2010
Publicado en La Vanguardia el 11/06/2010. Soweto
El día 24 de junio de 1995, Nelson Mandela empezó a trazar un círculo. Hoy se cerrará. Hace quince años, el líder antiapartheid apareció en el vestuario de la selección nacional de rugby, los Springboks, enfundado en la camiseta con el número seis del capitán del equipo. Con ese gesto, Madiba borró de un plumazo las reticencias de quienes veían a los Springboks como símbolo de la opresión racista del apartheid. Hace una semana, débil por sus casi 92 años, recibió a toda la selección de fútbol sudafricana en su casa… vestido con la camiseta número cuatro de los Bafana Bafana, la del capitán del equipo. Tres lustros atrás, había en juego la victoria en la final de la Copa del Mundo de rugby. Hoy, cuando el balón eche a rodar a las cuatro en punto de la tarde, Sudáfrica ya habrá ganado. Hoy arranca el Mundial de Sudáfrica 2010.
Es difícil imaginarse un país tan feliz por albergar una Copa del Mundo. Negra en su gran mayoría, la población sudafricana vibra por el fútbol y sigue las principales ligas extranjeras con devoción. Hoy el país se detendrá frente al televisor –también los blancos se sumarán a la fiesta, aunque prefieran el rugby o el cricket– para soñar con una victoria de Sudáfrica frente a México. Antes, contendrán la respiración por la esperada pero no asegurada presencia de Mandela en el estadio Soccer City de Soweto. “Que salude, un minuto sólo. Con eso ya nos hará felices”, decía esta semana Morris, un jardinero del barrio de Melville.
Echar un ojo a la historia ayuda a entender el entusiasmo. En Sudáfrica, al 90% de la población le negaron el derecho a mejorar sus vidas durante casi un siglo. Hoy, gracias en gran parte a la cintura política de Mandela, tienen motivos por los que sentirse orgullosos ante el mundo.
La inversión para tenerlo todo listo ha sido monumental. Según un informe reciente de la consultora Grant Thorton, el erario público sudafricano ha gastado unos 4.000 millones de euros del total de casi 5.500 millones destinados a crear las infraestructuras y estadios del Mundial. Las cifras se han traducido en obras faraónicas en carreteras y aeropuertos, además de la creación de una red de transporte público impensable hace unos años y que ha llegado a tiempo, al menos en parte.
Pero el contexto económico derivado del Mundial serían sólo matemáticas si no fuera por la pasión del fútbol instalada desde hace semanas en el país. En cada semáforo hay vendedores ambulantes cargados de banderas de todas las selecciones, coberturas para retrovisores o camisetas de los Bafana Bafana. Los artistas callejeros hace semanas que dejaron de hacer animales de alambre para crear copas del mundo o pelotas de bolitas de colores. Para ellos el Mundial es como lluvia en el desierto.
En un semáforo del barrio rico de Sandton, Jay estaba ayer de buen humor y hacía un poco la pelota para vender una bandera más. “Estoy preparadísimo para el Mundial. Ganaremos por 3-1 y jugaremos la final contra España, señor”, decía. Jay no podrá pagar los 14 euros de la entrada más barata, pero buscará un lugar donde verlo por televisión.
Si hay muchas Sudáfricas en una sola, que las hay, en el barrio de Sandton caminan una junto a otra desde las siete de la mañana. Jay ofrece sus banderas a conductores de Porsche, BMW o 4×4 que se desplazan temprano a las oficinas. Él no gana ni siquiera el sueldo mínimo, de unos 100 euros. Pese a que hace más de dos décadas de la liberación de Mandela, el color de la piel sigue dando pistas de la salud de la cuenta bancaria: la población negra compone el 90% del grupo con menores ingresos. También son más permeables al paro. El porcentaje de brazos cruzados entre los negros es casi seis veces más alto que entre los blancos, quienes, pese a ser sólo el 9% de la población, conforman dos tercios de los sudafricanos con ingresos superiores a 25.000 dólares anuales. También sufren mucho más la delincuencia que tanto atenaza a muchos medios de comunicación europeos: ocho de cada diez muertes violentas en Sudáfrica tienen lugar en un barrio pobre negro.
Pero todos esos borrones no esconden otra realidad. El 42% de los sudafricanos no vio jamás a Mandela entre rejas ni sufrió en sus carnes el apartheid. Hay futuro. Y hoy esa generación, al frente del resto del país, se llenará de orgullo cuando el árbitro señale el inicio del Mundial.
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