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	<title>Xavier Aldekoa &#187; Reportajes especiales</title>
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	<description>Blog de África</description>
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		<title>El desierto del miedo</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Jun 2010 09:53:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Reportajes especiales]]></category>
		<category><![CDATA[Al Qaeda]]></category>
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		<description><![CDATA[Publicado en el Magazine el 23/05/2010. Malí. Texto: Xavier Aldekoa. Fotos: Kim Manresa.
Tombuctú, Septiembre de 2004. Las callejuelas de arena del Sáhara de la ciudad de los sabios se revuelven de calor mientras un puñado de mercaderes descarga mangos de un camión desvencijado. Uno de los jóvenes lanza una pieza de fruta al curioso extranjero [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Publicado en el<a href="http://www.magazinedigital.com/reportajes/internacional/reportaje/pageID/2/cnt_id/4589"> Magazine</a> el 23/05/2010. Malí. Texto: Xavier Aldekoa. Fotos: Kim Manresa.</p>
<p><a href="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/05/mali.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-461" title="mali" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/05/mali-300x200.jpg" alt="mali" width="300" height="200" /></a>Tombuctú, Septiembre de 2004. Las callejuelas de arena del Sáhara de la ciudad de los sabios se revuelven de calor mientras un puñado de mercaderes descarga mangos de un camión desvencijado. Uno de los jóvenes lanza una pieza de fruta al curioso extranjero y un guiño de ojo por sonrisa. Se limpia las manos sucias en la camiseta y es entonces cuando emerge la imagen: el pecho del joven está ocupado por la silueta amenazante de un avión Boeing 767, la figura de las torres gemelas de Nueva York y un enorme rostro de Bin Laden.</p>
<p>Tombuctú, Junio de 2009. Cuatro miembros de Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI) aparcan un 4&#215;4 frente al hogar del lugarteniente coronel Lamana Ould Cheick, figura clave en la lucha contra Al Qaeda y hábil negociador en varios casos de secuestros de occidentales. Dos de los terroristas se plantan frente al oficial y, a sangre fría, le descerrajan dos cargadores de AK47. Dos días después, miles de ciudadanos acuden al entierro y el ejército de Malí califica el ataque como un casus belli: un acto de guerra.     <span id="more-460"></span>  </p>
<p>Tombuctú, Mayo de 2010. Amahde Dekhu se recoloca su turbante tuareg antes de responder. Busca transporte para cubrir el último centenar de kilómetros de polvo y desierto para llegar a la ciudad de los 333 santos pero, mientras, accede a analizar la situación de una zona que conoce como la palma de su mano. Es parco en palabras porque no hacen falta. Por respuesta abre sus cinco dedos con la palma perpendicular a su cuerpo y la balancea con un pausado movimiento de muñeca. “Las cosas no están muy bien, Al Qaeda vive en el desierto y es peligrosa para vosotros”, dice finalmente. A trescientos metros, dos militares armados con kalashnikovas se acomodan en el todoterreno que debe llevar al Magazine al norte del país. La región de Tombuctú, junto a las de Gao y Kidal, es una zona declarada como de “muy alto riesgo de secuestro” según la embajada española en el país africano. Aunque el gobierno de Malí rebaja la alarma y sitúa el riesgo sólo en el desierto, fuentes diplomáticas europeas exhortan a sus ciudadanos a evitar las regiones del norte del país a toda costa, incluidas sus capitales, y reiteran que la facción de Al Qaeda supone una seria amenaza para cualquier occidental que visite la zona.</p>
<p><a href="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/05/mali2.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-462" title="mali2" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/05/mali2-300x200.jpg" alt="mali2" width="300" height="200" /></a>Aunque la mayoría de los atentados de AQMI se producen en el norte de África, la banda terrorista ha encontrado en la franja sahelo-sahariana, a caballo de Mauritania, Malí, Algeria y Níger, un refugio inmejorable para su cuartel de operaciones. Una eternidad de dunas y arena con fronteras difuminadas –y  suficientemente alejadas de la zona de control del ejército algeriano-, que permiten ocultarse y buscar financiación a golpe de tráfico de drogas o secuestro de occidentales. El modus operandi sigue un patrón común: la mayoría de los asaltos se producen en zonas apartadas de Mauritania o Níger y se pasa inmediatamente a los rehenes a algún punto inconcreto del desierto entre Malí, cerca de Algeria. Luego se procede a negociar durante meses un rescate económico o el intercambio de los rehenes por presos. O ambas cosas. El molde resulta familiar. Al cierre de esta edición, los españoles Albert Vilalta y Roque Pascual, secuestrados el 29 de noviembre en Mauritania, cumplían más de cinco meses como rehenes en algún lugar del desierto de Malí. De acuerdo a la lectura radical del ideario yihadista, las víctimas son consideradas botín de guerra, aunque tienen bastantes posibilidades de acabar bien siempre que se acceda a las pretensiones de AQMI. Lo contrario puede ser fatal. El año pasado, la franquicia en el desierto de Al Qaeda propuso al premier inglés, Gordon Brown, la liberación de un rehén británico a cambio de la de un clérigo radical jordano convicto por terrorismo en el Reino Unido. La negativa del gobierno de las islas acabó con un escueto comunicado en una web islamista en la que se anunciaba la ejecución del secuestrado.</p>
<p>Pero que AQMI despliegue sus campos de entrenamiento y mueva a sus rehenes por las zonas muertas de algunos de los estados más polvorientos del mundo no los convierte en una banda de cuatro desarrapados.</p>
<p><a href="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/05/mali3.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-463" title="mali3" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/05/mali3-300x178.jpg" alt="mali3" width="300" height="178" /></a>De camino a Gao, al sargento Koné apenas le hace falta una taza de té dulce al caer la noche en el puesto policial de Homboriri para desatar su lengua e ilustrar la situación. Durante quince meses estuvo destinado en Tombuctú en los que se enfrentó a cara de perro con Al Qaeda en una lucha desigual. Recuerda perfectamente el día del asesinato del coronel Lamana porque ese día, dice, fue consciente del potencial real de su enemigo: “Lo acribillaron y luego desaparecieron como un rayo con un vehículo con las ruedas más grandes que he visto en mi vida. Parecía que apartaba la arena como si fuera un barco por el agua. Llegaron a lo alto de una duna que domina la ciudad, dispararon varias ráfagas al cielo y desaparecieron. Se reían de que les intentáramos seguir”, explica. Durante el día, Koné, que ya descuenta su edad de los cuarenta, se pelea con el calor bajo la sombra de un techo de paja y la ayuda de un ventilador oxidado. Ha recibido órdenes de pedir los papeles a cualquier coche que pase por la carretera tras el secuestro el 21 de abril pasado de un francés y su chófer argelino en Níger, junto a la frontera de Malí. Koné insiste que el ejército no puede bajar la guardia. A diez metros, unos cuantos bidones destrozados, un par de neumáticos gastados y unas piedras hacen de barrera en la carretera y refuerzan con su triste presencia las palabras de Koné. “(Los terroristas) iban muy bien equipados, con buenos AK47 y buena tecnología. Nuestro ejército y policía no tiene muchos recursos, tenemos 4&#215;4 pero cuando nosotros hemos hecho veinte metros por la arena, ellos ya hace rato que se han esfumado. Además, colocan minas antipersona en el camino cuando les perseguimos y tenemos que parar y detectarlas con aparatos especiales para no saltar por los aires”, lamenta.</p>
<p>Desde Bamako y las altas esferas de las fuerzas armadas malíes se repite insistentemente un mensaje de calma. Se limita la amenaza al desierto y relativiza el peligro dentro de las ciudades hasta casi el absurdo. “Es más fácil que les secuestre Al Qaeda en Madrid que en Malí”, llegó a señalar el coronel jefe de la región de Mopti, Brehima Sabely.</p>
<p>En muchas ocasiones, la amenaza de Al Qaeda es invisible en las ciudades y la inquietud sólo se percibe en los detalles. Cuando nuestro todoterreno se aproxima a la ciudad de Gao, a un centenar de kilómetros del lugar donde secuestraron al francés Pierre Camatte a finales del año pasado, el teniente Tienegué Traoré se pone serio en el asiento de copiloto del vehículo. “A partir de aquí, hacia el norte la situación no es un poco más seria, es la seriedad”, dice. Pese a azuzar los sentidos de precaución, rechaza que el resto de Malí sea un lugar poco recomendable. Ni siquiera acepta que en las ciudades del norte haya nada que temer, aunque sus palabras no inviten al sosiego. “Al Qaeda no ha conquistado Malí, ni tampoco Mauritania o Níger. Opera en la banda Saheliana, que es enorme y no hay nada. Es como querer controlar la luna, es imposible saber la posición real de los terroristas, tampoco los europeos o americanos lo saben”, explica justo antes de explotar. “¿Se dan cuenta de cuantos millones está perdiendo Malí por culpa de esas informaciones exageradas? Las principales víctimas de Al Qaeda somos nosotros”.</p>
<p><a href="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/05/mali4.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-464" title="mali4" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/05/mali4-300x200.jpg" alt="mali4" width="300" height="200" /></a>La queja encendida de Traoré no es gratuita. Ante el aumento de la presencia de Al Qaeda y rehenes europeos en su desierto, el resto del país se ahoga por la sequía de turistas que ha herido de muerte a una fuente de ingresos vital en uno de los países más acogedores -y pobres- de África. Aunque por razones de seguridad ningún estado admite pagar rescates, se calcula que la banda terrorista recaudó unos 10 millones de euros en 2009 con el negocio de los rehenes. Más que todo Malí en turismo.</p>
<p>El problema es que las advertencias no sólo llegan por vías oficiales y ya se filtran entre la población. Karim, Mohammed y Bir recogen al vuelo el acento del extranjero sediento en su abarrotada tienda de comestibles del mercado de Gao. Exageran su indignación por la marcha de Eto’o del Barça aunque juran amor eterno al equipo de Guardiola. También regalan prudencia. “Vigilad no ir solos por las afueras, en la ciudad de Gao estáis seguros, pero a los alrededores mejor no vayáis; os podrían secuestrar, que ahora los blancos valéis mucho dinero”, aconseja Karim como despedida. Dos calles más allá, Mahmmed Meïga vende bolsas de cuscús con desparpajo y, pese a todo, extraña que hable abiertamente de Al Qaeda ante un extraño. Pero lo hace. Dice que la ciudad es un lugar tranquilo para los turistas, porque “esa gente” vive en el desierto. No le gusta que se hayan instalado en Malí porque no traen nada bueno para el país pero, sin embargo, bebe los vientos sin reparos por Bin Laden. “Atacó a los americanos y eso está bien; la gente tiene miedo a decirlo, pero a mí no me gustan los americanos, si estuviera un americano aquí creería que sabe más que tú y que yo, ellos son así. Bin Laden está bien”, apunta con una gran sonrisa.</p>
<p>Muchos ciudadanos malíes aseguran tener más miedo del hambre que del terrorismo. El primero es mucho más sencillo que detectar: sólo hace falta un leve rugir de tripas. A menudo, la amenaza de la banda terrorista es invisible y aguarda agazapada para asestar un golpe letal. Pero el miedo a Al Qaeda no es una sólo cuestión etérea. En febrero, el Festival du desert de Tombuctú se celebró por primera vez, y como medida de seguridad, dentro de la ciudad y no en el desierto, como venía ocurriendo desde hace una década. También los gobiernos han dado pasos al frente. A finales de abril, los presidentes de Algeria, Malí, Míger y Mauritania acordaron echar a rodar un cuartel general militar y estratégico, con base en Algeria,  para combatir a Al Qaeda.</p>
<p>Si no se ataja el problema, hay riesgo de que la situación empeore y quede fuera de control.  </p>
<p>Según fuentes de la inteligencia española en África Occidental, aunque los cuarteles de AQMI están localizados al norte de Malí, es más al sur, en el área imaginaria que une las ciudades de Tombuctú, Gao y Nidal, además de la extensa zona fronteriza de Níger y Mauritania donde el occidental se ha convertido en un negocio jugoso para cualquiera dispuesto a empuñar un arma. Para un experto en el área de África Occidental, con varios años de trabajo en la región, y que habla bajo petición de anonimato, “algunas bandas de delincuentes comunes buscan secuestrar a blancos para luego vendérselos a Al Qaeda. De hecho, cuando eso ocurre, los cuerpos de inteligencia europeos intentan negociar primero con ellos antes de que los rehenes caigan en manos de los terroristas. Ya ha ocurrido una vez”, asegura.</p>
<p>Hay tres puntos clave de protección: No ser de detectable, predecible ni aislable. Si se incumple alguno de estos puntos, se considera que el visitante occidental en la zona está en riesgo. “En el caso de la caravana solidaria a la que pertenecían los secuestrados catalanes, eran fácilmente detectables y predecibles porque decían incluso cuándo y dónde iban a estar cada día; en principio eran difícilmente aislables, hasta que consiguieron apartar a un coche del convoy”, explica.  </p>
<p><a href="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/05/mali5.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-465" title="mali5" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/05/mali5-300x200.jpg" alt="mali5" width="300" height="200" /></a>El ejército de Malí prefiere calificar de poco menos que majaderías los temores que apuntan a que las ciudades sean un avispero de espías en busca de europeos. Uno de los principales responsables del ejército del país, en el mando de  operaciones de la misión Djiguitugu, de combate contra Al Qaeda y los grupos rebeldes del norte, no quiere subestimar a su enemigo, pero no cree que la banda disponga de una red de informadores por la que perder el sueño. Prefiere centrarse en cómo atacar su espina dorsal, en los campos del norte. “Trabajamos con los americanos, que nos apoyan en misiones en el desierto y nos ayudan con entrenamientos específicos; con la experiencia que tenemos después de luchar varios años con los rebeldes del norte y la ayuda externa, les haremos frente”, asevera.</p>
<p>Según el imán de la imponente mezquita Tombeau des Askia, construida en 1495 en Gao, pueden contar con las autoridades religiosas de la ciudad para hacer frente a la amenaza de Al Qaeda. En una oscura y calurosa habitación de barro, el imán Moussa Ali no deja resquicios a su posición. “La religión musulmana dice que a quien mata hay que matarlo y a quien roba hay que cortarle la mano. Los terroristas no son más que delincuentes y el Islam los condenará”, explica. Al preguntarle si ha tenido algún problema con el extremismo religioso, niega dos veces. “No hay extremismo en Malí, no sé nada de todo eso”, concluye. </p>
<p>La conversación con el imán hace las veces de despedida de Gao. Aunque por poco. Al salir de ciudad, uno de los neumáticos del 4&#215;4 salta por los aires y hay que parar a cambiarlo. En un suspiro, y pese a los continuos mensajes de calma de la policía y el ejército local, los dos soldados se sitúan uno a cada lado de la carretera como medida poco disimulada de precaución. Más allá de la pista, se abre el desierto. No nos movemos muy lejos del asfalto. Entre las dunas, bajo la arena para huir del calor abrasador, dormita el escorpión rojo del Sahel. Es imposible verlo desde la superficie, pero acecha agazapado para atacar con su picadura letal.</p>
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		<title>Niños demonio</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Mar 2010 18:56:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Reportajes especiales]]></category>
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		<description><![CDATA[Reportaje publicado en el Magazine el 10/01/10. Togo.
