por la cara de Honganani, parece que se les da más que bien. A él no tanto. Pero no por eso se imagina un futuro con menos penurias y alejado de su gran afición. “Ellos son buenos, pero yo un poco menos. De mayor yo quiero ser ministro de fútbol”, asegura. Antes de despedirse, Sabelo echa cuentas de cuándo debería triunfar.
“¿Oye, a qué edad los jugadores buenos empiezan a jugar en la Premier o la Liga?”, pregunta.
Los pies descalzos de Sabelo y sus amigos, siempre detrás de un balón, son los mismos que los de Alfred Phiri, ex estrella de la selección sudafricana. Antes de convertirse en jugador profesional y liderar a los Bafana Bafana en el Mundial del 98, pateaba cualquier cosa de forma esférica en las mismas calles de Alexandra. “Claro que me veo reflejado en esos chicos –dice–, sacábamos cosas de la basura, hacíamos una pelota y jugábamos partidos de veinte contra veinte”, recuerda divertido. Para Phiri, el fútbol da una oportunidad a los suyos: “Es una ilusión, los niños tienen que saber que deben luchar por sus sueños y trabajar duro. El fútbol significa todo”.
A veces, también, la ilusión de los pequeños se desborda. Y hay detalles que sirven para resumir la locomotora de entusiasmo en que se ha convertido el fútbol. El pasado mes de marzo, Nomvula Mokonyane, primera ministra de la provincia de Gauteng, donde se encuentran las ciudades de Johannesburgo y Pretoria, anunció ante los corresponsales extranjeros una medida tan curiosa como reveladora: en vistas al Mundial, que se celebrará del 11 de junio al 11 de julio, su gabinete había decidido reforzar el equipo que se ocupa de los niños perdidos. La visita de dos cracks mundiales pocos meses antes fue el detonante. “Nuestros niños son muy exploradores y quieren ver a sus ídolos, así que hacen lo que sea por verles. Son sus ejemplos que seguir, sus dioses.
Cuando Maradona y Rooney –delantero del Manchester United– vinieron a la ciudad, miles de niños llegaron para verles desde todas partes, algunos ni siquiera sabían cómo habían llegado y muchos de ellos no sabían volver a sus casas después. Es un tema que nos preocupa, y durante el Mundial reforzaremos esa cuestión”, aseguró.
La motivación que el deporte más popular del planeta genera en millones de niños africanos es tan enorme que sería estúpido desaprovecharla. El fútbol acapara la atención de los chiquillos, les alegra el día y les invita a soñar en un futuro sin pelotas hechas con bolsas del Pick’n Pay. Por eso varios proyectos han subrayado el balompié como la vía más directa para la integración y la educación de los niños de las barriadas más marginales.
La ONG Street Football World dedica sus esfuerzos a esa premisa desde el 2002. En ocho años se ha convertido en la red de conexión de 82 organizaciones de 54 países que usan el fútbol como base de programas de desarrollo. Casi la mitad de los proyectos están en África. Su director, Jürgen Griesbeck, explica el secreto que se esconde en el balón. “Los jóvenes sienten el fútbol como algo propio, algo importantísimo en sus vidas y que les motiva más que ninguna otra cosa. P
ueden jugar en cualquier sitio y con cualquier cosa hacer una pelota, no hay barreras. Y esa es la magia del fútbol: es un lenguaje universal que les permite expresarse sin tener en cuenta clase social, cultura o las dificultades de sus vidas”, explica Griesbeck desde un calco exacto de la pobreza de Alexandra pero en el sur. Khayelitsha, la segunda barriada pobre más grande de Sudáfrica, se desparrama a las afueras de Ciudad del Cabo y copia la miseria que se repite en cientos de barrios a las afueras de Nairobi, Lagos o Johannesburgo. Aunque no sólo en África. En Khayelitsha acaba de echar a rodar un centro deportivo y educativo del proyecto Football for Hope, financiado por la FIFA.
El director de Street Football World, que coordina también este centro, recita de memoria los objetivos y el porqué de la iniciativa. “El fútbol es el mejor camino para educar y ofrecer herramientas a los niños; para que sean dueños de su futuro. En los centros usamos el poder social del fútbol para promover valores y hábitos saludables en materia de educación, no discriminación, derechos de los niños, medio ambiente y lucha contra el sida”, argumenta. El último punto no es baladí. En Sudáfrica hay 5,7 millones de enfer-mos de sida y, en enclaves pobres como Khayelitsha, el campo de fútbol es de los pocos lugares donde poder explicar cómo protegerse del virus.
De su experiencia por cientos de campos de tierra por el mundo, Griesbeck se queda con una frase que le dijo un pequeño en un terreno de juego en una barriada de Medellín (Colombia) y que simboliza la fuerza del balompié: “Se me acercó mientras chutaba una pelota descosida y me dijo que le gustaría que un día el mundo se tomará la paz tan en serio como el fútbol”, afirma.
El amor desatado por el fútbol es parecido en cualquier lugar de África, aunque no siempre los ídolos son los mismos. Drogba y Eto’o son iconos y ejemplos de conducta en Costa de Marfil y Camerún. Adebayor y Kanouté, semidioses en Togo y Mali. Parece que no haya límites en la fama de los jugadores, que en ocasiones adquieren una fachada de héroes nacionales. Y tanta popularidad es poder. El mejor ejemplo es el del liberiano George Weah, proclamado mejor jugador del mundo en 1995, que decidió presentarse a presidente del país tras colgar las botas. No lo consiguió por los pelos.
Pero otras veces, el ídolo no es lo más importante y ni siquiera es una estrella internacional. A diez kilómetros de Butha Buthe, una pequeña población al norte de Lesotho, Taolé y Clement, de catorce años ambos, ponen cara de circunstancias cuando se les pregunta sobre sus jugadores favoritos de la Liga o la Premier League. Les encanta el fútbol –Taolé es portero y va para crack, dice él mismo–, pero para ellos, sin electricidad en la aldea ni televisor cerca (y aún menos un par de monedas para gastar en un periódico), Europa queda demasiado lejos.
El extranjero para ellos es Sudáfrica. Lesotho está incrustado en territorio sudafricano y por eso Taolé y Clement citan a los Orlando Pirates de Johannesburgo como el club de sus amores y a Teko Modise, estrella de la selección sudafricana, como su futbolista preferido. Su fiebre por la pelota renueva una historia mil veces repetida en cualquier rincón del planeta: “El fútbol me gusta mucho, jugamos casi cada día hasta que se va el sol y ya no se ve. A veces mi madre se enfada y me tiene que venir a buscar al campo”, cuenta. Igual que Messi, Ronaldinho y otros de críos.
África se prepara para acoger el Mundial y a las principales estrellas del fútbol mundial de este verano. Por unos días, los ojos del mundo estarán en Sudáfrica. Pero cuando la cita mundialista haya pasado, quedarán de nuevo las ganas de cientos de miles de niños pateando pelotas imposibles en callejones de barrios humildes. Imaginándose como los cracks del próximo Mundial.
En White City, un barrio desamparado de Soweto en las afueras de Johannesburgo, un pequeño de catorce años, David, ilustra esa ilusión en pocas palabras. Se deshace en sus sueños de futbolista porque está loco de contento. La fundación Dreamfields, que coordina proyectos educativos a través del fútbol en África, ha regalado a su escuela un kit de camisetas y pelotas. Su alegría no cabe en esas camisetas nuevas con números a la espalda y los tres balones reglamentarios. Es mucho más que eso: “Ahora –dice– ya soy un jugador de verdad”.

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