01.06
2010

Publicado en el Magazine el 23/05/2010. Malí. Texto: Xavier Aldekoa. Fotos: Kim Manresa.

maliTombuctú, Septiembre de 2004. Las callejuelas de arena del Sáhara de la ciudad de los sabios se revuelven de calor mientras un puñado de mercaderes descarga mangos de un camión desvencijado. Uno de los jóvenes lanza una pieza de fruta al curioso extranjero y un guiño de ojo por sonrisa. Se limpia las manos sucias en la camiseta y es entonces cuando emerge la imagen: el pecho del joven está ocupado por la silueta amenazante de un avión Boeing 767, la figura de las torres gemelas de Nueva York y un enorme rostro de Bin Laden.

Tombuctú, Junio de 2009. Cuatro miembros de Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI) aparcan un 4×4 frente al hogar del lugarteniente coronel Lamana Ould Cheick, figura clave en la lucha contra Al Qaeda y hábil negociador en varios casos de secuestros de occidentales. Dos de los terroristas se plantan frente al oficial y, a sangre fría, le descerrajan dos cargadores de AK47. Dos días después, miles de ciudadanos acuden al entierro y el ejército de Malí califica el ataque como un casus belli: un acto de guerra.       

Tombuctú, Mayo de 2010. Amahde Dekhu se recoloca su turbante tuareg antes de responder. Busca transporte para cubrir el último centenar de kilómetros de polvo y desierto para llegar a la ciudad de los 333 santos pero, mientras, accede a analizar la situación de una zona que conoce como la palma de su mano. Es parco en palabras porque no hacen falta. Por respuesta abre sus cinco dedos con la palma perpendicular a su cuerpo y la balancea con un pausado movimiento de muñeca. “Las cosas no están muy bien, Al Qaeda vive en el desierto y es peligrosa para vosotros”, dice finalmente. A trescientos metros, dos militares armados con kalashnikovas se acomodan en el todoterreno que debe llevar al Magazine al norte del país. La región de Tombuctú, junto a las de Gao y Kidal, es una zona declarada como de “muy alto riesgo de secuestro” según la embajada española en el país africano. Aunque el gobierno de Malí rebaja la alarma y sitúa el riesgo sólo en el desierto, fuentes diplomáticas europeas exhortan a sus ciudadanos a evitar las regiones del norte del país a toda costa, incluidas sus capitales, y reiteran que la facción de Al Qaeda supone una seria amenaza para cualquier occidental que visite la zona.

mali2Aunque la mayoría de los atentados de AQMI se producen en el norte de África, la banda terrorista ha encontrado en la franja sahelo-sahariana, a caballo de Mauritania, Malí, Algeria y Níger, un refugio inmejorable para su cuartel de operaciones. Una eternidad de dunas y arena con fronteras difuminadas –y  suficientemente alejadas de la zona de control del ejército algeriano-, que permiten ocultarse y buscar financiación a golpe de tráfico de drogas o secuestro de occidentales. El modus operandi sigue un patrón común: la mayoría de los asaltos se producen en zonas apartadas de Mauritania o Níger y se pasa inmediatamente a los rehenes a algún punto inconcreto del desierto entre Malí, cerca de Algeria. Luego se procede a negociar durante meses un rescate económico o el intercambio de los rehenes por presos. O ambas cosas. El molde resulta familiar. Al cierre de esta edición, los españoles Albert Vilalta y Roque Pascual, secuestrados el 29 de noviembre en Mauritania, cumplían más de cinco meses como rehenes en algún lugar del desierto de Malí. De acuerdo a la lectura radical del ideario yihadista, las víctimas son consideradas botín de guerra, aunque tienen bastantes posibilidades de acabar bien siempre que se acceda a las pretensiones de AQMI. Lo contrario puede ser fatal. El año pasado, la franquicia en el desierto de Al Qaeda propuso al premier inglés, Gordon Brown, la liberación de un rehén británico a cambio de la de un clérigo radical jordano convicto por terrorismo en el Reino Unido. La negativa del gobierno de las islas acabó con un escueto comunicado en una web islamista en la que se anunciaba la ejecución del secuestrado.

