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	<title>Xavier Aldekoa &#187; Magazine</title>
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	<description>Blog de África</description>
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		<title>África es redonda</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Apr 2010 09:24:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Reportajes]]></category>
		<category><![CDATA[África]]></category>
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		<description><![CDATA[Publicado en el Magazine el 18/04/2010. Texto: Xavier Aldekoa. Fotos: Javier Martínez de la Varga. Una roca brinda la oportunidad. El Níger apenas se inmuta ante el lento balanceo de la pinaza, largas embarcaciones de madera con forma de canoa muy utilizadas en Mali, hasta que el lecho del río dice basta. Un pedrusco ha [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Publicado en el <a href="http://www.magazinedigital.com/reportajes/los_reportajes_de_la_semana/reportaje/cnt_id/4457">Magazine</a> el 18/04/2010. Texto: Xavier Aldekoa. Fotos: Javier Martínez de la Varga.</p>
<p><a href="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/04/africaredonda.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-451" title="africaredonda" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/04/africaredonda-300x199.jpg" alt="africaredonda" width="300" height="199" /></a>Una roca brinda la oportunidad. El Níger apenas se inmuta ante el lento balanceo de la pinaza, largas embarcaciones de madera con forma de canoa muy utilizadas en Mali, hasta que el lecho del río dice basta. Un pedrusco ha rajado la quilla, y hay que abandonar el bote a toda prisa y con el agua al cuello. El refugio es una pequeña isla, de apenas trescientos metros, que servirá para matar la paciencia hasta arreglar las tripas de la pinaza.</p>
<p>Y entonces aparece el fútbol. Dos de los chicos que trabajan en la pinaza, Omar y Cissé, de once y diecisiete años, se sirven de un calcetín gastado, lo rellenan con hierba y un pedazo de plástico y le dan forma esférica con un trozo de cordel. Un par de piedras hacen de porterías, y a jugar. Menos los más ancianos, todos se suman a la fiesta. Cada dos o tres chutes hay que parar para volver a simular que aquello es un balón, pero nadie amaga un reproche o un lamento. Es un balón y punto. Y no se necesita más para soñar.<span id="more-450"></span></p>
<p>Con el primer Mundial en suelo africano a la vuelta de la esquina, el continente muestra a quien quiere ver una inmensa pasión por el fútbol. Quizás no haya botas, campo ni porterías, pero siempre hay un balón. De lo que sea. De trapo, plástico, plumas, de ropa o incluso de semillas redondas de alguna fruta tropical. La ilusión y la pasión con la que el continente juega al fútbol son arrolladoras.</p>
<p>Juegan como si no importara nada más. Pese a la pobreza y las dificultades en muchos contextos africanos, los ídolos mundiales del balompié tienen una legión de chavales detrás, en cualquier rincón del mundo, dispuestos a emularlos. A imaginar por un momento que el descampado de detrás de su chabola es Maracaná, y ellos, campeones como Messi, Ronaldo o Rooney.</p>
<p><a href="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/04/africa-redonda2.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-452" title="africa redonda2" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/04/africa-redonda2-300x199.jpg" alt="africa redonda2" width="300" height="199" /></a>A miles de kilómetros de Mali, en Sudáfrica, Mbekezeli, Honganani y Sabelo, de trece, doce y once años respectivamente, ponen rostro a esa pasión. Viven en Alexandra, una de las barriadas de chabolas menos recomendables de Johannesburgo. La zona es un mar de techos de uralita, calles estrechas y callejones donde es mejor no perderse.</p>
<p>En el horizonte, a apenas dos golpes de volante, se dibujan los rascacielos del barrio de Sandton, la zona rica y de negocios de la ciudad. Pero ellos tres no suspiran por el aroma a dinero de esa otra ciudad, tan cercana y lejana a la vez. Su atención está puesta, sin escatimar ni un sentido, en otro drama: el día anterior, cuando echaban un partidillo en la calle, un coche pasó por encima de su pelota y la dejó hecha añicos.</p>
<p>El benjamín del grupo, Sabelo, trata de quitar hierro al asunto al ver la cara de pena de Mbekezeli. “No te preocupes, vamos al Pick’n Pay –el supermercado más barato del país–, cogemos algunos plásticos y una bolsa y ya está”, dice. “Ya –le responde–, pero esa pelota no era&#8230; –piensa un rato hasta encontrar la palabra–, no era weak (floja, poco sólida).”</p>