La diferencia entre el cielo y el infierno está en unas conchas blancas. Warengo agita el puño cerrado, abre sus dedos al aire y las conchas ruedan por la arena. Acaba de decidir el destino de un niño. Warengo es brujo y curandero en el País Tamberma, una [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Reportaje publicado en el <a href="http://www.magazinedigital.com/reportajes/los_reportajes_de_la_semana/reportaje/cnt_id/4097/pageID/1">Magazine</a> el 10/01/10. Togo.</p>
<div id="attachment_339" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><a href="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/01/niños2.jpg"><img class="size-medium wp-image-339" title="niños2" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/01/niños2-300x224.jpg" alt="Niños de el Foyer Immaculé esperan una reprimenda después de una pelea. Foto: Xavier Aldekoa" width="300" height="224" /></a><p class="wp-caption-text">Niños de el Foyer Immaculé esperan una reprimenda después de una pelea. Foto: Xavier Aldekoa</p></div>
<p>La diferencia entre el cielo y el infierno está en unas conchas blancas. Warengo agita el puño cerrado, abre sus dedos al aire y las conchas ruedan por la arena. Acaba de decidir el destino de un niño. Warengo es brujo y curandero en el País Tamberma, una de las regiones más pobres de Togo, en el corazón de África. Su gesto busca un culpable. En la última semana, una aldea vecina ha sufrido dos muertes inexplicables –en realidad, el sida y la malaria hacen estragos en la zona– y hay que encontrar al responsable. Alza el bastón, lo deja caer tres veces sobre las conchas y emite su veredicto: el hijo menor de los muertos se ha comido el alma de sus padres. Lo dicen los dioses.</p>
<p>La sala en la que Warengo juega a ser Dios, con cráneos de animales y amuletos colgados del techo de adobe, permanece en silencio. El motivo para sospechar del hijo pequeño de los fallecidos era que tres personas habían soñado con él. A veces, basta con que el niño sea revoltoso, con que no llueva o que el cabeza de familia se quede en el paro para que un hechicero –seres poderosos y muy respetados– acuse a una persona de albergar un espíritu maligno causante del mal. Y con un niño demonio no hay piedad: sus familiares le propinan palizas hasta que huye despavorido para vivir en la calle. <span id="more-338"></span>Aunque la mayoría de las víctimas son niños, a veces también se acusa a mujeres y a ancianos.</p>
<p>Para Warengo no es mal negocio. En una región con arraigadas creencias animistas, donde el fanatismo convierte el nacer epiléptico, disminuido psíquico o hiperactivo en una condena mortal, toda la comunidad consulta constantemente al marabú. La sesión cuesta 100 cefas (unos 20 céntimos de euro). “Hay falsos curanderos que piden hasta cinco veces más”, advierte el brujo. Warengo asegura que no utiliza su don para ganar dinero, sólo hace lo que le dictan los espíritus. Ni pestañea cuando se le plantea qué hay que hacer con un niño demonio. “Hay que expulsarlo de casa y abandonarlo, jamás matarlo a cuchillo porque entonces todos los recién nacidos de la familia nacerían demonios; la otra opción es envenenarlo, entonces no pasa nada”, dice.</p>
<p>Su influencia y poder son tan grandes que, si acusa de brujería a un niño, los padres le creen. Sabe administrar el miedo y sacarle provecho. Al preguntarle si, como denuncian varias organizaciones humanitarias, se utiliza a algunos niños demonio abandonados en sacrificios humanos, estalla de furia: “Yo jamás he hecho eso, ¡yo no!”.</p>
<div id="attachment_340" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><a href="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/01/niños3.jpg"><img class="size-medium wp-image-340" title="niños3" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/01/niños3-300x224.jpg" alt="La mayoría de niños ha pasado largas temporadas en el mercado, donde son maltratados y tratados peor que perros. Foto: Xavier Aldekoa" width="300" height="224" /></a><p class="wp-caption-text">La mayoría de niños ha pasado largas temporadas en el mercado, donde son maltratados y tratados peor que perros. Foto: Xavier Aldekoa</p></div>
<p>A 70 kilómetros al oeste, en Benín, el chamán Ima Kuaku no tiene problemas en admitir la existencia de “niños serpiente”, que hay que eliminar. “Son bebés con malformaciones, hechizados. Hay que sacrificarlos”, explica. Él, dice, rechaza los sacrificios de esos niños abandonados –“es delito”, puntualiza–, pero a veces los dioses piden ese pago a cambio de una gran ayuda como resucitar a un muerto o desenterrar una fortuna, añade. Asiente ante la duda de si aún se practican sacrificios humanos en la zona.</p>
<p>De esta amalgama de fanatismo ancestral y terror brotan cientos de víctimas inocentes. Álex tiene quince años, una mirada transparente y unas ganas de aprender que asustan. Dice que en Europa hay trabajo para la gente que lucha y es inteligente y él quiere serlo. Le gustan las matemáticas. Hace un año, sus padres murieron con apenas dos días de diferencia. Al poco, su hermana enfermó. Su hermano mayor acudió a un hechicero, que señaló a Álex: se había comido el alma de sus padres y pretendía hacer lo mismo con su hermana. Le condenó. Su hermano y el brujo le propinaron palizas diarias, durante horas, hasta que Álex confesó para poner fin a las torturas y escapó. “Dicen que me comí a mis padres, pero no lo hice, de verdad, lo juro”, dice con un hilo de voz.</p>
<p>Durante el día, vivía junto a otros niños repudiados en el mercado de Kara, al norte de Togo. Al caer la noche, saltaba la valla del centro salesiano Foyer Immaculé, que acoge a niños de la calle, muchos de ellos acusados de brujería. El director de la escuela, Élie, un joven de 26 años de Benín, no tardó en descubrirlo y darle acogida. El centro se hace cargo de más de cincuenta niños de entre 7 y 16 años que al quedar huérfanos o ser expulsados de sus casas vivieron durante algún tiempo en el mercado. Vivir en la calle, no importa de qué ciudad, es lo más parecido al infierno cuando tienes ocho años. A merced de los abusos de los adultos, sin recursos y con una bomba de hambre en la barriga. La vida de estos niños se convierte en una colección de atrocidades. Algunos se prostituyen por menos de 20 céntimos de euro, otros roban, son violados y violan ellos también a otros niños más pequeños.</p>
<div id="attachment_341" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><a href="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/01/niños5.jpg"><img class="size-medium wp-image-341" title="niños5" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/01/niños5-300x186.jpg" alt="El objetivo es reintroducir a los niños en sus familias y en la sociedad. Es difícil. Foto: Xavier Aldekoa" width="300" height="186" /></a><p class="wp-caption-text">El objetivo es reintroducir a los niños en sus familias y en la sociedad. Es difícil. Foto: Xavier Aldekoa</p></div>
<p>Pese a todo, al abrir la puerta del centro, decenas de sonrisas y muestras de cariño dan la bienvenida. Aunque nada parece indicar el infierno que cada uno lleva en su recuerdo, Élie advierte: “Todos sufren una falta de afecto enorme, su familia los echó de casa y los acusó de cosas terribles y, en la calle, fueron tan despreciados que perdieron la dignidad. En el centro, lo primero que intentamos es recuperar la autoestima, luego viene la educación y el resto”, cuenta. Se les acoge sin preguntas, y se les da cariño hasta que deciden compartir su infierno. “Ese momento es clave, les decimos que su vida pasada acabó, que su presente y futuro será diferente”, señala el director. Algunos mienten. “Piensan –añade– que si te explican lo que han hecho, les odiarás. Han hecho varias veces todo lo que la sociedad puede repudiar.”</p>
<p>En el centro, los críos reciben cariño, educación y cobijo, pero el objetivo final es reinsertarlos en la sociedad y, sobre todo, en la familia. Es lo más difícil. Habitualmente, los padres creen que su hijo está endemoniado y hay que dejarlo morir. “Después de muchas visitas, algunos acaban reconociendo que echaron al hijo porque no le podían mantener, que era culpa de la pobreza y no del diablo, o que sentían vergüenza y no querían ser rechazados en el poblado”, reflexiona Élie.</p>
<p>Otras veces, el miedo es el motor de lo injustificable. Lokadi Paninabendou, director en la ciudad de Sokode (Togo) de la Fundación por la Defensa de los Niños Desheredados y Abandonados, recuerda la historia del pequeño de diez años, hoy a su cargo, y que ha empezado a ir a la escuela hace un mes. “Sus padres le acusaron de haber matado a su hermana por brujería, le amordazaron, le ataron de pies y manos y lo tiraron en medio del bosque. Unos leñadores lo encontraron a los tres días medio muerto.”</p>
<div id="attachment_343" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><a href="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/01/niños-demonio.JPG"><img class="size-medium wp-image-343" title="niños demonio" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/01/niños-demonio-300x224.jpg" alt="Casa típica del Pays Tamberma. Según las creencias locales, los montículos frente a la puerta son fetiches que albergan dioses en su interior. Foto: Xavier Aldekoa" width="300" height="224" /></a><p class="wp-caption-text">Casa típica del Pays Tamberma. Según las creencias locales, los montículos frente a la puerta son fetiches que albergan dioses en su interior. Foto: Xavier Aldekoa</p></div>
<p>Pesadillas tan profundas no son fáciles de apartar. Una noche en el Foyer, Tchasso, de 13 años, se escapó para ir a ver a su antigua cuadrilla de la calle. Mientras jugaba, resbaló, cayó y un clavo de dos centímetros se le hundió en la frente. El miedo a que lo echaran del centro –el concepto del perdón no ha tenido sentido para muchos de ellos– pudo más que el dolor. Aún con el clavo incrustado, esperó al anochecer para entrar en el centro e ir a los dormitorios. De madrugada, un cuidador lo descubrió y lo llevó al hospital.</p>
<p>El trauma de ser culpados de matar a sus padres o hermanos es tan profundo que algunos chavales acaban creyendo que el diablo anida en su interior. El miedo les quema y sólo hace falta una chispa para hacerles estallar: divertidos, los niños de Foyer Immaculé hacen payasadas delante del objetivo y celebran el resultado que muestra la cámara digital, hasta que la luz hace que uno se vea con los ojos verdes. “¡Es un demonio! ¡es un demonio!” El grito asustado de sus compañeros, que se alejan un paso atrás, ensombrece la cara del protagonista. Sus ojos, llenos de pánico, buscan a alguien que diga que no es cierto.</p>
<p>Élie tiene un duro trabajo por delante. Se sabe muy poco del drama de los niños demonio y hay pocas ayudas. Pero no pierde la esperanza: “Sólo son niños con ganas de ser felices si les dan una oportunidad”.</p>
<p> </p>
<p><strong>Una brujería muy real en el siglo XXI<br />
</strong></p>
<div id="attachment_342" class="wp-caption alignright" style="width: 235px"><a href="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/01/niños1.jpg"><img class="size-medium wp-image-342" title="niños1" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/01/niños1-225x300.jpg" alt="Warengo junto a un altar donde realiza sacrificios de animales. Foto: Xavier Aldekoa" width="225" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">Warengo junto a un altar donde realiza sacrificios de animales. Foto: Xavier Aldekoa</p></div>
<p>El oscurantismo, la superstición y las creencias religiosas forman un cóctel explosivo y sanguinario al salpicarlos de pobreza extrema, violencia e incultura. El fenómeno de los niños demonio ha encontrado un campo abonado en zonas con decenas de años de conflicto, miles de huérfanos por el sida o donde la pérdida de lazos familiares y valores tradicionales se unen al auge de sectas religiosas. Save the Children contabilizó hasta 70.000 niños demonio sólo en Kinshasa, capital de Congo, y estima que en todo el país puede haber más de 200.000 niños con alto riesgo de sufrir esta caza de brujas. Pero es difícil dar cifras aproximadas. Nadie pregunta ni responde por ellos.</p>
