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	<title>Xavier Aldekoa &#187; Mali</title>
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	<description>Blog de África</description>
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		<title>El desierto del miedo</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Jun 2010 09:53:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Reportajes especiales]]></category>
		<category><![CDATA[Al Qaeda]]></category>
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		<category><![CDATA[cooperantes]]></category>
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		<description><![CDATA[Publicado en el Magazine el 23/05/2010. Malí. Texto: Xavier Aldekoa. Fotos: Kim Manresa.
Tombuctú, Septiembre de 2004. Las callejuelas de arena del Sáhara de la ciudad de los sabios se revuelven de calor mientras un puñado de mercaderes descarga mangos de un camión desvencijado. Uno de los jóvenes lanza una pieza de fruta al curioso extranjero [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Publicado en el<a href="http://www.magazinedigital.com/reportajes/internacional/reportaje/pageID/2/cnt_id/4589"> Magazine</a> el 23/05/2010. Malí. Texto: Xavier Aldekoa. Fotos: Kim Manresa.</p>
<p><a href="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/05/mali.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-461" title="mali" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/05/mali-300x200.jpg" alt="mali" width="300" height="200" /></a>Tombuctú, Septiembre de 2004. Las callejuelas de arena del Sáhara de la ciudad de los sabios se revuelven de calor mientras un puñado de mercaderes descarga mangos de un camión desvencijado. Uno de los jóvenes lanza una pieza de fruta al curioso extranjero y un guiño de ojo por sonrisa. Se limpia las manos sucias en la camiseta y es entonces cuando emerge la imagen: el pecho del joven está ocupado por la silueta amenazante de un avión Boeing 767, la figura de las torres gemelas de Nueva York y un enorme rostro de Bin Laden.</p>
<p>Tombuctú, Junio de 2009. Cuatro miembros de Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI) aparcan un 4&#215;4 frente al hogar del lugarteniente coronel Lamana Ould Cheick, figura clave en la lucha contra Al Qaeda y hábil negociador en varios casos de secuestros de occidentales. Dos de los terroristas se plantan frente al oficial y, a sangre fría, le descerrajan dos cargadores de AK47. Dos días después, miles de ciudadanos acuden al entierro y el ejército de Malí califica el ataque como un casus belli: un acto de guerra.     <span id="more-460"></span>  </p>
<p>Tombuctú, Mayo de 2010. Amahde Dekhu se recoloca su turbante tuareg antes de responder. Busca transporte para cubrir el último centenar de kilómetros de polvo y desierto para llegar a la ciudad de los 333 santos pero, mientras, accede a analizar la situación de una zona que conoce como la palma de su mano. Es parco en palabras porque no hacen falta. Por respuesta abre sus cinco dedos con la palma perpendicular a su cuerpo y la balancea con un pausado movimiento de muñeca. “Las cosas no están muy bien, Al Qaeda vive en el desierto y es peligrosa para vosotros”, dice finalmente. A trescientos metros, dos militares armados con kalashnikovas se acomodan en el todoterreno que debe llevar al Magazine al norte del país. La región de Tombuctú, junto a las de Gao y Kidal, es una zona declarada como de “muy alto riesgo de secuestro” según la embajada española en el país africano. Aunque el gobierno de Malí rebaja la alarma y sitúa el riesgo sólo en el desierto, fuentes diplomáticas europeas exhortan a sus ciudadanos a evitar las regiones del norte del país a toda costa, incluidas sus capitales, y reiteran que la facción de Al Qaeda supone una seria amenaza para cualquier occidental que visite la zona.</p>