Pero que AQMI despliegue sus campos de entrenamiento y mueva a sus rehenes por las zonas muertas de algunos de los estados más polvorientos del mundo no los convierte en una banda de cuatro desarrapados.

mali3De camino a Gao, al sargento Koné apenas le hace falta una taza de té dulce al caer la noche en el puesto policial de Homboriri para desatar su lengua e ilustrar la situación. Durante quince meses estuvo destinado en Tombuctú en los que se enfrentó a cara de perro con Al Qaeda en una lucha desigual. Recuerda perfectamente el día del asesinato del coronel Lamana porque ese día, dice, fue consciente del potencial real de su enemigo: “Lo acribillaron y luego desaparecieron como un rayo con un vehículo con las ruedas más grandes que he visto en mi vida. Parecía que apartaba la arena como si fuera un barco por el agua. Llegaron a lo alto de una duna que domina la ciudad, dispararon varias ráfagas al cielo y desaparecieron. Se reían de que les intentáramos seguir”, explica. Durante el día, Koné, que ya descuenta su edad de los cuarenta, se pelea con el calor bajo la sombra de un techo de paja y la ayuda de un ventilador oxidado. Ha recibido órdenes de pedir los papeles a cualquier coche que pase por la carretera tras el secuestro el 21 de abril pasado de un francés y su chófer argelino en Níger, junto a la frontera de Malí. Koné insiste que el ejército no puede bajar la guardia. A diez metros, unos cuantos bidones destrozados, un par de neumáticos gastados y unas piedras hacen de barrera en la carretera y refuerzan con su triste presencia las palabras de Koné. “(Los terroristas) iban muy bien equipados, con buenos AK47 y buena tecnología. Nuestro ejército y policía no tiene muchos recursos, tenemos 4×4 pero cuando nosotros hemos hecho veinte metros por la arena, ellos ya hace rato que se han esfumado. Además, colocan minas antipersona en el camino cuando les perseguimos y tenemos que parar y detectarlas con aparatos especiales para no saltar por los aires”, lamenta.

Desde Bamako y las altas esferas de las fuerzas armadas malíes se repite insistentemente un mensaje de calma. Se limita la amenaza al desierto y relativiza el peligro dentro de las ciudades hasta casi el absurdo. “Es más fácil que les secuestre Al Qaeda en Madrid que en Malí”, llegó a señalar el coronel jefe de la región de Mopti, Brehima Sabely.

En muchas ocasiones, la amenaza de Al Qaeda es invisible en las ciudades y la inquietud sólo se percibe en los detalles. Cuando nuestro todoterreno se aproxima a la ciudad de Gao, a un centenar de kilómetros del lugar donde secuestraron al francés Pierre Camatte a finales del año pasado, el teniente Tienegué Traoré se pone serio en el asiento de copiloto del vehículo. “A partir de aquí, hacia el norte la situación no es un poco más seria, es la seriedad”, dice. Pese a azuzar los sentidos de precaución, rechaza que el resto de Malí sea un lugar poco recomendable. Ni siquiera acepta que en las ciudades del norte haya nada que temer, aunque sus palabras no inviten al sosiego. “Al Qaeda no ha conquistado Malí, ni tampoco Mauritania o Níger. Opera en la banda Saheliana, que es enorme y no hay nada. Es como querer controlar la luna, es imposible saber la posición real de los terroristas, tampoco los europeos o americanos lo saben”, explica justo antes de explotar. “¿Se dan cuenta de cuantos millones está perdiendo Malí por culpa de esas informaciones exageradas? Las principales víctimas de Al Qaeda somos nosotros”.

mali4La queja encendida de Traoré no es gratuita. Ante el aumento de la presencia de Al Qaeda y rehenes europeos en su desierto, el resto del país se ahoga por la sequía de turistas que ha herido de muerte a una fuente de ingresos vital en uno de los países más acogedores -y pobres- de África. Aunque por razones de seguridad ningún estado admite pagar rescates, se calcula que la banda terrorista recaudó unos 10 millones de euros en 2009 con el negocio de los rehenes. Más que todo Malí en turismo.

El problema es que las advertencias no sólo llegan por vías oficiales y ya se filtran entre la población. Karim, Mohammed y Bir recogen al vuelo el acento del extranjero sediento en su abarrotada tienda de comestibles del mercado de Gao. Exageran su indignación por la marcha de Eto’o del Barça aunque juran amor eterno al equipo de Guardiola. También regalan prudencia. “Vigilad no ir solos por las afueras, en la ciudad de Gao estáis seguros, pero a los alrededores mejor no vayáis; os podrían secuestrar, que ahora los blancos valéis mucho dinero”, aconseja Karim como despedida. Dos calles más allá, Mahmmed Meïga vende bolsas de cuscús con desparpajo y, pese a todo, extraña que hable abiertamente de Al Qaeda ante un extraño. Pero lo hace. Dice que la ciudad es un lugar tranquilo para los turistas, porque “esa gente” vive en el desierto. No le gusta que se hayan instalado en Malí porque no traen nada bueno para el país pero, sin embargo, bebe los vientos sin reparos por Bin Laden. “Atacó a los americanos y eso está bien; la gente tiene miedo a decirlo, pero a mí no me gustan los americanos, si estuviera un americano aquí creería que sabe más que tú y que yo, ellos son así. Bin Laden está bien”, apunta con una gran sonrisa.