<p>En la última década, sólo en Congo han aparecido más de 4.000 sectas espirituales que ofrecen lucrativos servicios de liberación, y se han practicado más de 70.000 exorcismos. En su visita a Angola el año pasado, el papa Benedicto XVI llevó a los informativos el fenómeno de los niños demonio al denunciar la hechicería en su discurso ante los fieles. “Muchos de ustedes viven con el miedo de los espíritus, de poderes nefastos que los amenazan, desorientados, y llegan a condenar a niños de la calle y hasta a ancianos porque, dicen, son brujos”, señaló.</p>
<p>Originario de aldeas apartadas, desde principios de los pasados años noventa el drama de los niños demonio se ha extendido a grandes urbes africanas como Kinshasa, Lomé, Luanda, Lagos o Brazzaville. Igualmente, a ciudades pequeñas. Solamente en Kara, ciudad de Togo de apenas 45.000 habitantes, hay más de quince centros de acogida para niños de la calle, la mayoría repudiados tras ser acusados de brujería.</p>
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		<title>Un oasis de vida en el exilio</title>
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		<pubDate>Sat, 12 Dec 2009 09:46:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Reportajes especiales]]></category>
		<category><![CDATA[Eidenbenz]]></category>
		<category><![CDATA[Magazine]]></category>

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		<description><![CDATA[Este es uno de los reportajes que más ilusión me hizo publicar. La historiadora Assumpta Montellà fue quien sacó del olvido esta historia maravillosa. Tuve el placer de encontrarme con ella y la historia en unas escaleras de Prada de Conflent. De aquel encuentro salió el reportaje &#8220;Una lista de Schlinder catalana&#8221;, sobre una enferma suiza que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Este es uno de los reportajes que más ilusión me hizo publicar. La historiadora Assumpta Montellà fue quien sacó del olvido esta historia maravillosa. Tuve el placer de encontrarme con ella y la historia en unas escaleras de Prada de Conflent. De aquel encuentro salió el reportaje <a href="http://hemeroteca.lavanguardia.es/preview/2006/09/12/pagina-24/41160044/pdf.html?search=eidenbenz">&#8220;Una lista de Schlinder catalana&#8221;</a>, sobre una enferma suiza que </em></p>
<div id="attachment_280" class="wp-caption alignleft" style="width: 277px"><img class="size-medium wp-image-280" title="maternitat_de_elna_" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/12/maternitat_de_elna_-267x300.jpg" alt="Elisabeth, cuando era enfermera en la Maternitat d'Elna. Foto: archivo Elisabeth Eidenbenz." width="267" height="300" /><p class="wp-caption-text">Elisabeth, cuando era enfermera en la Maternitat d&#39;Elna. Foto: archivo Elisabeth Eidenbenz.</p></div>
<p>había salvado de una muerte muy probable a casi 600 bebés republicanos. Pero había más. Para un reportaje posterior, donde explicaba que la vida de Elisabeth Eidenbenz -así se llamaba-, iba a llevarse al cine, volví a hablar con Montellà. Fue entonces cuando me dijo que el nombre de la enfermera suiza no salía en las listas de los receptores de la Creu de Sant Jordi de ese año. Estaba decepcionada porque Elisabeth, entonces con 92 años, tenía una salud frágil y temía que no viviera un año más para recibir el reconocimiento en vida. Me contagió su rabia. Aunque ya había cuadrado el texto a la página, hice lo normal. Pedí que se comieran el  espacio que hiciera falta y abrieran un destacado para explicarlo. A los dos días, Montellà me llamó para decirme que se había decidido hacer una excepción, a pesar de estar fuera de plazo, y otorgarle la Creu de Sant Jordi ese mismo año. La decisión, me dijo, se tomó con el <a href="http://hemeroteca.lavanguardia.es/preview/2006/09/12/pagina-39/51307110/pdf.html?search=eidenbenz">artículo de La Vanguardia </a>encima de la mesa. Montellà consiguió dos cosas con su excelente trabajo e insistencia: hacer justicia con una persona admirable y reafirmar a un joven reportero que el periodismo es la mejor profesión del mundo. Y que a veces sí se puede.</p>
<div class="mceTemp">Aquí dejo el reportaje que publiqué en el Magazine el 26/11/06.</div>
<p><span id="more-275"></span></p>
<div class="mceTemp">A principios de otoño la playa de Argelers está casi desierta. La tramontana sopla con fuerza al sur de Francia y sobrevuela veloz la arena blanca de la costa. Está atardeciendo y únicamente las olas rompen el silencio. Se diría que se respira paz. A simple vista, nada permite adivinar que, hace menos de 70 años, esos kilómetros de playa fueron un verdadero infierno…</div>
<p>Febrero de 1939.  Más de 75.000 refugiados republicanos se amontonan en tres kilómetros de arena cercados por alambradas de espino. No hay nada más. Sólo hambre y miseria. Las condiciones de insalubridad son tan terribles que las mujeres embarazadas deben traer al mundo a sus pequeños en una sucia caballeriza de Les Haràs. La mortalidad infantil roza el 95%. La situación es igual de desesperante en otros campos de refugiados en Sant Cyprien, El Barcarés, Rivesaltes… En total casi medio millón de derrotados de la guerra civil española obligados a huir dejando todo atrás. Pero entre las tinieblas de la posguerra, la labor de una joven suiza iluminó la desdicha de muchos de los refugiados. De 1939 a 1944, Elisabeth Eidenbenz, una enfermera de apenas 25 años, dirigió desinteresadamente una maternidad en Elna donde salvó de una muerte casi segura a 597 bebés. Su gesta escribió uno de los capítulos más humanos de la posguerra española. Muchos de aquellos niños han superado ya los sesenta años, pero Eidenbenz, desde la espléndida lucidez de sus 94 años, les sigue llamando a todos ellos “mis niños”.</p>
<div id="attachment_291" class="wp-caption alignright" style="width: 194px"><img class="size-full wp-image-291" title="elna" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/12/elna.jpg" alt="De memoria fotográfica, Elisabeth recuerda el nombre de casi todos los niños que nacieron la maternidad del sur de Francia. Foto: archivo personal Elisabeth Eidenbenz. " width="184" height="200" /><p class="wp-caption-text">De memoria fotográfica, Elisabeth recuerda el nombre de casi todos los niños que nacieron la maternidad del sur de Francia. Foto: archivo personal Elisabeth Eidenbenz. </p></div>
<p>Su labor humanitaria pasó inadvertida durante casi 60 años, hasta que la historiadora catalana Assumpta Montellà desempolvó la memoria de decenas de sus protagonistas y escribió el libro <em>La Maternitat</em><em> d’Elna</em> (Ara Llibres). Para entonces, la historia ya pedía a gritos ser rescatada del olvido. En Francia, acababan de salir a la luz un documental para televisión y las memorias de Remei Oliva, madre de Elna, recogidas en <em>Éxodo</em> (Viena Memòries). Y la historia también llegará a la gran pantalla. El director catalán Manuel Huerga –autor de Salvador- empezará a rodar a finales de 2007 una película sobre el drama del exilio y la Maternidad. Al parecer, la proeza de Eidenbenz no caerá de nuevo en el olvido.    </p>
<p>Pero quien no sólo no olvida sino que tiene grabado cada instante de aquel episodio es la propia Eidenbenz. Recogida en su casita de Rekawinkel, una pequeña población montañosa cerca de Viena, la ex maestra suiza revisa las fotografías de la que considera la tarea “más importante” de su vida. Mientras hojea sin prisa sus álbumes de foto, se suceden imágenes de la sinrazón de la guerra. Aparecen hombres y mujeres vestidos con harapos, campos hacinados y niños esqueléticos con la barriga  hinchada, como cargando una bomba de hambre en el estómago. Pero las primeras imágenes de horror dan paso al milagro de la maternidad de Elna.</p>
<div class="mceTemp">Niños sanos, riendo. Y madres felices. Eidenbenz lo recuerda todo perfectamente. Los años no perdonan a su maltrecho físico -descansa casi todo el día en una silla de ruedas- pero han dejado intacta su memoria. “A este le llamábamos Felipón; era enorme –evoca-, y su madre María aún vive, debe tener 89 años”. Así, uno a uno, va recordando a casi todos los pequeños que durante cuatro años nacieron en sus brazos. Sus diminutos ojos negros, semiocultos tras unas gruesas gafas sujetas con cordones, conservan el brillo y la bondad que, en su juventud, le llevaron a dejar su suiza natal y plantarse en medio de una guerra que no era la suya. Para ayudar.     </div>
<p>Era 24 de abril de 1937. Durante dos años, la joven maestra de 23 años distribuyó alimentos y medicinas y evacuó a mujeres y niños en Burjassot, Valencia, como miembro del Cartel de Ayuda Suiza a los Niños de la Guerra Civil Española. Luego volvió a Suiza. Pero por poco tiempo. El responsable de la asociación en la frontera, Karl Ketterer fue testigo de la marea de exiliados que huían hacía Francia al final de la guerra y dio la voz de alarma. “Karl era un hombre enérgico y fue a Perpiñán para ver que se podía hacer en los campos, que estaban en condiciones terribles.</p>
<div id="attachment_288" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-288" title="Imatges dels nens i" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/12/infants-nascuts-maternitat-foto-arxiu-elisabeth-eidenbenz-maurici-biosca1-300x216.jpg" alt="Con sólo 24 años, Elisabeth se fue a la frontera para realizar su proeza humanitaria. Foto: Archivo personal Elisabeth Eidenbenz." width="300" height="216" /><p class="wp-caption-text">Con sólo 24 años, Elisabeth se fue a la frontera para realizar su proeza humanitaria. Foto: Archivo personal Elisabeth Eidenbenz.</p></div>
<p>Un día vio un establo donde tenían que parir las mujeres y decidió que lo primero que quería hacer era mejorar las condiciones de esas personas. Llamó a Suiza para pedir a alguien que hablara español. Y al día siguiente yo ya estaba allí”.</p>
<p>Pese a no tener experiencia como comadrona, Eidenbenz se puso al frente del proyecto y encontró una preciosa mansión abandonada ideal para construir su “isla de paz en un océano de destrucción”, como gusta definir ella misma. Tras reunir 30.000 francos suizos para rehabilitarla y conseguir los permisos necesarios, el 12 de diciembre de 1939 la directora del centro se subió a su furgoneta <em>Rocinante</em> y se dirigió a la playa en busca de las primeras madres. En aquel invierno, el frío, el viento y la humedad hacía ya semanas que calaba los huesos de los refugiados en los campos. Ocho mujeres a punto de salir de cuentas esperaban esperanzadas a la puerta de las alambradas.</p>
<p>Una de ellas era Remei Oliva, quien recuerda como si fuera ayer el más duro de sus 88 inviernos. “Estaba helada, pero la esperanza de tener a mi hijo fuera de aquel infierno me hacía olvidar todo”, explica Remei en su casa de Gap, en los Alpes franceses. Su mirada aún se enciende cuando recupera el momento en que entró a la casa de tres plantas y, junto al calor de la hoguera, les recibió la “señorita Isabel”, como empezaron a llamarle las madres. “Nos dio la bienvenida con una sonrisa, nos escuchaba y explicaba las cosas. ¡Era la primera vez que alguien nos sonreía en tanto tiempo! Estaba todo limpio, nos daban de comer&#8230; No podía imaginar otro sitio mejor para traer a mi hijo al mundo”. Remei se detiene para describir con precisión su primer despertar en la maternidad. Y sus colores. Los naranjos del jardín</p>
<div class="mceTemp"> </div>
<p>, la hierba, las montañas nevadas en el horizonte, el Canigó en lo más alto&#8230; En el campo de internamiento, triste y gris, no había espacio para el color. De hecho, en su precipitada huida de Barcelona, Remei, modista de profesión,  rescató en el último suspiro una caja llena de hilos de colores que se convirtió en su tabla de salvación en los peores momentos. “No puedo explicar cuánto me emocionaba mirar esos hilos; cuando sentía nostalgia, abría la caja y me ponía a llorar mientras contemplaba esos colores. Nuestro cautiverio carecía de colores. Todo era gris, apagado. Necesitaba mirar dentro de la caja para no hundirme. Y sólo en esa cajita podía encontrar los colores que tanto echaba de menos”. Los ojos de Remei brillan cuando imagina aquella pequeña caja en sus manos. Manos que vuelven a temblar de emoción cuando muestra el dibujo de su barraca en el campo de internamiento que realizó hace unos años en un intento de plasmar sus recuerdos al papel. “Cuando lo vio Elisabeth me dijo que había puesto mucha luz, que las barracas eran más oscuras. Y tenía razón”, explica mientras su mirada vuelve al pasado a través de ese dibujo. La conversación con Remei, y sus silencios, son un viaje a la dignidad de quien ha vivido la miseria más absoluta. Una historia anónima entre tantas. Pero un golpe de suerte cruzó su destino con la Maternidad de Elna.</p>