<p>Los tres quieren ser como sus ídolos del balón, aunque de diferente forma. Sabelo quiere jugar en el Liverpool de su admirado Fernando Torres –“me encanta cuando marca tantos goles, es rapidísimo”, dice–, y Mbekezeli, en el Barcelona. No tenía ni idea de que su jugador favorito, Robinho, estuvo a punto de recalar en el equipo culé hace unos meses, pero, aun así, él quiere jugar junto a Messi. Los dos juegan de delanteros y, por la cara de Honganani, parece que se les da más que bien. A él no tanto. Pero no por eso se imagina un futuro con menos penurias y alejado de su gran afición. “Ellos son buenos, pero yo un poco menos. De mayor yo quiero ser ministro de fútbol”, asegura. Antes de despedirse, Sabelo echa cuentas de cuándo debería triunfar.</p>
<p><a href="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/04/africaredonda3.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-453" title="africaredonda3" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/04/africaredonda3-300x199.jpg" alt="africaredonda3" width="300" height="199" /></a>“¿Oye, a qué edad los jugadores buenos empiezan a jugar en la Premier o la Liga?”, pregunta.<br />
Los pies descalzos de Sabelo y sus amigos, siempre detrás de un balón, son los mismos que los de Alfred Phiri, ex estrella de la selección sudafricana. Antes de convertirse en jugador profesional y liderar a los Bafana Bafana en el Mundial del 98, pateaba cualquier cosa de forma esférica en las mismas calles de Alexandra. “Claro que me veo reflejado en esos chicos –dice–, sacábamos cosas de la basura, hacíamos una pelota y jugábamos partidos de veinte contra veinte”, recuerda divertido. Para Phiri, el fútbol da una oportunidad a los suyos: “Es una ilusión, los niños tienen que saber que deben luchar por sus sueños y trabajar duro. El fútbol significa todo”.</p>
<p>A veces, también, la ilusión de los pequeños se desborda. Y hay detalles que sirven para resumir la locomotora de entusiasmo en que se ha convertido el fútbol. El pasado mes de marzo, Nomvula Mokonyane, primera ministra de la provincia de Gauteng, donde se encuentran las ciudades de Johannesburgo y Pretoria, anunció ante los corresponsales extranjeros una medida tan curiosa como reveladora: en vistas al Mundial, que se celebrará del 11 de junio al 11 de julio, su gabinete había decidido reforzar el equipo que se ocupa de los niños perdidos. La visita de dos cracks mundiales pocos meses antes fue el detonante. “Nuestros niños son muy exploradores y quieren ver a sus ídolos, así que hacen lo que sea por verles. Son sus ejemplos que seguir, sus dioses.</p>
<p>Cuando Maradona y Rooney –delantero del Manchester United– vinieron a la ciudad, miles de niños llegaron para verles desde todas partes, algunos ni siquiera sabían cómo habían llegado y muchos de ellos no sabían volver a sus casas después. Es un tema que nos preocupa, y durante el Mundial reforzaremos esa cuestión”, aseguró.   </p>
<p>La motivación que el deporte más popular del planeta genera en millones de niños africanos es tan  enorme que sería estúpido desaprovecharla. El fútbol acapara la atención de los chiquillos, les alegra el día y les invita a soñar en un futuro sin pelotas hechas con bolsas del Pick’n Pay. Por eso varios proyectos han subrayado el balompié como la vía más directa para la integración y la educación de los niños de las barriadas más marginales.</p>
<p>La ONG Street Football World dedica sus esfuerzos a esa premisa desde el 2002. En ocho años se ha convertido en la red de conexión de 82 organizaciones de 54 países que usan el fútbol como base de programas de desarrollo. Casi la mitad de los proyectos están en África. Su director, Jürgen Griesbeck, explica el secreto que se esconde en el balón. “Los jóvenes sienten el fútbol como algo propio, algo importantísimo en sus vidas y que les motiva más que ninguna otra cosa. P<br />
ueden jugar en cualquier sitio y con cualquier cosa hacer una pelota, no hay barreras. Y esa es la magia del fútbol: es un lenguaje universal que les permite expresarse sin tener en cuenta clase social, cultura o las dificultades de sus vidas”, explica Griesbeck desde un calco exacto de la pobreza de Alexandra pero en el sur. Khayelitsha, la segunda barriada pobre más grande de Sudáfrica, se desparrama a las afueras de Ciudad del Cabo y copia la miseria que se repite en cientos de barrios a las afueras de Nairobi, Lagos o Johannesburgo. Aunque no sólo en África. En Khayelitsha acaba de echar a rodar un centro deportivo y educativo del proyecto Football for Hope, financiado por la FIFA.</p>