<p><a href="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/05/mali2.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-462" title="mali2" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/05/mali2-300x200.jpg" alt="mali2" width="300" height="200" /></a>Aunque la mayoría de los atentados de AQMI se producen en el norte de África, la banda terrorista ha encontrado en la franja sahelo-sahariana, a caballo de Mauritania, Malí, Algeria y Níger, un refugio inmejorable para su cuartel de operaciones. Una eternidad de dunas y arena con fronteras difuminadas –y  suficientemente alejadas de la zona de control del ejército algeriano-, que permiten ocultarse y buscar financiación a golpe de tráfico de drogas o secuestro de occidentales. El modus operandi sigue un patrón común: la mayoría de los asaltos se producen en zonas apartadas de Mauritania o Níger y se pasa inmediatamente a los rehenes a algún punto inconcreto del desierto entre Malí, cerca de Algeria. Luego se procede a negociar durante meses un rescate económico o el intercambio de los rehenes por presos. O ambas cosas. El molde resulta familiar. Al cierre de esta edición, los españoles Albert Vilalta y Roque Pascual, secuestrados el 29 de noviembre en Mauritania, cumplían más de cinco meses como rehenes en algún lugar del desierto de Malí. De acuerdo a la lectura radical del ideario yihadista, las víctimas son consideradas botín de guerra, aunque tienen bastantes posibilidades de acabar bien siempre que se acceda a las pretensiones de AQMI. Lo contrario puede ser fatal. El año pasado, la franquicia en el desierto de Al Qaeda propuso al premier inglés, Gordon Brown, la liberación de un rehén británico a cambio de la de un clérigo radical jordano convicto por terrorismo en el Reino Unido. La negativa del gobierno de las islas acabó con un escueto comunicado en una web islamista en la que se anunciaba la ejecución del secuestrado.</p>
<p>Pero que AQMI despliegue sus campos de entrenamiento y mueva a sus rehenes por las zonas muertas de algunos de los estados más polvorientos del mundo no los convierte en una banda de cuatro desarrapados.</p>
<p><a href="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/05/mali3.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-463" title="mali3" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/05/mali3-300x178.jpg" alt="mali3" width="300" height="178" /></a>De camino a Gao, al sargento Koné apenas le hace falta una taza de té dulce al caer la noche en el puesto policial de Homboriri para desatar su lengua e ilustrar la situación. Durante quince meses estuvo destinado en Tombuctú en los que se enfrentó a cara de perro con Al Qaeda en una lucha desigual. Recuerda perfectamente el día del asesinato del coronel Lamana porque ese día, dice, fue consciente del potencial real de su enemigo: “Lo acribillaron y luego desaparecieron como un rayo con un vehículo con las ruedas más grandes que he visto en mi vida. Parecía que apartaba la arena como si fuera un barco por el agua. Llegaron a lo alto de una duna que domina la ciudad, dispararon varias ráfagas al cielo y desaparecieron. Se reían de que les intentáramos seguir”, explica. Durante el día, Koné, que ya descuenta su edad de los cuarenta, se pelea con el calor bajo la sombra de un techo de paja y la ayuda de un ventilador oxidado. Ha recibido órdenes de pedir los papeles a cualquier coche que pase por la carretera tras el secuestro el 21 de abril pasado de un francés y su chófer argelino en Níger, junto a la frontera de Malí. Koné insiste que el ejército no puede bajar la guardia. A diez metros, unos cuantos bidones destrozados, un par de neumáticos gastados y unas piedras hacen de barrera en la carretera y refuerzan con su triste presencia las palabras de Koné. “(Los terroristas) iban muy bien equipados, con buenos AK47 y buena tecnología. Nuestro ejército y policía no tiene muchos recursos, tenemos 4&#215;4 pero cuando nosotros hemos hecho veinte metros por la arena, ellos ya hace rato que se han esfumado. Además, colocan minas antipersona en el camino cuando les perseguimos y tenemos que parar y detectarlas con aparatos especiales para no saltar por los aires”, lamenta.</p>