<div id="attachment_287" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-287" title="maternitat" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/12/maternitat-300x198.jpg" alt="La enferma suiza reformó este edificio para crear la maternidad. Foto: Archivo Municipal de Elna, Pirineos Orientales" width="300" height="198" /><p class="wp-caption-text">La enferma suiza reformó este edificio para crear la maternidad. Foto: Archivo Municipal de Elna, Pirineos Orientales</p></div>
<p>Allí, con Eidenbenz al frente, dos enfermeras suizas, dos cocineras, un médico para casos excepcionales y un equipo de mantenimiento formado por un jardinero, un paleta y un transportista se ocupaban de todo. O casi. Antes de tener al bebé, las mujeres se repartían las tareas domésticas en función de sus capacidades físicas. Un equipo modesto para dar calor a quienes habían padecido un frío mucho más intenso que el de las bajas temperaturas. Mujeres que habían sufrido lo indecible. Un testimonio aterrador de Mercè Doménech, rescatado por Montellà, recoge la máxima crueldad de la tragedia del exilio: “En el campo había una madre que no tenía leche y el niño lloraba de hambre día y noche. Cuando se rendía de tanto llorar, se dormía, y ella le calentaba con su cuerpo. Las mantas aún estaban mojadas de aquellos días tan duros de febrero. Cuando salía el sol, enterraba a su bebé en la tierra hasta que sólo le asomaba la cabecita. La arena le hacía de manta. Pero al cabo de unos días el bebé murió de hambre y frío. Yo estaba embarazada y sólo de pensar que mi hijo nacería en aquel infierno, me desesperaba. Hasta que encontré a la señorita Elisabeth, o mejor dicho, ella me encontró a mí. (&#8230;) El día que nació mi hijo en la Maternidad, no pude reprimir las lágrimas. Todos pensaban que lloraba de emoción, pero sólo yo sabía que lloraba por el niño enterrado en la arena de Argelers”. Junto al drama, también se reproducían episodios que atentaban contra la dignidad de los refugiados. Como las palabras de una niña que, al recordarlas, aún hieren a Remei más de seis décadas después. “Una vez en el campo, una niña con su padre nos miraban detrás de las alambradas. Venían a ver a los rojos. La niña se quejó a su padre: “¡me habías dicho que eran diablos, pero no tienen rabo!”. Sentí tanta humillación&#8230;”.</p>
<div id="attachment_285" class="wp-caption alignleft" style="width: 214px"><img class="size-medium wp-image-285" title="portada" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/12/portada-204x300.jpg" alt="Portada del libro de Assumpta Montellà sobre la Maternidad. Foto: Ara Llibres" width="204" height="300" /><p class="wp-caption-text">Portada del libro de Assumpta Montellà sobre la Maternidad. Foto: Ara Llibres</p></div>
<p>Elisabeth Eidenbenz era consciente de lo que habían pasado esas mujeres. Por eso insistía a sus enfermeras que fueran positivas, que convirtieran la maternidad en un oasis de alegría. Y cuidaba los pequeños detalles. Organizaba fiestas de Navidad, festejaban con sencillez los cumpleaños de las madres, cantaban junto al fuego&#8230; Todo para hacerlas sentir como reinas. “Siempre había buen ambiente. A veces era difícil porque había francesas, españolas, polacas, pero yo les hablaba en español, francés o yiddish –lengua de los judíos alemanes-, y también entendía el catalán”, explica Eidenbenz. Fiel al compromiso de neutralidad de la Cruz Roja Suiza, quien pasó a coordinar la Maternidad, la ex maestra suiza acogió a refugiadas republicanas, gitanas o judías que huían de los nazis. Poco amiga de los elogios, Eidenbenz esquiva con delicadeza la cuestión de si cambiaba los nombres de los niños judíos para esconderlos de los nazis. “No,  yo no camuflé ningún nombre, yo inscribía a los niños como las madres me decían. Si eso era o verdad no lo sé&#8230;”, apunta. Pero la realidad es que, siempre que pudo, ayudó a escapar a decenas de personas de las garras del fascismo. Y arriesgó su vida en el intento, aunque no siempre fuera posible ayudar. La mirada de Eidenbenz se apaga por unos instantes cuando se topa con una imagen del álbum de fotos. “Fue el momento más triste de aquellos años”, susurra mientras señala una foto de una mujer de apenas treinta años. Era Lucie, una joven judía que había visto morir a su bebé en la maternidad.  A los pocos días la vino a buscar la Gestapo. Cuando el oficial alemán le ordenó que hiciera su equipaje, Lucie huyó. El policía pensó que la huida había sido planeada y dijo que si Lucie no volvía, sería la propia Eidenbenz quien ocuparía su lugar. La joven directora sólo tardó cinco minutos en hacer la maleta y, después de dar las ordenes a sus colaboradores para que siguieran adelante, se puso a disposición del oficial. “No podía poner en peligro la Maternidad ”, confesaría más tarde. “En el último momento –recuerda- apareció de nuevo Lucie. Se fue con la Gestapo para salvarme la vida a costa de la suya”.  </p>
<p>La humanidad que transpiran las palabras y gestos de Eidenbenz no se olvidan con el paso de los años. Conchita Vila, de 90 años, se estremece al otro lado del teléfono al reconstruir su paso por la Maternidad, en septiembre del 41. A pesar de que le duela recordar. “Se tiene que decir lo que hizo, y lo que pasó. Si no la juventud no sabrá nada. Hay que explicarlo. Todos los que se han enterado de lo que hizo, han llorado. Porque se tiene que llorar”. Un agradecimiento similar se desprende de la conversación con Antoni Pou, que abrió los ojos en la mansión de Elna hace 63 años. “Elisabeth es una lección de generosidad, honradez y sencillez. Merece todos los homenajes habidos y por haber”, sentencia. Todos los niños de Elna conocieron a Eidenbenz a través de las palabras de sus madres. Ninguno la recuerda en persona. Pero no hace falta. Uno de ellos, Sergi Barba, presidente de FFREE (Fills i Filles Republicans d’Èxode Espanyol) regala la que es quizás la mejor muestra de gratitud para la ex directora suiza: “En la maternidad de Elna mi madre me dio la vida y Elisabeth Eidenbenz la confianza en el género humano”.</p>
<p>Desde que el ejército nazi obligó a clausurar la maternidad en 1944, Eidenbenz ha mantenido contacto por carta con algunas de las madres e hijos de Elna. Aunque ella, incansable, hubiera querido seguir.  “Cuando vinieron los nazis a cerrar la maternidad ya pensaba que podía ocurrir. Sabíamos como iba la guerra. Por eso intenté buscar otra casa y encontré una, que no estaba tan bien, pero los alemanes no nos dejaron. La zona se había vuelto insegura, la atmósfera era muy pesada para nosotros también”, comenta. Tras bajar por última vez las escalinatas de la mansión de Elna, continuó ayudando al norte de Francia y, más tarde, en su Suiza natal. Nunca más ejerció de profesora.</p>
<div id="attachment_289" class="wp-caption alignleft" style="width: 293px"><img class="size-medium wp-image-289" title="e_ eidenbenz" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/12/e_-eidenbenz-283x300.jpg" alt="597 bebés nacieron en la casa de Elna. Foto: Archivo personal Elisabeth Eidenbenz." width="283" height="300" /><p class="wp-caption-text">597 bebés nacieron en la casa de Elna. Foto: Archivo personal Elisabeth Eidenbenz.</p></div>
<p>Hoy, tras 60 años de silencio, llega el reconocimiento a su tarea. El pasado septiembre, se le otorgó la Creu de Sant Jordi. Cuatro años antes, el Gobierno de Israel le galardonó con la medalla de los Justos de Naciones. Pero tanto premio sorprende a Eidenbenz. Los recibe agradecida, pero le quita importancia a su proeza. “Ya es demasiado honor el que me dan. Tuve siempre comadronas y enfermeras y ayudantes conmigo, yo sólo hice lo que debía”, insiste mientras camufla una media sonrisa de quien recibe los elogios de buena gana pero con cierta distancia. Su modestia no es fingida. Remei Oliva, quien se cartea con la ex directora a menudo, lo sabe bien. Cuando Remei le enseñó hace unos años su más preciado tesoro, una vieja aguja para coser que su marido le había fabricado con trozos de la alambrada del campo, la reacción de Eidenbenz le conmovió. “Se sintió culpable por no haber pensado que necesitábamos agujas, telas o hilos en el campo de refugiados. Que podría habérnoslas hecho llegar de algún modo. Me dijo que había fallado. ¡Una persona que salvó a tanta gente y se sentía culpable por esas agujas! Esas palabras me hicieron llorar”, apunta con una mezcla de congoja y admiración, hecha un nudo, en la garganta.</p>
<p>Casi 67 años después de aquel primer viaje en furgoneta para recoger a las primeras madres, Eidenbenz descansa en su casita de Rekawinkel, rodeada de montañas y bosques. Desde un rincón de la sala de estar, Yetti, su compañera de toda la vida, sonríe feliz mientras observa como reconocen la labor de su amiga. Quizás ella es la responsable de que todos los premios que recibe estén perfectamente ordenados sobre un pequeño escritorio de madera. En uno de ellos, la medalla de los justos, una inscripción grabada reza la mejor definición de la bondad de Eidenbenz: “Quien salva una vida, salva a la humanidad”.  </p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;</p>
<p><strong>La “otros” héroes anónimos </strong></p>
<p>A medida que le llueven los elogios, Elisabeth Eidenbenz marca distancias. Rehuye el papel de heroína. “Yo no hice nada sola, sólo fui una pieza más”, insiste. Y sabe de qué habla. El rigor de la posguerra obligaba a unir esfuerzos para ayudar. Decenas de personas anónimas pusieron su granito de arena para mitigar en lo posible la falta de previsión del Gobierno francés. Sin ni siquiera esperar reconocimiento. Una de ellas fue la enfermera suiza Friedel Bohny-Reiter, el “auténtico brazo derecho de Elisabeth”, según la historiadora Assumpta Montellà. Su figura siempre permaneció a la sombra del de Eidenbenz. Hace casi 70 años y ahora también. De 1941 a 1942, Bohny atendió a refugiados españoles, judíos y gitanos en el campo de Rivesaltes. Apenas hay textos sobre ella. “Es la gran olvidada de la historia de la Maternidad de Elna”, asegura Montellà. Rodeada de miseria, en una austera barraca de Rivesaltes, la joven enfermera suiza cuidaba a enfermos, atendía a embarazadas antes de enviarlas a la maternidad y protegía a los niños huérfanos que deambulaban solos por las playas. Salvó muchas vidas. Sus vivencias están recogidas en su amargo diario personal “Journal de Rivesaltes (Edition Zoé, en francés), que la cineasta suiza Jacqueline Veuve transformó en documental en 1997. Sus palabras, con un crudo testimonio de las penurias con las que tuvo que luchar en los campos del exilio. “Nos hemos encontrado –escribe en agosto de 1942- a personas en un estado miserable. Unos desesperados, rotos, otros irritados por el suplicio de tanta espera. Tentativas de suicidio. Algunos engullen lo primero que encuentran. Botes enteros de somniferos»… </p>
<p>Pero los ejemplos de buen corazón no acaban en la joven Bohny. La lista es tan larga como desconocida en la mayoría de casos. Como el escritor y militante de la resistencia Albert Vidal quien, en 1939, convirtió su casa de Mazamet en un hospital para los internos de los campos de concentración. O incluso algunos a quienes el tiempo borró sus nombres. Como un grupo de pescadores de Banyul, que salvaron a decenas de refugiados cuando, desesperados trataban de huir de los campos lanzándose al mar. Incluso hubo pueblos enteros que cayeron injustamente en el olvido. Como el más meridional de Francia, Lamanère que ante la marea de exiliados que atravesaba las montañas nevadas ofreció una muestra de solidaridad en plural. Desafiando las bajas temperaturas, sus menos de cien habitantes fueron al encuentro en la misma montaña de quienes huían del fascismo. Con los más pequeños a hombros, ofrecieron alojamiento, mantas secas y sopa caliente. “El pueblo de Lamanère es el paradigma de pueblo francés que ayudó en lo que pudo, y que se lamentó de la vergonzosa imprevisión del Gobierno francés”, sentencia Montellà.</p>
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		<title>Carreras sin reloj</title>
		<link>http://www.xavieraldekoa.com/2009/11/13/carreras-sin-reloj/</link>
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		<pubDate>Fri, 13 Nov 2009 18:25:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Publicado en el Magazine el 13/09/2009.