<p>El director de Street Football World, que coordina también este centro, recita de memoria los objetivos y el porqué de la iniciativa. “El fútbol es el mejor camino para educar y ofrecer herramientas a los niños; para que sean dueños de su futuro. En los centros usamos el poder social del fútbol para promover valores y hábitos saludables en materia de educación, no discriminación, derechos de los niños, medio ambiente y lucha contra el sida”, argumenta. El último punto no es baladí. En Sudáfrica hay 5,7 millones de enfer-mos de sida y, en enclaves pobres como Khayelitsha, el campo de fútbol es de los pocos lugares donde poder explicar cómo protegerse del virus.</p>
<p>De su experiencia por cientos de campos de tierra por el mundo, Griesbeck se queda con una frase que le dijo un pequeño en un terreno de juego en una barriada de Medellín (Colombia) y que simboliza la fuerza del balompié: “Se me acercó mientras chutaba una pelota descosida y me dijo que le gustaría que un día el mundo se tomará la paz tan en serio como el fútbol”, afirma.</p>
<p>El amor desatado por el fútbol es parecido en cualquier lugar de África, aunque no siempre los ídolos son los mismos. Drogba y Eto’o son iconos y ejemplos de conducta en Costa de Marfil y Camerún. Adebayor y Kanouté, semidioses en Togo y Mali. Parece que no haya límites en la fama de los jugadores, que en ocasiones adquieren una fachada de héroes nacionales. Y tanta popularidad es poder. El mejor ejemplo es el del liberiano George Weah, proclamado mejor jugador del mundo en 1995, que decidió presentarse a presidente del país tras colgar las botas. No lo consiguió por los pelos.</p>
<p>Pero otras veces, el ídolo no es lo más importante y ni siquiera es una estrella internacional. A diez kilómetros de Butha Buthe, una pequeña población al norte de Lesotho, Taolé y Clement, de catorce años ambos, ponen cara de circunstancias cuando se les pregunta sobre sus jugadores favoritos de la Liga o la Premier League. Les encanta el fútbol –Taolé es portero y va para crack, dice él mismo–, pero para ellos, sin electricidad en la aldea ni televisor cerca (y aún menos un par de monedas para gastar en un periódico), Europa queda demasiado lejos.</p>
<p>El extranjero para ellos es Sudáfrica. Lesotho está incrustado en territorio sudafricano y por eso Taolé y Clement citan a los Orlando Pirates de Johannesburgo como el club de sus amores y a Teko Modise, estrella de la selección sudafricana, como su futbolista preferido. Su fiebre por la pelota renueva una historia mil veces repetida en cualquier rincón del planeta: “El fútbol me gusta mucho, jugamos casi cada día hasta que se va el sol y ya no se ve. A veces mi madre se enfada y me tiene que venir a buscar al campo”, cuenta. Igual que Messi, Ronaldinho y otros de críos.</p>
<p>África se prepara para acoger el Mundial y a las principales estrellas del fútbol mundial de este verano. Por unos días, los ojos del mundo estarán en Sudáfrica. Pero cuando la cita mundialista haya pasado, quedarán de nuevo las ganas de cientos de miles de niños pateando pelotas imposibles en callejones de barrios humildes. Imaginándose como los cracks del próximo Mundial. </p>
<p>En White City, un barrio desamparado de Soweto en las afueras de Johannesburgo, un pequeño de catorce años, David, ilustra esa ilusión en pocas palabras. Se deshace en sus sueños de futbolista porque está loco de contento. La fundación Dreamfields, que coordina proyectos educativos a través del fútbol en África, ha regalado a su escuela un kit de camisetas y pelotas. Su alegría no cabe en esas camisetas nuevas con números a la espalda y los tres balones reglamentarios. Es mucho más que eso: “Ahora –dice– ya soy un jugador de verdad”.</p>
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		<title>Un oasis de vida en el exilio</title>
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		<pubDate>Sat, 12 Dec 2009 09:46:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Reportajes especiales]]></category>
		<category><![CDATA[Eidenbenz]]></category>
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		<description><![CDATA[Este es uno de los reportajes que más ilusión me hizo publicar. La historiadora Assumpta Montellà fue quien sacó del olvido esta historia maravillosa. Tuve el placer de encontrarme con ella y la historia en unas escaleras de Prada de Conflent. De aquel encuentro salió el reportaje &#8220;Una lista de Schlinder catalana&#8221;, sobre una enferma suiza que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Este es uno de los reportajes que más ilusión me hizo publicar. La historiadora Assumpta Montellà fue quien sacó del olvido esta historia maravillosa. Tuve el placer de encontrarme con ella y la historia en unas escaleras de Prada de Conflent. De aquel encuentro salió el reportaje <a href="http://hemeroteca.lavanguardia.es/preview/2006/09/12/pagina-24/41160044/pdf.html?search=eidenbenz">&#8220;Una lista de Schlinder catalana&#8221;</a>, sobre una enferma suiza que </em></p>
