09.06
2010

Publicado en La Vanguardia el 07/06/2010

Morris nunca había usado antes palabras tan grandes, pero no exagera. “Los ojos del mundo van a estar sobre Sudáfrica, es apasionante”, dice. Suelta su reflexión al aire mientras corta el césped frente a una casa con piscina de Melville, en Johannesburgo. Sueña con poder ir a ver un partido en vivo, aunque sabe que no podrá. Tiene la cartera demasiado ligera, así que dará trabajo a su ojo perezoso – “una furgoneta se saltó un semáforo, destrozó mi viejo coche y casi me deja ciego”, recuerda-y seguirá el primer Mundial de fútbol en territorio africano desde el televisor.

sudafricaY ahí es donde sus palabras resuenan como si fueran una verdad exacta. Del 11 de junio al 11 de julio, el mundo mirará a Sudáfrica. Literalmente. Con una audiencia de casi 2.700 millones de personas, el Mundial es el espectáculo deportivo más seguido del mundo. Como las cifras marean, un portavoz de la FIFA aprovechó la inauguración la semana pasada del Information Broadcasting Center para transformar los números de vértigo en una metáfora comestible: “Si se emitieran en un mismo canal todas las horas de cobertura del Mundial en el mundo, ese canal debería estar emitiendo veinticuatro horas al día, los siete días de la semana y durante ocho años”, calculó. Morris, que frunce el ceño porque alguien ha aparcado sobre un parterre y no puede cortar la hierba, ni siquiera imagina que tenía tanta razón.

Sudáfrica piensa aprovechar la ocasión. Porque además lo necesita. La Copa del Mundo aterriza en la nación del arco iris – así bautizó al país el arzobispo y Nobel de la paz Desmond Tutu tras el fin del apartheid-en un momento de zozobra económica y de esperanza por dejar atrás de una vez los monstruos del recuerdo del régimen de segregacionismo racial que tanto daño hizo.

El año pasado, el país entró en recesión económica por primera vez en 17 años y sufrió una sangría de 800.000 puestos de trabajo. El Mundial fue un flotador providencial. Además de dar empleo a 700.000 trabajadores de la construcción – 280.000 permanentes-,las inversiones derivadas del acontecimiento y los ingresos por el turismo supondrán un aumento del 0,5% del producto interior bruto de Sudáfrica en el 2010.

A Simon el PIB le suena a chino, pero pone rostro a otra realidad sudafricana. Vende artesanía en las calles de Johannesburgo y, como todos, se adapta a la fiebre por el fútbol que ha contagiado al país. Ahora se dedica a manufacturar réplicas de la Copa del Mundo con alambres y bolas de plástico de colores y acecha con una sonrisa a cualquier tipo con pinta de foráneo. Pero su cara de amabilidad esconde algo de decepción. “Los negocios no van muy bien, hay algunos turistas más, pero tampoco tantos”, se queja. Tiene razón. Aunque inicialmente el Comité Organizador Local cifró en casi medio millón la cifra de visitantes que iba a atraer el Mundial, estas previsiones han quedado rebajadas a poco más de 200.000.

sutEl país también aguarda la disputa de la Copa del Mundo con el anhelo de que se convierta en un nuevo impulso para una necesaria cohesión social. El deporte ya ejerció un importante papel cohesionador en el pasado. La Copa del Mundo de rugby de 1995, en la que los Springboks sudafricanos salieron campeones, unió en la celebración por primera vez a blancos y negros. Muchos sueñan con que la pelota vuelva a dar un empujón.

Hace apenas dos décadas que el país pasó del régimen racista del apartheid a la democracia en una transición milagrosamente pacífica. Aunque se trata de un milagro imperfecto. Las enormes diferencias de oportunidades – el paro entre la minoría blanca es del 5% mientras que entre los negros roza el 28%-siembran la duda sobre si los pasos hacia la reconciliación nacional pueden ser ajenos al equilibrio de bolsillos entre etnias.

También la violencia pone piedras en el camino del éxito mundialista. Con una tasa de asesinatos y violaciones de escalofrío – 50 personas mueren asesinadas cada día en todo el país-,la seguridad es una de las grandes asignaturas pendientes de Sudáfrica. El Gobierno de Jacob Zuma ha puesto el acento en ello, consciente de que del éxito o el fracaso del Mundial en materia de seguridad depende la llegada de turistas en el futuro (la consultora sudafricana Grant Thornton calculó que un torneo exitoso supondrá dos millones de turistas más en los próximos ocho años).

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