Por la mañana faltaba Fran. En el campamento de jaimas desparramado en mitad del Sáhara todos están inquietos por este andaluz cuarentón de mirada honesta y sonrisa tímida. Ya debería haber llegado. La mayoría no le conocían de nada cuando, cinco días atrás, retaban a lo imposible en la línea [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Publicado en el <a href="http://www.magazinedigital.com/reportajes/deportes/reportaje/cnt_id/3675/pageID/1">Magazine</a> el 13/09/2009.</p>
<div id="attachment_151" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-151" title="sable" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/11/sable-300x224.jpg" alt="Corredores de la Marathon des Sables entrando en las dunas del Sáhara marroquí. Foto: Xavier Aldekoa" width="300" height="224" /><p class="wp-caption-text">Corredores de la Marathon des Sables entrando en las dunas del Sáhara marroquí. Foto: Xavier Aldekoa</p></div>
<p>Por la mañana faltaba Fran. En el campamento de jaimas desparramado en mitad del Sáhara todos están inquietos por este andaluz cuarentón de mirada honesta y sonrisa tímida. Ya debería haber llegado. La mayoría no le conocían de nada cuando, cinco días atrás, retaban a lo imposible en la línea de salida del Marathon des Sables. Pero casi 250 kilómetros de carrera en seis días por las dunas del desierto marroquí, con equipo y comida a cuestas, invitan a la amistad. Aunque ninguno pueda más. La etapa larga de la Sables, sobre los 80 kilómetros, se ceba en los corredores y deja un reguero de pies llenos de sangre y ampollas. Si no fuera por los dorsales, la escena sería propia del bando perdedor tras la batalla. Uno de ellos calienta un cazo de agua para prepararse una sopa y recuperar fuerzas y ánimo. Mastica sin ganas media barrita energética bajo un sol abrasador. A poca distancia, avanza penosamente, cojeando y con muecas de dolor, una corredora británica que se ha destrozado los pies. Literalmente. Va al lavabo, es decir, al desierto abierto, porque en esta prueba de autosuficiencia no hay servicios. Se aleja veinte metros, pero no puede agacharse, así que separa un poco las piernas y orina de pie. Nadie la mira. La mayoría están ocupados imaginando ver aparecer una silueta recortada en el horizonte. Y que sea la de Fran. Sobre las diez de la mañana, unas 25 horas después de empezar la etapa más larga de la Sables, su perfil asoma a lo lejos. Cojo, llorando de dolor, avanza entre los aplausos de sus compañeros, que han salido a recibirle. A su lado, el catalán Salva, quien decidió olvidarse de clasificaciones y acompañarle durante la noche. “He sufrido como un perro, estoy roto”, acierta a susurrar Fran. Entre los abrazos, se escapan varias lágrimas de emoción.<span id="more-150"></span></p>
<div id="attachment_152" class="wp-caption alignleft" style="width: 228px"><img class="size-full wp-image-152" title="sable1" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/11/sable1.jpg" alt="Dos corredores se toman un descanso en la Transalpine. Foto: Dani Aldekoa " width="218" height="300" /><p class="wp-caption-text">Dos corredores se toman un descanso en la Transalpine. Foto: Dani Aldekoa </p></div>
<p>Y justo en esas lágrimas es donde parece estar la explicación. Justo en esa mezcla de sufrimiento y complicidad que lo envuelve todo y que podría repetirse en cualquiera de las carreras multietapa de resistencia repartidas por el mundo. Cientos de personas se dejan atrapar cada año por la magia de unos retos deportivos que van más allá de la pura competición. Son aventuras, hazañas, carreras sin reloj. Participan hombres y mujeres que se pasan el año entrenando, sacando horas después del trabajo o robándoselas al sueño, por el anhelo de enfrentarse al reto de su vida durante unos días. Porque no se trata del tiempo, de bajar de las tres horas en el maratón o volar en un triatlón. En este tipo de carreras, el grueso de los participantes deja de lado la clasificación y corre por uno mismo. Por vivir la emoción de ser protagonista de una experiencia vital inolvidable. De una proeza. De su proeza. Ya sea en el Sáhara, el desierto del Gobi o Namibia, el Himalaya o la selva de Costa Rica. Días después de la vigilia por Fran, en la línea de meta de la Sables, un atleta aragonés resumía en una frase el espíritu de unas pruebas de resistencia de varios días que trascienden lo deportivo. “La clasificación no vale nada, lo que importa es lo que te llevas aquí”, y se señalaba el corazón.</p>
<p>Entenderlo desde la distancia no es sencillo. En la Gore Tex Transalpine Run, que atraviesa 300 kilómetros de los Alpes, las rodillas estallan después de cada etapa. Más de 15.000 metros de desnivel positivo en ocho días, casi como dos Everest, han triturado los nervios del bombero mallorquín Nadal Orell. Le duelen demasiado las espinillas. Debería ir al médico a que le tratara, pero se resiste. Ha oído que a un compañero le han prohibido salir al día siguiente y sabe que él sería el siguiente. No quiere abandonar, así que prefiere apretar los dientes. Se mueve con los músculos agarrotados y camina dando saltitos. Imposible hacer los 40 kilómetros de la próxima etapa. Pero a la mañana siguiente ahí está: en la línea de salida, disimulando el dolor. Cuando el speaker hace tronar la canción de AC/DC Highway to Hell para dar la salida, a Nadal se le escapa un grito de emoción. La música retumba, se dispara la adrenalina y ocurre lo imposible: empieza a trotar. Hace unas horas era incapaz de moverse. Pero con los pelos de punta duele menos.</p>
<div id="attachment_153" class="wp-caption alignleft" style="width: 228px"><img class="size-full wp-image-153" title="sable 3" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/11/sable-3.jpg" alt="La Transalpine atraviesa 300 kilómetros de los Alpes en ocho días. Foto: Dani Aldekoa" width="218" height="300" /><p class="wp-caption-text">La Transalpine atraviesa 300 kilómetros de los Alpes en ocho días. Foto: Dani Aldekoa</p></div>
<p>La pasión con las que los participantes afrontan estas pruebas multietapa ha ayudado a hacerlas cuajar en España. A finales de abril, se estrenó la Xtrem Running Costa Brava, la segunda carrera de resistencia por etapas en España. La pionera fue Al Andalus Trail, una carrera de 250 kilómetros en cinco días por la comarca del poniente granadino, con temperaturas de hasta 45 grados y organizadores con acento inglés. La prueba catalana serpentea entre playas, rocas y caminos de tierra del camino de ronda del litoral catalán. Desde Blanes a Portbou en sólo tres etapas. Hasta 200 kilómetros de un sendero abrupto y espectacular. Xavi Marina, pastelero de profesión y corredor aficionado, dibujó la carrera en su mente después de empaparse de filosofía ultrarunner por el mundo. “Hay mucha afición, cada vez más, pero no se trata de hacer kilómetros porque sí; son carreras para conocer, viajar y vivir una experiencia en un lugar maravilloso. Y aquí lo tenemos, hay rincones escondidos que quitan el aliento. La intención es que la gente viva un ambiente especial, luego el cronómetro casi ni importa.”</p>
<p>La frase de Marina es una verdad a medias. Es cierto que el espíritu competitivo no rige estas carreras, pero cada uno compite por ver si será capaz. Por eso, cuanto más duro es el reto, mejor. La revista Time realizó en enero una clasificación de las 10 pruebas deportivas –de cualquier modalidad– más duras del mundo. Las representantes del atletismo de resistencia por etapas eran carreras de autosuficiencia en el desierto: Four Deserts (Gobi, Atacama, Sáhara y Antártida) y Marathon des Sables. Pruebas de 250 kilómetros en seis días donde los corredores deben cargar su equipo y comida, dormir en el suelo y compensar sufrimiento con ganas. Una auténtica locura que, sin embargo, engancha. Cientos de personas ahorran durante meses los tres mil euros de la inscripción. A cambio de un sol abrasador en un entorno paradisiaco. Y de detalles. El maratoniano Martín Fiz, mito del atletismo español, participó en la Sables en abril y se quedó prendado de la atmósfera de complicidad. “Normalmente, cuando compites, un tropezón de otro es una ventaja; allí era un motivo para pararse a ayudar. El ambiente es mucho más solidario, impresiona como la gente lucha por superar lo que creía que era imposible y en un entorno espectacular”, recuerda. Porque avanzar por las dunas y topar con una caravana tuareg en camellos reconcilia a cualquiera con sus maltrechas piernas. O luchar contra la fatiga, después de horas de trote solitario, compensa si un par de niños bereberes salen a recibir al corredor y se agarran a su mano unos metros.</p>
<div id="attachment_154" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-154" title="sable5" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/11/sable5-300x224.jpg" alt="Las 100 millas del Himalaya, el mejor ejemplo de carrera sin reloj en la frontera de India y Nepal. Foto: Nil Bohigas" width="300" height="224" /><p class="wp-caption-text">Las 100 millas del Himalaya, el mejor ejemplo de carrera sin reloj en la frontera de India y Nepal. Foto: Nil Bohigas</p></div>
<p>a tePero la dificultad no viene sólo del sol. Carreras como las 100 millas del Himalaya o la Transalpine tienden una trampa vertical. La primera, que atraviesa paisajes de postal entre Nepal e India, tiene tramos a más de 3.600 metros. Una tortura que deja KO sin avisar. En la última edición, en noviembre, Scott Michael, estadounidense de bronceado perfecto, no sabía dónde meterse. El bofetón del mal de altura casi le había hecho saltar sus Ray-Ban último modelo. “La cabeza me da vueltas, es como si algo me tirara hacia atrás. Lo más duro de mi vida”, decía la primera noche. Pero al día siguiente, a las seis de la mañana y con el termómetro arañando los cinco grados, estaba en la línea de salida. A distancia, Mr. Pandey, director de la carrera, observaba a los corredores con mirada paternal. “Es duro correr en altura, pero luego atraviesan parques naturales, con vistas maravillosas, y todos quieren volver”, suelta. Sabe que tiene razón. La prueba, con una organización completamente india –y eso implica horarios y desajustes indios–, se adentra en una reserva natural y pasa por el punto desde donde se divisan cuatro de las cinco montañas más altas del mundo (Everest, Kanchenjunga, Lhotse y Makalu). Quizás el único lugar del mundo donde nadie se olvida la cámara de fotos para correr el maratón.</p>
<p>Según las cifras, la experiencia y la belleza compensan. En cuatro años, la Transalpine ha pasado de 184 corredores a casi 500. En la Sables, las 80 plazas reservadas a españoles se esfuman en diez minutos en cuanto se abre la inscripción on line, y ya son el grupo más numeroso tras franceses y británicos. Para Nil Bohigas, director de la empresa No Limit, especializada en gestión de actos deportivos de montaña y coordinador de varias carreras multietapa internacionales, no hay duda del tirón de este tipo de pruebas. “El interés de los participantes españoles no ha parado de crecer. Hace siete años, en la Sables había 20 españoles y se inscribían hasta el último día. Ahora, a los diez minutos se agotan las 80 y ya hay más de cien en lista de espera. Hasta las marcas deportivas han visto el filón”, señala. Según el departamento de marketing de Salomon, la empresa ha triplicado las ventas en España desde el 2006 de su línea de productos diseñados para carreras de resistencia en montaña. Hace tres años, las ventas de zapatillas para este deporte en España representaban el 8% de las ventas totales y contaban con 36 modelos diferentes, este año suponen el 40% de la facturación total de calzado y ofrecen 90 referencias.</p>
<div id="attachment_155" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-155" title="sable4" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/11/sable4-300x205.jpg" alt="Compañerismo, paisajes, esfuerzo, superación y solidaridad. ¿Carreras?. Foto: Dani Aldekoa" width="300" height="205" /><p class="wp-caption-text">Compañerismo, paisajes, esfuerzo, superación y solidaridad. ¿Carreras?. Foto: Dani Aldekoa</p></div>
<p>Es cierto que la evolución del material técnico ha dado un salto abismal, pero unas buenas zapatillas no eliminan los kilómetros. Y menos cuando deporte y supervivencia se difuminan hasta rozar el sinsentido. Hay carreras en selvas tropicales, montañas nevadas o desiertos de ensueño. Un chute de paraíso para los sentidos. Luego está la Yukon. La carrera, una bomba de nieve y hielo, recorre 480 kilómetros en la frontera entre Alaska y Canadá en ocho días. Hay que arrastrar equipo y tienda a temperaturas de 50 grados bajo cero. Un pequeño error es fatal. El alpinista Javier Subías participó en la edición de este año y tuvo que abandonar. Sólo un corredor de doce llegó a la meta; era su sexta participación. Los demás bajaron los brazos o fueron rescatados en helicóptero. Fuerte, de palabra medida y alma tranquila, Subías guarda un recuerdo extraordinario de la experiencia: “La Yukon te noquea física y mentalmente, ves que nadie te va a rescatar ni a sacar las castañas del fuego y que realmente hay mucho riesgo de congelación si te pasa algo. No llevaría a mi hermano, no sé si me explico, pero pese a todo fue maravilloso. Lloraba cada diez minutos, el paisaje era precioso, emocionante, allí era feliz”.</p>
<p>Fidel Martí, de 68 años, contagia entusiasmo al explicar cómo se prepara para enfrentarse al desierto. Ha acabado la Sables ocho veces y conserva el espíritu de Peter Pan: “Hasta los 70, repito, luego ya veremos”, asegura. Es gato viejo y ha aprendido a escuchar al cuerpo y no forzar. Y, si duele, tira de buen humor. Su jaima siempre revienta a carcajadas. Luego, en carrera, se pone serio y ayuda cuando ve a alguien pasarlo mal. “Ves a jóvenes que aprietan demasiado y se hunden. Si no tienes coco, en el primer obstáculo te caes. Si la cabeza dice no, se acabó”, explica.<br />
Fidel empezó a entrenarse cuando su médico le advirtió de que su genética pedía sofá. Ante la amenaza del ácido úrico, respondió con decenas de vueltas matutinas al lago de Banyoles, en Girona. “Si me siento, me muero”, dice. Ya acumula más de dos mil kilómetros de desierto en las piernas. Suficiente para hacer flaquear a una mente de hierro. Pero él se guarda un comodín escondido. Una bandera con la foto de sus nietos en la mochila. “Cuando las fuerzas fallan, no te imaginas cómo empujan estos tres.”</p>
<p>Ya lo recuerda desde hace décadas una de las citas aventureras más recordadas: como no sabían que era imposible, lo hicieron. Porque en este tipo de carreras sin reloj, que son imposibles, cuando la mente dice sí pero las piernas dicen no, el corazón provoca el desempate.</p>
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		<title>Sudáfrica también quiere jugar</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Oct 2009 13:44:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Publicado en el Magazine el 30/08/2009. Texto: Xavier Aldekoa Fotos: Samuel Aranda
 