<div id="attachment_280" class="wp-caption alignleft" style="width: 277px"><img class="size-medium wp-image-280" title="maternitat_de_elna_" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/12/maternitat_de_elna_-267x300.jpg" alt="Elisabeth, cuando era enfermera en la Maternitat d'Elna. Foto: archivo Elisabeth Eidenbenz." width="267" height="300" /><p class="wp-caption-text">Elisabeth, cuando era enfermera en la Maternitat d&#39;Elna. Foto: archivo Elisabeth Eidenbenz.</p></div>
<p>había salvado de una muerte muy probable a casi 600 bebés republicanos. Pero había más. Para un reportaje posterior, donde explicaba que la vida de Elisabeth Eidenbenz -así se llamaba-, iba a llevarse al cine, volví a hablar con Montellà. Fue entonces cuando me dijo que el nombre de la enfermera suiza no salía en las listas de los receptores de la Creu de Sant Jordi de ese año. Estaba decepcionada porque Elisabeth, entonces con 92 años, tenía una salud frágil y temía que no viviera un año más para recibir el reconocimiento en vida. Me contagió su rabia. Aunque ya había cuadrado el texto a la página, hice lo normal. Pedí que se comieran el  espacio que hiciera falta y abrieran un destacado para explicarlo. A los dos días, Montellà me llamó para decirme que se había decidido hacer una excepción, a pesar de estar fuera de plazo, y otorgarle la Creu de Sant Jordi ese mismo año. La decisión, me dijo, se tomó con el <a href="http://hemeroteca.lavanguardia.es/preview/2006/09/12/pagina-39/51307110/pdf.html?search=eidenbenz">artículo de La Vanguardia </a>encima de la mesa. Montellà consiguió dos cosas con su excelente trabajo e insistencia: hacer justicia con una persona admirable y reafirmar a un joven reportero que el periodismo es la mejor profesión del mundo. Y que a veces sí se puede.</p>
<div class="mceTemp">Aquí dejo el reportaje que publiqué en el Magazine el 26/11/06.</div>
<p><span id="more-275"></span></p>
<div class="mceTemp">A principios de otoño la playa de Argelers está casi desierta. La tramontana sopla con fuerza al sur de Francia y sobrevuela veloz la arena blanca de la costa. Está atardeciendo y únicamente las olas rompen el silencio. Se diría que se respira paz. A simple vista, nada permite adivinar que, hace menos de 70 años, esos kilómetros de playa fueron un verdadero infierno…</div>
<p>Febrero de 1939.  Más de 75.000 refugiados republicanos se amontonan en tres kilómetros de arena cercados por alambradas de espino. No hay nada más. Sólo hambre y miseria. Las condiciones de insalubridad son tan terribles que las mujeres embarazadas deben traer al mundo a sus pequeños en una sucia caballeriza de Les Haràs. La mortalidad infantil roza el 95%. La situación es igual de desesperante en otros campos de refugiados en Sant Cyprien, El Barcarés, Rivesaltes… En total casi medio millón de derrotados de la guerra civil española obligados a huir dejando todo atrás. Pero entre las tinieblas de la posguerra, la labor de una joven suiza iluminó la desdicha de muchos de los refugiados. De 1939 a 1944, Elisabeth Eidenbenz, una enfermera de apenas 25 años, dirigió desinteresadamente una maternidad en Elna donde salvó de una muerte casi segura a 597 bebés. Su gesta escribió uno de los capítulos más humanos de la posguerra española. Muchos de aquellos niños han superado ya los sesenta años, pero Eidenbenz, desde la espléndida lucidez de sus 94 años, les sigue llamando a todos ellos “mis niños”.</p>
<div id="attachment_291" class="wp-caption alignright" style="width: 194px"><img class="size-full wp-image-291" title="elna" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/12/elna.jpg" alt="De memoria fotográfica, Elisabeth recuerda el nombre de casi todos los niños que nacieron la maternidad del sur de Francia. Foto: archivo personal Elisabeth Eidenbenz. " width="184" height="200" /><p class="wp-caption-text">De memoria fotográfica, Elisabeth recuerda el nombre de casi todos los niños que nacieron la maternidad del sur de Francia. Foto: archivo personal Elisabeth Eidenbenz. </p></div>