<p>Desde Bamako y las altas esferas de las fuerzas armadas malíes se repite insistentemente un mensaje de calma. Se limita la amenaza al desierto y relativiza el peligro dentro de las ciudades hasta casi el absurdo. “Es más fácil que les secuestre Al Qaeda en Madrid que en Malí”, llegó a señalar el coronel jefe de la región de Mopti, Brehima Sabely.</p>
<p>En muchas ocasiones, la amenaza de Al Qaeda es invisible en las ciudades y la inquietud sólo se percibe en los detalles. Cuando nuestro todoterreno se aproxima a la ciudad de Gao, a un centenar de kilómetros del lugar donde secuestraron al francés Pierre Camatte a finales del año pasado, el teniente Tienegué Traoré se pone serio en el asiento de copiloto del vehículo. “A partir de aquí, hacia el norte la situación no es un poco más seria, es la seriedad”, dice. Pese a azuzar los sentidos de precaución, rechaza que el resto de Malí sea un lugar poco recomendable. Ni siquiera acepta que en las ciudades del norte haya nada que temer, aunque sus palabras no inviten al sosiego. “Al Qaeda no ha conquistado Malí, ni tampoco Mauritania o Níger. Opera en la banda Saheliana, que es enorme y no hay nada. Es como querer controlar la luna, es imposible saber la posición real de los terroristas, tampoco los europeos o americanos lo saben”, explica justo antes de explotar. “¿Se dan cuenta de cuantos millones está perdiendo Malí por culpa de esas informaciones exageradas? Las principales víctimas de Al Qaeda somos nosotros”.</p>
<p><a href="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/05/mali4.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-464" title="mali4" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/05/mali4-300x200.jpg" alt="mali4" width="300" height="200" /></a>La queja encendida de Traoré no es gratuita. Ante el aumento de la presencia de Al Qaeda y rehenes europeos en su desierto, el resto del país se ahoga por la sequía de turistas que ha herido de muerte a una fuente de ingresos vital en uno de los países más acogedores -y pobres- de África. Aunque por razones de seguridad ningún estado admite pagar rescates, se calcula que la banda terrorista recaudó unos 10 millones de euros en 2009 con el negocio de los rehenes. Más que todo Malí en turismo.</p>
<p>El problema es que las advertencias no sólo llegan por vías oficiales y ya se filtran entre la población. Karim, Mohammed y Bir recogen al vuelo el acento del extranjero sediento en su abarrotada tienda de comestibles del mercado de Gao. Exageran su indignación por la marcha de Eto’o del Barça aunque juran amor eterno al equipo de Guardiola. También regalan prudencia. “Vigilad no ir solos por las afueras, en la ciudad de Gao estáis seguros, pero a los alrededores mejor no vayáis; os podrían secuestrar, que ahora los blancos valéis mucho dinero”, aconseja Karim como despedida. Dos calles más allá, Mahmmed Meïga vende bolsas de cuscús con desparpajo y, pese a todo, extraña que hable abiertamente de Al Qaeda ante un extraño. Pero lo hace. Dice que la ciudad es un lugar tranquilo para los turistas, porque “esa gente” vive en el desierto. No le gusta que se hayan instalado en Malí porque no traen nada bueno para el país pero, sin embargo, bebe los vientos sin reparos por Bin Laden. “Atacó a los americanos y eso está bien; la gente tiene miedo a decirlo, pero a mí no me gustan los americanos, si estuviera un americano aquí creería que sabe más que tú y que yo, ellos son así. Bin Laden está bien”, apunta con una gran sonrisa.</p>
<p>Muchos ciudadanos malíes aseguran tener más miedo del hambre que del terrorismo. El primero es mucho más sencillo que detectar: sólo hace falta un leve rugir de tripas. A menudo, la amenaza de la banda terrorista es invisible y aguarda agazapada para asestar un golpe letal. Pero el miedo a Al Qaeda no es una sólo cuestión etérea. En febrero, el Festival du desert de Tombuctú se celebró por primera vez, y como medida de seguridad, dentro de la ciudad y no en el desierto, como venía ocurriendo desde hace una década. También los gobiernos han dado pasos al frente. A finales de abril, los presidentes de Algeria, Malí, Míger y Mauritania acordaron echar a rodar un cuartel general militar y estratégico, con base en Algeria,  para combatir a Al Qaeda.</p>