De la chabola a las piedras, y no vale chutar fuerte. Una portería pintada con tiza en una pared de adobe se alza frente a dos trozos de ladrillo colocados a varios metros de distancia. En medio, fiebre de fútbol. Doce niños dan puntapiés [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div><span style="FONT-STYLE: italic">Publicado en el <a href="http://www.magazinedigital.com/reportajes/deportes/reportaje/cnt_id/3620">Magazine</a> el 30/08/2009. Texto: Xavier Aldekoa Fotos: Samuel Aranda</span></div>
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<div id="attachment_72" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-72" title="Fútbol en Sudáfrica" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/10/13495-300x199.jpg" alt="Jugadores del Thebe Football Club de Soweto dan toques al balón antes de un partido en uno de los centenares de campos de fútbol diseminados por la ciudad " width="300" height="199" /><p class="wp-caption-text">Jugadores del Thebe Football Club de Soweto dan toques al balón antes de un partido en uno de los centenares de campos de fútbol diseminados por la ciudad </p></div>
<p>De la chabola a las piedras, y no vale chutar fuerte. Una portería pintada con tiza en una pared de adobe se alza frente a dos trozos de ladrillo colocados a varios metros de distancia. En medio, fiebre de fútbol. Doce niños dan puntapiés a un amago de balón de cuero descosido y relleno de ropa para darle forma esférica. Gritos, risas y aullidos de entusiasmo. La pelota no serviría en el mundo occidental. Pero sí en Soweto, una de las barriadas más humildes de Sudáfrica, con más de cuatro millones de habitantes, situada a las afueras de Johannesburgo. Entre chabolas y calles sin asfalto, un balón así es un tesoro. Por eso, cuando la pelota sale rechazada hacia la carretera, los gestos de tragedia inminente sintetizan el fervor por el fútbol en Sudáfrica. Algunos de los niños se llevan las manos a la cabeza, y otros se tapan los ojos para no ver como su fortuna semirredonda desaparece bajo las ruedas de un coche. Finalmente, la fiesta estalla cuando el conductor frena a tiempo. Felicidad, tragedia, devoción, fe y sensaciones descontroladas. Sin medias tintas. Así es el fútbol en Sudáfrica.<span id="more-71"></span><br />
El país se enfrenta a uno de sus mayores retos organizativos instalado en la absoluta locura por el fútbol. El Mundial está omnipresente. Desde pósters y gorras, hasta cuentas atrás de los días que faltan para que el balón eche a rodar, en periódicos o relojes gigantes en aeropuertos o plazas. También en cientos de calles cortadas por obras. Miles de obreros trabajan a marchas forzadas para que todo esté listo. Por primera vez, un país africano acogerá un Mundial, la competición de fútbol más importante del planeta. Pero el reto va más allá de tener todo a punto. En verano del 2010, cuando el mundo entero mire hacia el sur, el país quiere vibrar unido por el fútbol.</div>
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<div id="attachment_73" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-73" title="Fútbol en Sudáfrica" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/10/13498-300x199.jpg" alt="A menudo hay que improvisar una pelota con cinta americana, y no todo el mundo tiene la posibilidad de utilizar calzado." width="300" height="199" /><p class="wp-caption-text">A menudo hay que improvisar una pelota con cinta americana, y no todo el mundo tiene la posibilidad de utilizar calzado.</p></div>
<p>La sociedad negra siempre ha respondido a su deporte. Mientras que el cricket y el rugby eran cosa de blancos, los derbis futbolísticos entre los Kaizer Chiefs y los Orlando Pirates, los dos principales clubs sudafricanos, son desde siempre acontecimientos deportivos para la sociedad negra. Pero hace más de quince años del fin del apartheid, y las cosas se mueven. La democracia también trajo la reconciliación en los deportes, y la afición empietownza lentamente a difuminar su color. Aunque el football aún sigue siendo mayoritariamente negro. Por eso no es extraño ver como en los barrios pobres –<span style="FONT-STYLE: italic">townships</span>- a las afueras de las grandes ciudades, el fútbol es casi una religión. David Kenosa, de 14 años, vive en el distrito White City de Soweto y se sabe de carrerilla las estrellas de las ligas europeas. No tiene televisor en casa, pero no se pierde un partido de la Premier. Alucina con Torres y Drogba. El solar de detrás de la escuela, un descampado entre una maraña de torres de alta tensión, le sirve para jugar a ser Messi o Eto’o. Habla con emoción de que los mejores futbolistas del mundo vayan a estar tan cerca. Aunque él no vaya a poder pagarse una entrada de las baratas, de apenas seis euros. Hace unos meses, la ONG sudafricana Dream­fields, que trabaja por la educación de los niños en zonas desfavorecidas, regaló al colegio 14 camisetas de fútbol y tres balones. A Kenosa se le abrió el cielo. Con eso ya era futbolista de verdad. Hace falta poco para que sueñe en voz alta. “Me gustaría jugar en el Madrid, así salvaría a mi familia y a toda Sudáfrica, si puedo”, dice. Unos zapatos viejos y agujereados le devuelven a la realidad. No tiene botas. “Pesan demasiado y no puedo jugar bien, pero si soy portero no se nota”, señala. </div>
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<div id="attachment_74" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-74 " title="Fútbol en Sudáfrica" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/10/13497-300x199.jpg" alt="Los descampados entre chabolas y torres de alta tensión, como el de la imagen en Soweto, son santuarios del fútbol humilde." width="300" height="199" /><p class="wp-caption-text">Los descampados entre chabolas y torres de alta tensión, como el de la imagen en Soweto, son santuarios del fútbol humilde.</p></div>
<p>Desde el lugar donde Kenosa persigue el balón con botas de plomo, dos chimeneas gigantescas recortan el horizonte. Son el símbolo del barrio, y una de ellas está pintada con escenas de un partido. El balón de la pintura parece salir disparado hacia la calle donde vivió Nelson Mandela, a tiro de piedra. El ex presidente sudafricano y héroe de la lucha antiapartheid habitó una pequeña casa de ladrillo en el número 8115 de Vilakazi Street, hoy convertida en museo. En la misma calle, a doscientos metros, aún vive –aunque se deja ver muy de vez en cuando– el arzobispo Desmond Tutú. Dos premios Nobel de la Paz en apenas un suspiro. Y en la calle de la paz el fútbol también se asoma en cada rincón. Entre las obras que están sacando las tripas al barrio –y provocan que las ratas campen a sus anchas al anochecer–, Thabo y Thebisso, de 13 años, abordan con una sonrisa al visitante despistado. “Si nos compra una pelota, le cantamos una canción”, invitan. Ni dinero ni chucherías, quieren fútbol.</p>
<div id="attachment_75" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-75" title="Fútbol en Sudáfrica" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/10/13496-300x199.jpg" alt="El fútbol se vive con pasión en Sudáfrica; es una fiesta, pero no hay amistosos." width="300" height="199" /><p class="wp-caption-text">El fútbol se vive con pasión en Sudáfrica; es una fiesta, pero no hay amistosos.</p></div>
<p>Lo dicen, divertidos, a escasos metros del hogar de Mandela, el hombre clave en la libertad de la nación. Él también libró su lucha particular por el fútbol en las peores condiciones. En Robben Island, donde estuvo encarcelado 18 de los 27 años que pasó en prisión, hizo valer sus dotes de seducción política para mejorar las condiciones de los reclusos. En los sesenta, se les permitió escuchar música, ver películas u oír la radio, algo impensable años atrás. Luego, en 1965, llegó el fútbol. Aunque no para los presos políticos. Cada sábado, y por turnos, el resto de los prisioneros podía jugar desde las nueve hasta el mediodía. En seguida, crearon una asociación de fútbol y una liga interna que seguía a rajatabla las reglas de la FIFA. Aquello fue casi una liberación. No para Mandela, a quien no se le permitía ver unos partidos que, ya entonces, eran más que un simple deporte. Dumasan Mushamala no sabe qué habría sido de él sin el fútbol en Robben Island. Lo dice a escasos metros de la celda donde estuvo encarcelado cinco años y medio hasta el final del apartheid. Camina con los ojos semiabiertos y una gorra de los Orlando Pirates calada hasta las cejas. Aún recuerda con asco la sopa de pescado que les daban –“Odiaba ese olor con pasión”, dice– y rememora unos partidos que eran, a la vez, un acto de rebeldía y de desahogo. Cuando llegaba la hora de jugar, el solar de detrás de las celdas se convertía en el estadio Ellis Park, el más grande del país, y las alambradas, en gradas enloquecidas. “Esos partidos nos ayudaban mucho. Al principio no se podía hacer deporte, pero gracias a Mandela y a otros que lucharon por los derechos de los presos, <span style="FONT-STYLE: italic">la religión de los negros</span> empezó a practicarse en Robben Island. ¡Hasta diría que en esta isla se puso la semilla de la Copa del Mundo 2010!”, asevera. La exageración de Mushamala es producto de la excitación que provoca a miles de sudafricanos la cita del año próximo. Ven en ella la gran oportunidad. “Es nuestro reto más importante, podemos demostrar al mundo que el país avanza. Es el momento de dejar de ser tímidos”, sentencia.</div>
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<div id="attachment_76" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-76" title="Fútbol en Sudáfrica" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/10/13500-300x199.jpg" alt="Al fondo, el estadio de los Orlando Pirates, el equipo más famoso del país junto a los Kaizer Chiefs." width="300" height="199" /><p class="wp-caption-text">Al fondo, el estadio de los Orlando Pirates, el equipo más famoso del país junto a los Kaizer Chiefs.</p></div>
<p>Frases calcadas podrían escucharse en los partidos improvisados frente a la costa de Ciudad del Cabo, en los bares de carretera de Free State, antiguo bastión afrikáner en el centro del país, o desde las polvorientas calles de Soweto al cosmopolita barrio de Melville de Johannesburgo. El país entero late por el fútbol.<br />
Y donde el corazón se acelera de verdad es en las gradas del estadio. En el Sudáfrica-España de la pasada Copa Confederaciones, en el estadio de Bloemfontein, se cantaba con la voz rota varias horas antes del inicio. Porque en el gallinero de detrás de las porterías, el fútbol es un acto de fe. Cada partido es una fiesta. Se gane, se pierda o en el campo jueguen Nueva Zelanda contra Iraq. De pie encima de las butacas, las coreografías transforman los noventa minutos en una fusión de canciones tradicionales multilingües donde el amor por los colores roza el misticismo religioso. Y el clímax se alcanza con la <span style="FONT-STYLE: italic">Shosholoza</span>, la canción que cantaban los mineros negros al volver del trabajo hacia los townships y que suena en cada partido como una plegaria de reconciliación.</div>
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		<title>Diario a las puertas del desierto</title>
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		<pubDate>Sat, 17 Oct 2009 20:55:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Reportajes especiales]]></category>
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		<description><![CDATA[En 1828, el francés René Caillié se convirtió en el primer hombre blanco en entrar y salir vivo de Tombuctú, una ciudad perdida en el desierto que las viejas leyendas llenaban de oro y riquezas. A partir de su diario de viaje, el Magazine ha recorrido parte del itinerario del explorador francés y 
se ha adentrado en un país, Mali, que permanece ajeno al paso del tiempo.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Publicado en el <a href="http://www.magazinedigital.com/buena_vida/reportajes/reportaje/cnt_id/1490/pageID/1">Magazine</a>. Texto: Xavier Aldekoa Fotos: Llibert Teixidó</p>
<div id="attachment_29" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-29" title="Mercado de Yenné" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/10/Mercado-de-Yenné-300x200.jpg" alt="Mercado en Yenné frente la Gran Mezquita. Caillié la describió como un templo &quot;toscamente construido y abandonado a miles de nidos de golondrinas en sus muros&quot;" width="300" height="200" /><p class="wp-caption-text">Mercado en Yenné frente la Gran Mezquita. Caillié la describió como un templo &quot;toscamente construido y abandonado a miles de nidos de golondrinas en sus muros&quot;</p></div>
<p>La historia de una de las mayores exploraciones de todos los tiempos empieza en una panadería. El olor a pan fresco, recién hecho, cortaba como una navaja los recuerdos de un jovencísimo René Caillié cada vez que entraba en la boulangerie del pueblecito francés de Deux Sèvres, cerca de Poitiers. Su padre, panadero de profesión, en un torpe intento de cambiar por sábanas de seda su destino de trapo, había cometido un pequeño robo y dio con sus huesos en la cárcel. Padre e hijo nunca se conocieron. Murió en la celda cuando René tenía 9 años. Tres años después, falleció su madre, y René quedó huérfano. Así que, harto de su tragedia con aromas de harina y levadura, escapó. <span id="more-28"></span>Él quería ser como los héroes de los libros de aventuras que devoraba cada tarde. Y en la Francia de principios del XIX, los marineros explicaban a quien quería oírlas infinidad de leyendas de sus viajes por tierras lejanas. Una de ellas fascinó a Caillié: una ciudad llena de riquezas, con calles pavimentadas de oro, permanecía perdida en el desierto. Jamás un blanco la había visto, pero, juraban, la ciudad existía. Un mapa del siglo XIV, que mostraba a un rey negro con una enorme pepita de oro en la mano a las puertas del Sahara, daba fe del mito de la ciudad de Tombuctú. Ese nombre evocador se quedó grabado en la mente del joven René Caillié, que se prometió hallar ese lugar a toda costa. Con 60 francos en el bolsillo y 16 años recién cumplidos, zarpó hacia África.<br />
“Así fue entonces y así es hoy, los blancos vienen a descubrir lo que está aquí desde siempre”, dice Cissé, de 17 años, y su voz queda camuflada por un viejo motor que ruge con violencia y hace avanzar lentamente nuestra pinaza, una canoa de madera de 25 metros llena hasta arriba. Cientos de sacos de arroz y carbón, fardos de algodón, bloques de sal, telas, gallinas, una motocicleta&#8230; Todo se amontona con ordenado caos en estas rudimentarias embarcaciones, transporte principal de miles de malienses hacia Tombuctú. Así fue hace doscientos años y así es hoy. Como si el tiempo se hubiera detenido en uno de los países más pobres del mundo. El 23 de marzo de 1828, René Caillié también se subió en una pinaza similar a las afueras de Yenné y descansó sus maltrechos huesos entre sacos parecidos en su odisea hacia Tombuctú. Lo dejó todo escrito en su diario de viajes, cuyas páginas guiarán, dos siglos después, esta breve incursión en la realidad maliense. “La gran piragua estaba cubierta de esteras, cargada de arroz, de millo, algodón, telas y otras mercancías. La embarcación parecía muy frágil, unida con cuerdas, soportaba cerca de 60 toneladas de peso”, escribió Caillié. Durante nueve días, mi navegación sobre el Níger se convertirá en un viaje en el tiempo y el espacio de la mano de los textos del explorador francés.</p>