<p>Su labor humanitaria pasó inadvertida durante casi 60 años, hasta que la historiadora catalana Assumpta Montellà desempolvó la memoria de decenas de sus protagonistas y escribió el libro <em>La Maternitat</em><em> d’Elna</em> (Ara Llibres). Para entonces, la historia ya pedía a gritos ser rescatada del olvido. En Francia, acababan de salir a la luz un documental para televisión y las memorias de Remei Oliva, madre de Elna, recogidas en <em>Éxodo</em> (Viena Memòries). Y la historia también llegará a la gran pantalla. El director catalán Manuel Huerga –autor de Salvador- empezará a rodar a finales de 2007 una película sobre el drama del exilio y la Maternidad. Al parecer, la proeza de Eidenbenz no caerá de nuevo en el olvido.    </p>
<p>Pero quien no sólo no olvida sino que tiene grabado cada instante de aquel episodio es la propia Eidenbenz. Recogida en su casita de Rekawinkel, una pequeña población montañosa cerca de Viena, la ex maestra suiza revisa las fotografías de la que considera la tarea “más importante” de su vida. Mientras hojea sin prisa sus álbumes de foto, se suceden imágenes de la sinrazón de la guerra. Aparecen hombres y mujeres vestidos con harapos, campos hacinados y niños esqueléticos con la barriga  hinchada, como cargando una bomba de hambre en el estómago. Pero las primeras imágenes de horror dan paso al milagro de la maternidad de Elna.</p>
<div class="mceTemp">Niños sanos, riendo. Y madres felices. Eidenbenz lo recuerda todo perfectamente. Los años no perdonan a su maltrecho físico -descansa casi todo el día en una silla de ruedas- pero han dejado intacta su memoria. “A este le llamábamos Felipón; era enorme –evoca-, y su madre María aún vive, debe tener 89 años”. Así, uno a uno, va recordando a casi todos los pequeños que durante cuatro años nacieron en sus brazos. Sus diminutos ojos negros, semiocultos tras unas gruesas gafas sujetas con cordones, conservan el brillo y la bondad que, en su juventud, le llevaron a dejar su suiza natal y plantarse en medio de una guerra que no era la suya. Para ayudar.     </div>
<p>Era 24 de abril de 1937. Durante dos años, la joven maestra de 23 años distribuyó alimentos y medicinas y evacuó a mujeres y niños en Burjassot, Valencia, como miembro del Cartel de Ayuda Suiza a los Niños de la Guerra Civil Española. Luego volvió a Suiza. Pero por poco tiempo. El responsable de la asociación en la frontera, Karl Ketterer fue testigo de la marea de exiliados que huían hacía Francia al final de la guerra y dio la voz de alarma. “Karl era un hombre enérgico y fue a Perpiñán para ver que se podía hacer en los campos, que estaban en condiciones terribles.</p>
<div id="attachment_288" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-288" title="Imatges dels nens i" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/12/infants-nascuts-maternitat-foto-arxiu-elisabeth-eidenbenz-maurici-biosca1-300x216.jpg" alt="Con sólo 24 años, Elisabeth se fue a la frontera para realizar su proeza humanitaria. Foto: Archivo personal Elisabeth Eidenbenz." width="300" height="216" /><p class="wp-caption-text">Con sólo 24 años, Elisabeth se fue a la frontera para realizar su proeza humanitaria. Foto: Archivo personal Elisabeth Eidenbenz.</p></div>
<p>Un día vio un establo donde tenían que parir las mujeres y decidió que lo primero que quería hacer era mejorar las condiciones de esas personas. Llamó a Suiza para pedir a alguien que hablara español. Y al día siguiente yo ya estaba allí”.</p>
<p>Pese a no tener experiencia como comadrona, Eidenbenz se puso al frente del proyecto y encontró una preciosa mansión abandonada ideal para construir su “isla de paz en un océano de destrucción”, como gusta definir ella misma. Tras reunir 30.000 francos suizos para rehabilitarla y conseguir los permisos necesarios, el 12 de diciembre de 1939 la directora del centro se subió a su furgoneta <em>Rocinante</em> y se dirigió a la playa en busca de las primeras madres. En aquel invierno, el frío, el viento y la humedad hacía ya semanas que calaba los huesos de los refugiados en los campos. Ocho mujeres a punto de salir de cuentas esperaban esperanzadas a la puerta de las alambradas.</p>
<p>Una de ellas era Remei Oliva, quien recuerda como si fuera ayer el más duro de sus 88 inviernos. “Estaba helada, pero la esperanza de tener a mi hijo fuera de aquel infierno me hacía olvidar todo”, explica Remei en su casa de Gap, en los Alpes franceses. Su mirada aún se enciende cuando recupera el momento en que entró a la casa de tres plantas y, junto al calor de la hoguera, les recibió la “señorita Isabel”, como empezaron a llamarle las madres. “Nos dio la bienvenida con una sonrisa, nos escuchaba y explicaba las cosas. ¡Era la primera vez que alguien nos sonreía en tanto tiempo! Estaba todo limpio, nos daban de comer&#8230; No podía imaginar otro sitio mejor para traer a mi hijo al mundo”. Remei se detiene para describir con precisión su primer despertar en la maternidad. Y sus colores. Los naranjos del jardín</p>