Muchos ciudadanos malíes aseguran tener más miedo del hambre que del terrorismo. El primero es mucho más sencillo que detectar: sólo hace falta un leve rugir de tripas. A menudo, la amenaza de la banda terrorista es invisible y aguarda agazapada para asestar un golpe letal. Pero el miedo a Al Qaeda no es una sólo cuestión etérea. En febrero, el Festival du desert de Tombuctú se celebró por primera vez, y como medida de seguridad, dentro de la ciudad y no en el desierto, como venía ocurriendo desde hace una década. También los gobiernos han dado pasos al frente. A finales de abril, los presidentes de Algeria, Malí, Míger y Mauritania acordaron echar a rodar un cuartel general militar y estratégico, con base en Algeria,  para combatir a Al Qaeda.

Si no se ataja el problema, hay riesgo de que la situación empeore y quede fuera de control.  

Según fuentes de la inteligencia española en África Occidental, aunque los cuarteles de AQMI están localizados al norte de Malí, es más al sur, en el área imaginaria que une las ciudades de Tombuctú, Gao y Nidal, además de la extensa zona fronteriza de Níger y Mauritania donde el occidental se ha convertido en un negocio jugoso para cualquiera dispuesto a empuñar un arma. Para un experto en el área de África Occidental, con varios años de trabajo en la región, y que habla bajo petición de anonimato, “algunas bandas de delincuentes comunes buscan secuestrar a blancos para luego vendérselos a Al Qaeda. De hecho, cuando eso ocurre, los cuerpos de inteligencia europeos intentan negociar primero con ellos antes de que los rehenes caigan en manos de los terroristas. Ya ha ocurrido una vez”, asegura.

Hay tres puntos clave de protección: No ser de detectable, predecible ni aislable. Si se incumple alguno de estos puntos, se considera que el visitante occidental en la zona está en riesgo. “En el caso de la caravana solidaria a la que pertenecían los secuestrados catalanes, eran fácilmente detectables y predecibles porque decían incluso cuándo y dónde iban a estar cada día; en principio eran difícilmente aislables, hasta que consiguieron apartar a un coche del convoy”, explica.  

mali5El ejército de Malí prefiere calificar de poco menos que majaderías los temores que apuntan a que las ciudades sean un avispero de espías en busca de europeos. Uno de los principales responsables del ejército del país, en el mando de  operaciones de la misión Djiguitugu, de combate contra Al Qaeda y los grupos rebeldes del norte, no quiere subestimar a su enemigo, pero no cree que la banda disponga de una red de informadores por la que perder el sueño. Prefiere centrarse en cómo atacar su espina dorsal, en los campos del norte. “Trabajamos con los americanos, que nos apoyan en misiones en el desierto y nos ayudan con entrenamientos específicos; con la experiencia que tenemos después de luchar varios años con los rebeldes del norte y la ayuda externa, les haremos frente”, asevera.

Según el imán de la imponente mezquita Tombeau des Askia, construida en 1495 en Gao, pueden contar con las autoridades religiosas de la ciudad para hacer frente a la amenaza de Al Qaeda. En una oscura y calurosa habitación de barro, el imán Moussa Ali no deja resquicios a su posición. “La religión musulmana dice que a quien mata hay que matarlo y a quien roba hay que cortarle la mano. Los terroristas no son más que delincuentes y el Islam los condenará”, explica. Al preguntarle si ha tenido algún problema con el extremismo religioso, niega dos veces. “No hay extremismo en Malí, no sé nada de todo eso”, concluye. 

La conversación con el imán hace las veces de despedida de Gao. Aunque por poco. Al salir de ciudad, uno de los neumáticos del 4×4 salta por los aires y hay que parar a cambiarlo. En un suspiro, y pese a los continuos mensajes de calma de la policía y el ejército local, los dos soldados se sitúan uno a cada lado de la carretera como medida poco disimulada de precaución. Más allá de la pista, se abre el desierto. No nos movemos muy lejos del asfalto. Entre las dunas, bajo la arena para huir del calor abrasador, dormita el escorpión rojo del Sahel. Es imposible verlo desde la superficie, pero acecha agazapado para atacar con su picadura letal.

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