<div id="attachment_30" class="wp-caption alignright" style="width: 212px"><img class="size-medium wp-image-30" title="niger" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/10/niger-202x300.jpg" alt="&quot;La pinaza estaba cubierta de esteras, cargada hasta arriba y, aunque parecía frágil, soportaba 60 toneladas&quot; (René Caillié, Voyage à Tombouctou) " width="202" height="300" /><p class="wp-caption-text">&quot;La pinaza estaba cubierta de esteras, cargada hasta arriba y, aunque parecía frágil, soportaba 60 toneladas&quot; (René Caillié, Voyage à Tombouctou) </p></div>
<p>Me despierta de mis ensoñaciones el pequeño Omar, de apenas 11 años, pero que, si le preguntas, miente descaradamente y dice tener 18. Viste una camisa raída del Chelsea que hace tiempo que dejó de ser azul. “Tubabu, aquí, tubabu, aquí”, dice mientras señala un hueco entre dos sacos. Tubabu, hombre blanco en lengua bambara, es el bautizo de los malienses a cualquier turista o viajero. Omar sonríe, desaparece de un salto y vuelve a los pocos segundos con una estera de paja que despliega en lo que será mi hogar los próximos días. La sonrisa de Omar me traslada en el tiempo: “La hospitalidad de sus gentes es infinita. Cuando llego al poblado, se desviven por mi comodidad. Dicen: ‘Debes de sufrir mucho, no estás acostumbrado a hacer una ruta tan dura’, van a buscar hojas y me preparan una cama”, subrayaba Caillié en su diario. Las cosas no han cambiado desde entonces. La hospitalidad de los malienses, que tanto sorprendía a nuestro explorador, sigue intacta en miles de sonrisas como la de Omar.</p>
<div>Pero en la aventura de Caillié no sólo hubo sonrisas. Muchos murieron en una carrera fratricida entre Francia y el Reino Unido por llegar primero a Tombuctú. Incluso el famoso explorador escocés Mungo Park, acompañado de 40 soldados británicos, sucumbió a las fiebres y la disentería –y a su soberbia colonialista– y murió en el Níger atacado por tribus locales. Los infieles no eran bien recibidos en la ciudad sagrada de Tombuctú. Pero Caillié se preparó a conciencia. Estudió árabe en Senegal durante nueve meses, se cambió el nombre –Mohamed Abdallah (esclavo de dios)– y se hizo pasar por musulmán. Con un turbante como único pasaporte y convencido de que el estudio de lo desconocido no tenía por qué hacerse con tanto ruido, Caillié emprendió un extraordinario viaje con el arrojo de quien va al encuentro de su sueño. El gobierno francés había prometido 10.000 francos de recompensa a quien trajera noticias de la ciudad, pero eso a Caillié le traía sin cuidado. “Muerto o vivo, lo conseguiré; si yo no sobrevivo, mi hermana recogerá el dinero. No propiedad incontestable: el mérito de haber hecho todo yo solo”, escribe justo antes de partir de Boké, en Guinea. Durante un año se internó en el corazón de África, aprendió las formalidades de saludo africanas, el rito del té o la comida en común y admiró el bullicio de los mercados o la majestuosidad de los baobabs. Sus textos de viajes son aún hoy una descripción exacta y humana de la vida africana, inalterable al paso del tiempo. Y esa África que se asoma a las páginas de Caillié se presenta también, casi intacta, ante el somnoliento paso de nuestra pinaza. Es época de sequía, y la barriga de la barcaza topa a menudo con el arcilloso lecho del Níger. La tripulación despliega entonces unas largas pértigas de caña para deslizarla unos metros hacia delante. Sin prisa.</div>
<div id="attachment_31" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-31" title="La mirada del explorador" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/10/5220-300x200.jpg" alt="&quot;Me quedé fascinado de la cantidad de gente que había en el mercado de Yenné, donde se vendía todo lo necesario  en la vida&quot;" width="300" height="200" /><p class="wp-caption-text">&quot;Me quedé fascinado de la cantidad de gente que había en el mercado de Yenné, donde se vendía todo lo necesario en la vida&quot;</p></div>
<p>Luego, cuando el sol de la tarde barniza de naranja el horizonte, todos dirigen su mente hacia La Meca. A nuestro alrededor se suceden escenas que no han cambiado desde hace siglos. La estilizada silueta de un pescador bozo lanza su red circular con precisión de orfebre, mujeres en la orilla trituran mijo en  cuencos de madera, y, no muy lejos, los niños chapotean en el agua o despiden divertidos el paso de la embarcación. Todo parece tranquilo hasta que, de repente, el cielo se cae. “¡Tubabu, sal! ¡Tubabu, rápido!”. Los gritos de Cissé se confunden entre las órdenes del jefe de la pinaza al resto de pasajeros, entre los que hay ancianos y niños. Una roca ha agujereado la embarcación y hay que desalojarla a toda prisa. En pocos segundos se forman filas de hombres y mujeres que transportan, hundidos hasta el cuello, sacos de 75 kilos. Cuando el sobresalto acaba, preparan un té en la orilla y se sientan a esperar. Nada está roto en África: está en proceso de reparación. La pinaza estará lista al anochecer. Caillié fue testigo de la fragilidad de estas grandes barcas, y en su relato describe un naufragio que acabó con varios ahogados.</p>
<div>Horas después, ya con la luna llena mirándose en el Níger, los seis niños que trabajan en la pinaza se reúnen para despedir el día con otro té y soñar despiertos. Cissé me pide que les acompañe. Discuten si es más rico el presidente del país o Kanouté, jugador de fútbol del Sevilla y auténtico ídolo nacional. Todos se ríen y desean en voz alta. En un instante, Omar, uno de los pocos que chapurrean francés, clava su mirada en mí y suelta. “Cuando sea mayor seré el jefe de mi pinaza, navegaré el Níger hasta el mar para ir a España y allí seré rico como Kanouté.” Todos se ríen, menos él.</div>
<div id="attachment_32" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-32" title="Mezquita de Sankoré" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/10/5224-300x200.jpg" alt="“Todos los habitantes de  Tombuctú eran musulmanes entusiastas... la ciudad alberga siete mezquitas, dos de ellas enormes, coronadas por una  torre de adobe” (René Caillié, Voyage à Tombouctou) " width="300" height="200" /><p class="wp-caption-text">“Todos los habitantes de Tombuctú eran musulmanes entusiastas... la ciudad alberga siete mezquitas, dos de ellas enormes, coronadas por una torre de adobe” (René Caillié, Voyage à Tombouctou) </p></div>
<p>Mientras, Caillié sigue acercándose paso a paso al Níger. Sin detenerse jamás, aunque a punto esté de costarle la vida. Antes de alcanzar el Gher-n-igheaen (el río de los ríos en bereber), padeció fiebres, se quedó cojo y contrajo tal escorbuto que el paladar se le deshizo en la lengua. Pero no abandonó. “Después de tres meses de reposo en Timé, la llaga de mi pie estaba casi cerrada, pero ¡Dios santo! Unos violentos dolores me anunciaron que padecía escorbuto, una peligrosa enfermedad que comprobé con horror. Mi paladar se deshizo, varios huesos se despegaron, y mis dientes no se sostenían en sus encías. Me dolía tanto el cráneo que no pude dormir un cuarto de hora en quince días. Para colmo, la llaga de mi pie se reabrió”, explicaba. Su coqueteo con la muerte le llevó casi a la desesperación, pero jamás bajó los brazos. “¿Os imagináis mi situación? –se sincera– Solo en el interior de un país salvaje, durmiendo sobre tierra húmeda, sin otra almohada que un saco de cuero con todo mi equipaje, sin otro médico que la buena voluntad de los negros que, dos veces al día, me traen agua con arroz. Me convertí en un verdadero esqueleto…” Una ligera mejoría fue suficiente para levantarlo de la cama. Débil pero tenaz, caminó durante dos meses más hasta la ciudad de barro de Yenné, que conserva una de las mezquitas más hermosas del mundo. Caillié, impresionado por la belleza de sus calles de adobe y el arco iris de colores de su mercado, frunció el ceño ante la trata de esclavos en la plaza principal. “He visto hombres desnudos pasear su desgracia por las calles de Yenné. Los ofrecían por veinticinco, treinta o cuarenta monedas, según su edad. Yo sufría viendo tal insulto a la humanidad&#8230;”, relata. A diferencia de quienes hicieron de la exploración una pieza del engranaje colonialista, Caillié descubría la inmensidad del otro en cada paso hacia Tombuctú. Quizás por eso no se rindió. O porque casi rozaba con los dedos su objetivo. A partir de Yenné, sólo un duro viaje de cinco semanas por el río le separaba de su sueño. Escondido entre los sacos por miedo a ser descubierto y asesinado por tuaregs, que abordaban las embarcaciones para exigir derechos de navegación, y muerto de hambre, Caillié jamás perdió la esperanza. Se hace difícil comprender cómo pudo soportar un viaje tan demoledor. Aunque se esté acostumbrado a dormir al raso, a partir del tercer día de navegación la espalda reclama una tregua y sueña con una cama de verdad, y no un par de sacos como colchón.</p>
<div>Su tenacidad infranqueable sólo se explica por su entusiasmo por las pequeñas cosas. “El 1 de abril el río creció, no se veía tierra hacia el oeste. El lago Debo se desparramaba como un mar interior, y tres embarcaciones dispararon al cielo para saludar este lago espectacular mientras gritábamos ¡Salam! con todas nuestras fuerzas una y otra vez. No podía volver en mí de la sorpresa de ver en el interior del país tal volumen de agua. Aquello tenía algo de majestuoso”, narra entusiasmado. Efectivamente, el lago Debo quita la respiración. De repente, el Níger se abre y un mar de aguas tranquilas se derrama en las entrañas de uno de los países más secos del mundo. En nuestra entrada al lago, hipopótamos, garzas y martines pescadores dan una solemne bienvenida a la pinaza. Tombuctú está a la vuelta de la esquina.<br />
Pero Tombuctú siempre se resiste a ser hallada. La imagen fastuosa de Kabara, una suerte de puerto fluvial a 15 kilómetros de la ciudad, es el penúltimo paso antes de alcanzarla. Una visión consoladora que el pobre Caillié no pudo ver, oculto entre sa-cos para no ser descubierto, muerto de miedo. Las puertas del desierto también se retuercen ante mí, como si dijeran: “Sé que sigues los pasos de Caillié, no te será tan fácil dar conmi-go”. Exhausto por los nueve días en la pinaza, consigo subirme a un camión de transporte de madera, que me hace un hueco entre los troncos. Casi me parece oír el latido del corazón de Caillié cuando, con el sol a punto de tocar el horizonte, aparece ante mí la anhelada ciudad de Tombuctú. “Por fin divisé –escri-be– la capital del Sudán, objetivo de todos mis deseos. Entrando en esa ciudad misteriosa, objeto de búsqueda de las naciones civilizadas de Europa, se apoderó de mí un senti-miento indescriptible de satisfacción. Jamás había experimentado una sensación igual, mi felicidad era total&#8230;” Pero la ciudad que se desplegaba ante sus ojos no tenía nada que ver con la de la leyenda. No había oro ni riqueza, tan sólo arena y muros que se caían a pedazos. Fue entonces cuando Caillié hizo un esbozo del lugar que desencantaría a muchos europeos. “La ciudad es una masa de edificios de adobe de aspecto penoso. Por todas partes hay inmensas llanuras de arena de un amarillo blanquecino, y el cielo en el horizonte es rojo pálido. La naturaleza es desoladora, reina el más profundo silencio y ni siquiera se oye el trinar de los pájaros”, escupió.</div>
<div id="attachment_33" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-33" title="Tombuctú" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/10/5222-300x200.jpg" alt="&quot;Era como si respirara arena, y yo sólo soñaba en agua, ríos y riachuelos, pero a mi alrededor la aridez era absoluta&quot; " width="300" height="200" /><p class="wp-caption-text">&quot;Era como si respirara arena, y yo sólo soñaba en agua, ríos y riachuelos, pero a mi alrededor la aridez era absoluta&quot; </p></div>
<p>Tombuctú se resiste a morir desde hace siglos. Hoy es un espejismo fúnebre de lo que fue. Calles de arena infestadas de orines, edificios decrépitos, calor abrasador, tuaregs que venden su alma&#8230;, pero las puertas del desierto no son sólo un lugar. Destino durante siglos de caravanas que traían oro y plata del sur y telas y especias del norte, la ciudad labró su leyenda gracias a la tradición oral. Todos oían que la riqueza iba a Tombuctú. Poco queda de sus tiempos de esplendor, allá por el siglo XIV, como centro de intercambio comercial. Su visión desoladora desalienta hoy a muchos viajeros que, pese a todo, llegan cada año atraídos por el magnetismo de este confín del mundo. El hechizo de la leyenda pervive en Tombuctú. Incluso se puede visitar la casa que habitó el francés durante los 15 días que vivió en la ciudad. No quiso quedarse más. Prefirió atravesar el Sahara antes que volver por sus pasos, porque “muchos preferirán poner en duda mi viaje a Tombuctú, mientras que si regreso por los estados de Berbería, la mera mención del punto al que he llegado reducirá al silencio a los más malignos”, escribió. <br />
La crudeza del desierto se cebó en él. Soportó tormentas de arena y una sed tan terrible que le impedía dormir. “Era como si respirara arena, no hacía más que soñar en agua, en ríos y riachuelos, pero la aridez era absoluta, ni una sola brizna de hierba a la vista”, escribe. El calor azotó con tanta fuerza a la caravana que fue testigo de situaciones desesperadas: “¡Presos de una sed ardiente, algunos mataron a un camello para beber el agua de su estómago!”, relata. De nuevo su entusiasmo le salvó la vida. A su llegada a Rabat, sin embargo, sufrió un enorme desengaño cuando el cónsul francés, tomándole por un vagabundo, no se creyó su historia. Abatido y débil, caminó hasta Tánger, donde, por fin, tomó un barco hacia Francia. Recibido como un héroe, alcanzó la gloria y el reconocimiento público al serle concedida la orden de Caballero de la Legión de Honor. Pero la publicación de su diario de viaje fue un absoluto fracaso. A los lectores no les gustó la pobre descripción de Tombuctú. Preferían continuar creyendo el mito de ciudad de oro. Desencantado, murió en 1838 solitario y triste.<br />
“A Tombuctú no se puede ir, hay que llegar, ganársela”, me dijo un tuareg en la mezquita de Sankoré, la más bonita de la ciudad. Y Caillié, convencido de que la posibilidad de realizar su sueño es lo que le hizo realmente humano, se ganó esa ciudad más que nadie.</p>
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		<title>Senegal canta a la esperanza</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Jun 2009 09:45:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Reportajes especiales]]></category>
		<category><![CDATA[África]]></category>
		<category><![CDATA[Música]]></category>
		<category><![CDATA[Senegal]]></category>
		<category><![CDATA[Youssou N'dour]]></category>

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		<description><![CDATA[La oscuridad acompaña a casi todos los adjetivos que definen África, un continente condenado a la indiferencia o la compasión del mundo. Pero hay también una África que ríe, canta y baila. Un viaje por la música de Senegal permite captar la esencia de un lugar donde, pese 