<div class="mceTemp"> </div>
<p>, la hierba, las montañas nevadas en el horizonte, el Canigó en lo más alto&#8230; En el campo de internamiento, triste y gris, no había espacio para el color. De hecho, en su precipitada huida de Barcelona, Remei, modista de profesión,  rescató en el último suspiro una caja llena de hilos de colores que se convirtió en su tabla de salvación en los peores momentos. “No puedo explicar cuánto me emocionaba mirar esos hilos; cuando sentía nostalgia, abría la caja y me ponía a llorar mientras contemplaba esos colores. Nuestro cautiverio carecía de colores. Todo era gris, apagado. Necesitaba mirar dentro de la caja para no hundirme. Y sólo en esa cajita podía encontrar los colores que tanto echaba de menos”. Los ojos de Remei brillan cuando imagina aquella pequeña caja en sus manos. Manos que vuelven a temblar de emoción cuando muestra el dibujo de su barraca en el campo de internamiento que realizó hace unos años en un intento de plasmar sus recuerdos al papel. “Cuando lo vio Elisabeth me dijo que había puesto mucha luz, que las barracas eran más oscuras. Y tenía razón”, explica mientras su mirada vuelve al pasado a través de ese dibujo. La conversación con Remei, y sus silencios, son un viaje a la dignidad de quien ha vivido la miseria más absoluta. Una historia anónima entre tantas. Pero un golpe de suerte cruzó su destino con la Maternidad de Elna.</p>
<div id="attachment_287" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-287" title="maternitat" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/12/maternitat-300x198.jpg" alt="La enferma suiza reformó este edificio para crear la maternidad. Foto: Archivo Municipal de Elna, Pirineos Orientales" width="300" height="198" /><p class="wp-caption-text">La enferma suiza reformó este edificio para crear la maternidad. Foto: Archivo Municipal de Elna, Pirineos Orientales</p></div>
<p>Allí, con Eidenbenz al frente, dos enfermeras suizas, dos cocineras, un médico para casos excepcionales y un equipo de mantenimiento formado por un jardinero, un paleta y un transportista se ocupaban de todo. O casi. Antes de tener al bebé, las mujeres se repartían las tareas domésticas en función de sus capacidades físicas. Un equipo modesto para dar calor a quienes habían padecido un frío mucho más intenso que el de las bajas temperaturas. Mujeres que habían sufrido lo indecible. Un testimonio aterrador de Mercè Doménech, rescatado por Montellà, recoge la máxima crueldad de la tragedia del exilio: “En el campo había una madre que no tenía leche y el niño lloraba de hambre día y noche. Cuando se rendía de tanto llorar, se dormía, y ella le calentaba con su cuerpo. Las mantas aún estaban mojadas de aquellos días tan duros de febrero. Cuando salía el sol, enterraba a su bebé en la tierra hasta que sólo le asomaba la cabecita. La arena le hacía de manta. Pero al cabo de unos días el bebé murió de hambre y frío. Yo estaba embarazada y sólo de pensar que mi hijo nacería en aquel infierno, me desesperaba. Hasta que encontré a la señorita Elisabeth, o mejor dicho, ella me encontró a mí. (&#8230;) El día que nació mi hijo en la Maternidad, no pude reprimir las lágrimas. Todos pensaban que lloraba de emoción, pero sólo yo sabía que lloraba por el niño enterrado en la arena de Argelers”. Junto al drama, también se reproducían episodios que atentaban contra la dignidad de los refugiados. Como las palabras de una niña que, al recordarlas, aún hieren a Remei más de seis décadas después. “Una vez en el campo, una niña con su padre nos miraban detrás de las alambradas. Venían a ver a los rojos. La niña se quejó a su padre: “¡me habías dicho que eran diablos, pero no tienen rabo!”. Sentí tanta humillación&#8230;”.</p>
<div id="attachment_285" class="wp-caption alignleft" style="width: 214px"><img class="size-medium wp-image-285" title="portada" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/12/portada-204x300.jpg" alt="Portada del libro de Assumpta Montellà sobre la Maternidad. Foto: Ara Llibres" width="204" height="300" /><p class="wp-caption-text">Portada del libro de Assumpta Montellà sobre la Maternidad. Foto: Ara Llibres</p></div>
