04.09
2010

Publicado en La Vanguardia el 31/08/2010. Lobamba, Suazilandia.

suazilandia

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Todos los reportajes tienen una historia detrás. Ésta es la nuestra.

Sophie llega tarde. Su jefa de Radio France Internacional le dio trabajo a última hora y pide que le esperemos. Me preparo un café de paciencia. Son las 3.40 de la mañana. Queremos salir tan temprano para estar en Suazilandia bien pronto. Salym, un periodista y fotógrafo colombiano que espera al otro lado de la ciudad, se devuelve a las sábanas. Ninguno de los tres imaginamos que el día será tan largo.

Las cinco de la mañana se desperezan con Sophie al volante y pidiendo mil disculpas. Está tan cansada que la hacemos callar. Paramos en una gasolinera junto a un township de chabolas de hojalata y no hay oportunidad de mezclar el olor de gasolina con el de café. Peor. A los cinco minutos de reanudar la marcha empieza a salir humo del motor.  

De la grúa saltan dos afrikaners de patrón. Uno delgado, con la cara marcada, la mirada azulísima y el pelo rubio. Tiene varios tatuajes en los brazos y viaja con un perro de apenas palmo y medio. El otro tiene una enorme panza, la cara redonda y una sonrisa nerviosa. Sólo nos mueven veinte kilómetros, hasta un taller. Cerrado.

Al cabo de siete horas, nos desesperamos cuando un mecánico afrikaner rompe por segunda vez la bomba de agua y el ventilador en el jardín de su casa en Secunda, una urbanización a 120 kilómetros de Johannesburgo. El coche no arrancará más. Se hace de noche. Antes nos ha dado tiempo a empaparnos de una pizca de la realidad sudafricana. Y de su racismo. Aunque esa es otra historia. Un amigo del mecánico, Lio, nos acerca a regañadientes a Johannesburgo. Llego a casa 19 horas después del primer café.

Suena el despertador tras hora y medio de sueño. Salym no tarda ni veinte segundos en responder mi SMS. “Vale, ya estamos”. A las seis horas llegamos a Suazilandia, poco después de amanecer. El día pesa en las pestañas pero no se hace largo. Falla la conexión y una cena atropellada se enfría. Nervios y por los pelos, pero mensaje enviado. 

A la mañana siguiente, saldrá publicado ésto…

La tradición lleva gafas de sol y teléfono móvil en cinturón de piel de cabra. Y tiene un descaro que asusta. Lumasha, de 15 años, se ha arreglado el pelo al milímetro y viste una túnica azul y granate.

Viste es un decir. Una banda azul se cruza entre sus pechos y deja al descubierto casi todo su torso. En la mano derecha agarra un cuchillo que avisa de su condición: es virgen. Pero de inocente no tiene un pelo. “¿España? ¡Fernando Torres es muuuy dulce (sweety)!”,grita entre las risas de sus amigas. “A mí me gustan los españoles, ¿Tienes novia?… ¿O hermanos?”, suelta con descaro. Todas se doblan de la risa. Les interrumpe un himno desde el fondo. Y se ponen a cantar y bailar.

Ayer fue el día grande de la Reed Dance o danza de los Juncos, una ceremonia tradicional que cada año pone del revés a Suazilandia, un país de poco más de un millón de habitantes enclavado entre Sudáfrica y Mozambique. Unas 60.000 chicas, la mayoría vírgenes, se reunieron ayer frente al palacio de Ludzindzini para bailar ante el rey absolutista Msuati III y celebrar la gran semana de la feminidad suazi.

Durante siete días, chicas y niñas llegan desde cualquier rincón del reino y algunos países vecinos a recoger juncos y entregarlos para arreglar la valla del palacio real. El último día hay fiesta en una explanada cercana. Ayer, cuando todas las chicas ya habían hecho sus coreografías, Steki Zwakele, de 14 años, se moría de los nervios. Después de cuatro horas de desfile, el rey bajó del palco, lanza en mano y vestido con túnica y taparrabos de leopardo, para bailar delante de las chicas. Era el momento en que el anterior rey, Sobhuza II, escogía a una de las chicas como esposa.

Tuvo unas 70 mujeres y 200 hijos. Por eso Zwakele agachaba la cabeza. “Si me escoge me pondré a llorar, en serio”, decía. Su temor es infundado. El actual monarca no utiliza ya la Reed Dance para seleccionar esposa, aunque el rumor sigue vivo después de que, hace tres años, anunciara un nuevo matrimonio el día del gran baile. La versión oficial es que ya la había escogido antes, pero Zwakele no se acaba de fiar.

Ella participa porque se lo pasa pipa. “Hago a amigas de todo el país y aprendes la cultura suazi, es genial”. Podrá volver tantas veces como quiera siempre que no se quede embarazada.

Las chicas duermen en las escuelas de la zona y aprenden normas de respeto a la monarquía y valores suazis. Ahí la fiesta suena a menos. Uno de cada cuatro habitantes de Suazilandia tiene sida, el porcentaje más alto del mundo, y dos tercios son pobres. Pero al rey no se le discute. Da igual que sea uno de los diez monarcas más ricos del mundo o prohíba los partidos políticos. Cuando Msuati III abandonó ayer el palco repleto de presidentes y ministros africanos – Mugabe a la cabeza-y pisó la alfombra roja, la grada rugió de emoción. También era tradición.

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