a todo, las sonrisas son mayoría. ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Publicado en el <a href="http://www.magazinedigital.com/reportajes/los_reportajes_de_la_semana/reportaje/cnt_id/1859">Magazine</a> el 04/05/2008. Texto: Xavier Aldekoa Fotos: Kim Manresa</p>
<div id="attachment_56" class="wp-caption alignleft" style="width: 324px"><img class="size-medium wp-image-56 " title="Música en Senegal" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/10/6645-300x224.jpg" alt="La cantante Mayé Ndeb, una voz muy respetada en las competiciones de lucha senegalesa, baila y anima al público durante los combates." width="314" height="233" /><p class="wp-caption-text">La cantante Mayé Ndeb, una figura muy respetada en las competiciones de lucha senegalesa, canta y baila para animar al público</p></div>
<p>“No sólo somos guerra, pobreza y selva. Somos mucho más que eso. Somos África.” El músico Youssou N’Dour no quiere oír hablar de victimismo. El orgullo de sus palabras es un paso al frente para acabar con el malentendido crónico del mundo con África, que reduce al continente a un cúmulo de desgracias y niños tristes en postales navideñas. África también ríe, sueña, baila y sabe de atajos hacia la felicidad. Y la música, omnipresente en la vida de sus habitantes, es una puerta abierta a la cara más amable del heterogéneo cosmos africano. “Los cayucos, el sida y la guerra son una ventana a lo peor de África, pero la música muestra su otra cara, más positiva y real”, subraya N’Dour. El músico senegalés es una eminencia en África. El continente entero le escucha. Taxis, discotecas, mercados&#8230; sus canciones resuenan por todas partes. Y su respuesta ha sido crear un imperio en Dakar que da trabajo a 400 personas. Es dueño de un periódico, una emisora de radio, una discográfica, un estudio de grabación, un club nocturno y un canal de televisión. Y no es casualidad que sea originario de Senegal, que posee una de las escenas musicales más dinámicas del mundo. Su enorme diversidad cultural y étnica, el coqueteo con el drama de su historia y la maravillosa contradicción de una sociedad que suspira por la modernidad y ama con pasión sus tradiciones se refleja en una música vital y de tonalidades diversas. Un viaje a las entrañas de su música permite sumergirse en la esencia de África Occidental.<span id="more-55"></span></p>
<div class="mceTemp">Cuando le preguntan por su éxito, N’Dour siempre utiliza la primera persona del plural. Se considera un representante de un país fértil en ritmos, que ha generado músicos de éxito internacional como la Orquesta Baobab, Ismael Lô, Baaba Maal, Thioné Seck, Omar Pene o Daara J. “Desde Senghor –poeta y primer presidente del país–, en nuestra historia hay muchos ejemplos de personas muy avanzadas en música, literatura, cine u otras artes”, argumenta. La situación geográfica de Senegal, como trampolín de África al mundo y cruce de culturas de ida y vuelta, hace del país un cóctel de ritmos a medio camino entre tradición y modernidad.</div>
<p>Pero, más que zamparse libros de historia de la música, para zambullirse en la realidad africana hay que perderse por las calles de Dakar. Sólo subirse al taxi, lo último de N’Dour o algo de hip hop hacen vibrar el destartalado vehículo y dejan intuir que la música representa un papel crucial en el día a día africano.</p>
<p>Y las sospechas se confirman en cuanto frena el taxi. Un hombre corpulento, de barriga alegre y mofletes hinchados, nos recibe frente a su casa de un barrio popular de la capital con un fuerte apretón de manos. Es Numukunda Cissoko, miembro de una extensa familia de griots. Estos músicos natos, una suerte de juglares que perpetúan la historia a través de la tradición oral, gozan de gran reconocimiento social en África. Aunque venimos a hablar de música, Numukunda tira de hospitalidad a base de ritual de saludos, arroz compartido y bromas sobre sus dos mujeres y sus siete hijos –“¿o son seis?”, ironiza–. Sus colgantes de plata y anillos desvelan que le va el hip hop. Con permiso del reggae, el hip hop crece a pasos agigantados entre los jóvenes africanos y es un poderoso instrumento para calibrar el descontento social. “El hip hop africano da voz a quien no la tiene y no insulta ni hace ostentación de chicas o riqueza como otros, lucha por la cultura africana y los derechos de la gente”, suelta.</p>
<div id="attachment_57" class="wp-caption alignright" style="width: 235px"><img class="size-medium wp-image-57" title="Música en Senegal" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/10/6648-225x300.jpg" alt="Los nigerianos Zolo Thousand Love y Frank Ébosé, que viajaron a Dakar en busca de una oportunidad, aprovechan las horas de trabajo en su peluquería para ensayar. La música en África es algo cercano, casi familiar." width="225" height="300" /><p class="wp-caption-text">Los nigerianos Zolo Thousand Love y Frank Ébosé, que viajaron a Dakar en busca de una oportunidad, aprovechan las horas de trabajo en su peluquería para ensayar. La música en África es algo cercano, casi familiar.</p></div>
<p>Estamos en el patio de una casa de cemento en un barrio de calles de arena y corderos atados frente a las carnicerías. Nadie diría que allí se reúne a diario una familia de griots para ensayar, pero al atardecer llegan músicos de todos lados. Desenfundan yambes, guitarras eléctricas y koras –un instrumento tradicional de cuerda–, y el mundo empieza a bailar. A un lado, los hombres tocan y cantan; al otro, las mujeres danzan. “Así es cada día, somos griots, llevamos la música y el baile en la sangre”, explica Numukunda.</p>
<p>La música en África es algo cercano, casi familiar. El ritmo forma parte de la vida, y su música vive del pueblo. Sólo así se explica que una polvorienta plaza de tierra que durante el día acoge un mercado de telas, especias y pescados secándose al sol sea el escenario del retorno a los escenarios, después de siete años, de Misaal, una popular banda senegalesa. Cuando, tras más de cuatro horas de concierto gratuito de bandas invitadas, sale a escena Misaal, las sonrisas blancas de los presentes destellan en la oscuridad. Con cada canción la plaza estalla, chilla y baila. África vive la música como si en ello le fuera la vida. El líder de Misaal saca pecho ante el matrimonio perfecto entre música y pueblo: “En la música africana no hay estrellas inaccesibles, no es algo ajeno que cabe en un círculo de plástico, forma parte de la vida de las personas y, pese a la pobreza, a la gente le gusta bailar y divertirse. Aquí hay una vida extraordinaria”.</p>
<p>Y si la música está en todas partes, a menudo escapa de su forma convencional. De nuevo en el taxi, la presencia del ritmo en lo cotidiano se cuela por la ventana. Atravesamos un barrio humilde a las afueras de Dakar y la música sale de una peluquería con llamativos dibujos en la puerta. De nuevo hip hop. Zolo Thousand Love y Frank Ébosé son dos jóvenes nigerianos que hace cinco años llegaron a Senegal en busca de una oportunidad para su música. No han tenido suerte, pero no bajan los brazos. Mientras ahorran para grabar una maqueta, trabajan en una peluquería que, a la vez, les sirve de local de ensayo. Vuelan los tijeretazos e improvisan versos sobre una base rítmica que truena desde una vieja cadena de música. Los clientes, encantados. Feliz de su protagonismo fugaz, Zolo se dispara con una declaración de principios que transpira determinación: “No me rendiré, trabajo duro para grabar un disco y prefiero eso a gastarlo en un cayuco donde puedo perder todo. La libertad no está en Europa, está en uno mismo, y la música me da esa libertad”.</p>
<div id="attachment_58" class="wp-caption alignleft" style="width: 235px"><img class="size-medium wp-image-58" title="Música en Senegal" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/10/6646-225x300.jpg" alt="Carlou D en una actuación en el Just 4 You " width="225" height="300" /><p class="wp-caption-text">Carlou D en una actuación en el Just 4 You </p></div>
<p>Con el eco de sus palabras aún resonando en la cabeza, de nuevo la música se filtra por las rendijas de lo cotidiano ante nuestros ojos. Una multitud se amontona a las puertas de un estadio, y unos militares reparten porrazos para controlar lo incontrolable. Dentro no cabe un alfiler. El recinto es un estadio de lucha senegalesa, que, con el fútbol, es el deporte rey del país. Alrededor de un rectángulo de tierra, luchadores tamaño Shaquille O’Neal con taparrabos y amuletos por el cuerpo se preparan para pelear. Huele a tierra, sudor, nervios y, por supuesto, la música no falta a la cita. Durante los combates, una docena de percusionistas llevan el ritmo a la grada, y un grupo de mujeres canta temas tradicionales sin parar. Todos son músicos reconocidos en Senegal. De vez en cuando, algún espectador baja a la arena y ofrece regalos o dinero a las cantantes mientras el público aplaude la generosidad del improvisado mecenas. Los luchadores también bailan danzas tradicionales junto a su entrenador alrededor del ring de arena. ¿Divertirse? No, es algo distinto, mucho más importante. Sus rostros concentrados y su firme determinación en el balanceo de hombros y caderas muestran la importancia de una liturgia de comunión entre cuerpo y alma. La música sólo es el nexo de unión. La fiesta sigue en las gradas.</p>
<p>Precisamente esa línea imperceptible entre tradición y modernidad es una característica fundamental de la música –y la vida– africana. Incluso la música moderna evoca raíces ancestrales. Los numerosos clubs nocturnos de la noche senegalesa no son una excepción. Con una oferta diaria de conciertos en vivo con grandes músicos –no es raro cenar un parrillada de pescado mientras actúan en petit committée N’Dour, Salif Keita o la Orquesta Baobab–, los clubs escenifican la convivencia entre pasado y presente. Lo mismo ocurre en Bamako, Abiyán u otras capitales de África Occidental. En el Just 4 You, el mejor local de música en vivo de Dakar, Carlou D echa mano de koras, tam tams, distorsión y letras en wolof, bambara, inglés o francés como punto de encuentro del ayer y el hoy. Ritmos africanos y latinos se funden con pop, rock y hip hop en una encrucijada de culturas musical. Después de todo, se trata del regreso a sus raíces de los ritmos que miles de africanos exportaron al mundo, víctimas del éxodo forzado de la esclavitud. Y esa riqueza musical vuelve a casa sin rencor. “Los africanos tenemos gran capacidad de perdón, y eso nos deja absorber ritmos aunque nos recuerden etapas dolorosas”, dice Carlou D.</p>
<p>La música como puente de convivencia. Y si hay un lugar en África Occidental que ilustre la armonía entre diferentes, ese es Joal Fadiout, en el centro del país. Conchas blancas en el suelo y en las paredes reciben al visitante al llegar a la isla de Fadiout desde un largo puente de madera. También hay conchas en el cementerio, que comparten musulmanes y cristianos y es ejemplo de tolerancia religiosa. Muchos de sus habitantes son músicos, y la ciudad recibe el apodo de isla de la música. Zona de diversidad étnica y costumbres arraigadas, la música tradicional tiene en Joal Fadiout –con permiso de Podor, cerca de Mauritania– la cuna de los ritmos ancestrales.</p>
<div id="attachment_59" class="wp-caption alignright" style="width: 235px"><img class="size-medium wp-image-59" title="Música en Senegal" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/10/6655-225x300.jpg" alt="Tradición y modernidad se dan cita en la ciudad de Saint Louis, capital del jazz de África Occidental, que en mayo celebra el Festival Internacional de Jazz, con los mejores músicos del mundo." width="225" height="300" /><p class="wp-caption-text">Tradición y modernidad se dan cita en la ciudad de Saint Louis, capital del jazz de África Occidental, que en mayo celebra el Festival Internacional de Jazz, con los mejores músicos del mundo.</p></div>
<p>Senegal entero hierve en variedad musical. El mundo aparte cultural y musicalmente de la región de Casamance, al sur, tiene su contrapunto geográfico al norte, en la ciudad colonial de Saint Louis, la capital del jazz de África Occidental. En mayo celebra el Festival Internacional de Jazz, con los mejores músicos del mundo. La ciudad respira música, según Ablaye Sissoko, griot y férreo defensor de la fusión del jazz con ritmos tradicionales. “Cualquier músico debería pasar al menos una vez por esta ciudad, tiene alma de jazz”, dice.</p>
<p>Pero si se habla de magia, de cruce de ritmos y culturas, Senegal esconde un tesoro en medio del océano. La isla de Gorée, patrimonio de la humanidad en 1978, es un remanso de paz casi sobrenatural. A media hora en barco de Dakar, sin calles asfaltadas ni coches, desde la isla zarpaban barcos llenos de esclavos hacia el nuevo mundo. Pero Gorée ha sabido cicatrizar sus heridas y acoge el retorno de los ritmos que sus antepasados llevaron a otras tierras. El resultado fructifica en el Gorée Diaspora Festival, que en noviembre recibe a artistas de primer nivel. Escoltado por docenas de militares y antes de su actuación, la estrella Omar Pene disecciona la isla: “Gorée es una vitrina de África, símbolo de acercamiento entre pueblos, y la música forma parte de su naturaleza”. Mientras habla, llega música desde la plaza y un grupo de personas baila con entusiasmo.</p>
<p>Se oyen risas a lo lejos.</p>
<div id="attachment_60" class="wp-caption aligncenter" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-60 " title="Música en Senegal" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/10/6649-300x224.jpg" alt="En África todos adoran a Monsieur N’Dour. Su fama ha crecido tanto desde la célebre Seven seconds, junto a Nene Cherry, que ya es casi un dios en todo el continente. Y también fuera de África recibe aplausos unánimes por su música e implicación en causas justas, lo que le permite reunirse con Bush o Zapatero. Pero él no saca pecho. Aún recuerda cuando, de niño, vendía casetes pirata en las calles de Dakar para sobrevivir. Por eso acepta con sencillez la etiqueta de músico africano más influyente del siglo XX o las comparaciones con el mito de Bob Marley y sigue viviendo en su ciudad natal. “No sería nada sin mi gente, lo normal es dar y recibir”, dice frente a la playa de su niñez, donde suele recogerse para componer." width="300" height="224" /><p class="wp-caption-text">En África todos adoran a Monsieur N’Dour. Su fama ha crecido tanto desde la célebre Seven seconds, junto a Nene Cherry, que ya es casi un dios en todo el continente. Y también fuera de África recibe aplausos unánimes por su música e implicación en causas justas, lo que le permite reunirse con Bush o Zapatero. Pero él no saca pecho. Aún recuerda cuando, de niño, vendía casetes pirata en las calles de Dakar para sobrevivir. Por eso acepta con sencillez la etiqueta de músico africano más influyente del siglo XX o las comparaciones con el mito de Bob Marley y sigue viviendo en su ciudad natal. “No sería nada sin mi gente, lo normal es dar y recibir”, dice frente a la playa de su niñez, donde suele recogerse para componer.</p></div>
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