<p>Elisabeth Eidenbenz era consciente de lo que habían pasado esas mujeres. Por eso insistía a sus enfermeras que fueran positivas, que convirtieran la maternidad en un oasis de alegría. Y cuidaba los pequeños detalles. Organizaba fiestas de Navidad, festejaban con sencillez los cumpleaños de las madres, cantaban junto al fuego&#8230; Todo para hacerlas sentir como reinas. “Siempre había buen ambiente. A veces era difícil porque había francesas, españolas, polacas, pero yo les hablaba en español, francés o yiddish –lengua de los judíos alemanes-, y también entendía el catalán”, explica Eidenbenz. Fiel al compromiso de neutralidad de la Cruz Roja Suiza, quien pasó a coordinar la Maternidad, la ex maestra suiza acogió a refugiadas republicanas, gitanas o judías que huían de los nazis. Poco amiga de los elogios, Eidenbenz esquiva con delicadeza la cuestión de si cambiaba los nombres de los niños judíos para esconderlos de los nazis. “No,  yo no camuflé ningún nombre, yo inscribía a los niños como las madres me decían. Si eso era o verdad no lo sé&#8230;”, apunta. Pero la realidad es que, siempre que pudo, ayudó a escapar a decenas de personas de las garras del fascismo. Y arriesgó su vida en el intento, aunque no siempre fuera posible ayudar. La mirada de Eidenbenz se apaga por unos instantes cuando se topa con una imagen del álbum de fotos. “Fue el momento más triste de aquellos años”, susurra mientras señala una foto de una mujer de apenas treinta años. Era Lucie, una joven judía que había visto morir a su bebé en la maternidad.  A los pocos días la vino a buscar la Gestapo. Cuando el oficial alemán le ordenó que hiciera su equipaje, Lucie huyó. El policía pensó que la huida había sido planeada y dijo que si Lucie no volvía, sería la propia Eidenbenz quien ocuparía su lugar. La joven directora sólo tardó cinco minutos en hacer la maleta y, después de dar las ordenes a sus colaboradores para que siguieran adelante, se puso a disposición del oficial. “No podía poner en peligro la Maternidad ”, confesaría más tarde. “En el último momento –recuerda- apareció de nuevo Lucie. Se fue con la Gestapo para salvarme la vida a costa de la suya”.  </p>
<p>La humanidad que transpiran las palabras y gestos de Eidenbenz no se olvidan con el paso de los años. Conchita Vila, de 90 años, se estremece al otro lado del teléfono al reconstruir su paso por la Maternidad, en septiembre del 41. A pesar de que le duela recordar. “Se tiene que decir lo que hizo, y lo que pasó. Si no la juventud no sabrá nada. Hay que explicarlo. Todos los que se han enterado de lo que hizo, han llorado. Porque se tiene que llorar”. Un agradecimiento similar se desprende de la conversación con Antoni Pou, que abrió los ojos en la mansión de Elna hace 63 años. “Elisabeth es una lección de generosidad, honradez y sencillez. Merece todos los homenajes habidos y por haber”, sentencia. Todos los niños de Elna conocieron a Eidenbenz a través de las palabras de sus madres. Ninguno la recuerda en persona. Pero no hace falta. Uno de ellos, Sergi Barba, presidente de FFREE (Fills i Filles Republicans d’Èxode Espanyol) regala la que es quizás la mejor muestra de gratitud para la ex directora suiza: “En la maternidad de Elna mi madre me dio la vida y Elisabeth Eidenbenz la confianza en el género humano”.</p>
<p>Desde que el ejército nazi obligó a clausurar la maternidad en 1944, Eidenbenz ha mantenido contacto por carta con algunas de las madres e hijos de Elna. Aunque ella, incansable, hubiera querido seguir.  “Cuando vinieron los nazis a cerrar la maternidad ya pensaba que podía ocurrir. Sabíamos como iba la guerra. Por eso intenté buscar otra casa y encontré una, que no estaba tan bien, pero los alemanes no nos dejaron. La zona se había vuelto insegura, la atmósfera era muy pesada para nosotros también”, comenta. Tras bajar por última vez las escalinatas de la mansión de Elna, continuó ayudando al norte de Francia y, más tarde, en su Suiza natal. Nunca más ejerció de profesora.</p>
<div id="attachment_289" class="wp-caption alignleft" style="width: 293px"><img class="size-medium wp-image-289" title="e_ eidenbenz" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/12/e_-eidenbenz-283x300.jpg" alt="597 bebés nacieron en la casa de Elna. Foto: Archivo personal Elisabeth Eidenbenz." width="283" height="300" /><p class="wp-caption-text">597 bebés nacieron en la casa de Elna. Foto: Archivo personal Elisabeth Eidenbenz.</p></div>
<p>Hoy, tras 60 años de silencio, llega el reconocimiento a su tarea. El pasado septiembre, se le otorgó la Creu de Sant Jordi. Cuatro años antes, el Gobierno de Israel le galardonó con la medalla de los Justos de Naciones. Pero tanto premio sorprende a Eidenbenz. Los recibe agradecida, pero le quita importancia a su proeza. “Ya es demasiado honor el que me dan. Tuve siempre comadronas y enfermeras y ayudantes conmigo, yo sólo hice lo que debía”, insiste mientras camufla una media sonrisa de quien recibe los elogios de buena gana pero con cierta distancia. Su modestia no es fingida. Remei Oliva, quien se cartea con la ex directora a menudo, lo sabe bien. Cuando Remei le enseñó hace unos años su más preciado tesoro, una vieja aguja para coser que su marido le había fabricado con trozos de la alambrada del campo, la reacción de Eidenbenz le conmovió. “Se sintió culpable por no haber pensado que necesitábamos agujas, telas o hilos en el campo de refugiados. Que podría habérnoslas hecho llegar de algún modo. Me dijo que había fallado. ¡Una persona que salvó a tanta gente y se sentía culpable por esas agujas! Esas palabras me hicieron llorar”, apunta con una mezcla de congoja y admiración, hecha un nudo, en la garganta.</p>
<p>Casi 67 años después de aquel primer viaje en furgoneta para recoger a las primeras madres, Eidenbenz descansa en su casita de Rekawinkel, rodeada de montañas y bosques. Desde un rincón de la sala de estar, Yetti, su compañera de toda la vida, sonríe feliz mientras observa como reconocen la labor de su amiga. Quizás ella es la responsable de que todos los premios que recibe estén perfectamente ordenados sobre un pequeño escritorio de madera. En uno de ellos, la medalla de los justos, una inscripción grabada reza la mejor definición de la bondad de Eidenbenz: “Quien salva una vida, salva a la humanidad”.  </p>
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<p><strong>La “otros” héroes anónimos </strong></p>
<p>A medida que le llueven los elogios, Elisabeth Eidenbenz marca distancias. Rehuye el papel de heroína. “Yo no hice nada sola, sólo fui una pieza más”, insiste. Y sabe de qué habla. El rigor de la posguerra obligaba a unir esfuerzos para ayudar. Decenas de personas anónimas pusieron su granito de arena para mitigar en lo posible la falta de previsión del Gobierno francés. Sin ni siquiera esperar reconocimiento. Una de ellas fue la enfermera suiza Friedel Bohny-Reiter, el “auténtico brazo derecho de Elisabeth”, según la historiadora Assumpta Montellà. Su figura siempre permaneció a la sombra del de Eidenbenz. Hace casi 70 años y ahora también. De 1941 a 1942, Bohny atendió a refugiados españoles, judíos y gitanos en el campo de Rivesaltes. Apenas hay textos sobre ella. “Es la gran olvidada de la historia de la Maternidad de Elna”, asegura Montellà. Rodeada de miseria, en una austera barraca de Rivesaltes, la joven enfermera suiza cuidaba a enfermos, atendía a embarazadas antes de enviarlas a la maternidad y protegía a los niños huérfanos que deambulaban solos por las playas. Salvó muchas vidas. Sus vivencias están recogidas en su amargo diario personal “Journal de Rivesaltes (Edition Zoé, en francés), que la cineasta suiza Jacqueline Veuve transformó en documental en 1997. Sus palabras, con un crudo testimonio de las penurias con las que tuvo que luchar en los campos del exilio. “Nos hemos encontrado –escribe en agosto de 1942- a personas en un estado miserable. Unos desesperados, rotos, otros irritados por el suplicio de tanta espera. Tentativas de suicidio. Algunos engullen lo primero que encuentran. Botes enteros de somniferos»… </p>
<p>Pero los ejemplos de buen corazón no acaban en la joven Bohny. La lista es tan larga como desconocida en la mayoría de casos. Como el escritor y militante de la resistencia Albert Vidal quien, en 1939, convirtió su casa de Mazamet en un hospital para los internos de los campos de concentración. O incluso algunos a quienes el tiempo borró sus nombres. Como un grupo de pescadores de Banyul, que salvaron a decenas de refugiados cuando, desesperados trataban de huir de los campos lanzándose al mar. Incluso hubo pueblos enteros que cayeron injustamente en el olvido. Como el más meridional de Francia, Lamanère que ante la marea de exiliados que atravesaba las montañas nevadas ofreció una muestra de solidaridad en plural. Desafiando las bajas temperaturas, sus menos de cien habitantes fueron al encuentro en la misma montaña de quienes huían del fascismo. Con los más pequeños a hombros, ofrecieron alojamiento, mantas secas y sopa caliente. “El pueblo de Lamanère es el paradigma de pueblo francés que ayudó en lo que pudo, y que se lamentó de la vergonzosa imprevisión del Gobierno francés”, sentencia Montellà.</p>
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