<p>Si no se ataja el problema, hay riesgo de que la situación empeore y quede fuera de control.  </p>
<p>Según fuentes de la inteligencia española en África Occidental, aunque los cuarteles de AQMI están localizados al norte de Malí, es más al sur, en el área imaginaria que une las ciudades de Tombuctú, Gao y Nidal, además de la extensa zona fronteriza de Níger y Mauritania donde el occidental se ha convertido en un negocio jugoso para cualquiera dispuesto a empuñar un arma. Para un experto en el área de África Occidental, con varios años de trabajo en la región, y que habla bajo petición de anonimato, “algunas bandas de delincuentes comunes buscan secuestrar a blancos para luego vendérselos a Al Qaeda. De hecho, cuando eso ocurre, los cuerpos de inteligencia europeos intentan negociar primero con ellos antes de que los rehenes caigan en manos de los terroristas. Ya ha ocurrido una vez”, asegura.</p>
<p>Hay tres puntos clave de protección: No ser de detectable, predecible ni aislable. Si se incumple alguno de estos puntos, se considera que el visitante occidental en la zona está en riesgo. “En el caso de la caravana solidaria a la que pertenecían los secuestrados catalanes, eran fácilmente detectables y predecibles porque decían incluso cuándo y dónde iban a estar cada día; en principio eran difícilmente aislables, hasta que consiguieron apartar a un coche del convoy”, explica.  </p>
<p><a href="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/05/mali5.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-465" title="mali5" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2010/05/mali5-300x200.jpg" alt="mali5" width="300" height="200" /></a>El ejército de Malí prefiere calificar de poco menos que majaderías los temores que apuntan a que las ciudades sean un avispero de espías en busca de europeos. Uno de los principales responsables del ejército del país, en el mando de  operaciones de la misión Djiguitugu, de combate contra Al Qaeda y los grupos rebeldes del norte, no quiere subestimar a su enemigo, pero no cree que la banda disponga de una red de informadores por la que perder el sueño. Prefiere centrarse en cómo atacar su espina dorsal, en los campos del norte. “Trabajamos con los americanos, que nos apoyan en misiones en el desierto y nos ayudan con entrenamientos específicos; con la experiencia que tenemos después de luchar varios años con los rebeldes del norte y la ayuda externa, les haremos frente”, asevera.</p>
<p>Según el imán de la imponente mezquita Tombeau des Askia, construida en 1495 en Gao, pueden contar con las autoridades religiosas de la ciudad para hacer frente a la amenaza de Al Qaeda. En una oscura y calurosa habitación de barro, el imán Moussa Ali no deja resquicios a su posición. “La religión musulmana dice que a quien mata hay que matarlo y a quien roba hay que cortarle la mano. Los terroristas no son más que delincuentes y el Islam los condenará”, explica. Al preguntarle si ha tenido algún problema con el extremismo religioso, niega dos veces. “No hay extremismo en Malí, no sé nada de todo eso”, concluye. </p>
<p>La conversación con el imán hace las veces de despedida de Gao. Aunque por poco. Al salir de ciudad, uno de los neumáticos del 4&#215;4 salta por los aires y hay que parar a cambiarlo. En un suspiro, y pese a los continuos mensajes de calma de la policía y el ejército local, los dos soldados se sitúan uno a cada lado de la carretera como medida poco disimulada de precaución. Más allá de la pista, se abre el desierto. No nos movemos muy lejos del asfalto. Entre las dunas, bajo la arena para huir del calor abrasador, dormita el escorpión rojo del Sahel. Es imposible verlo desde la superficie, pero acecha agazapado para atacar con su picadura letal.</p>
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		<title>Diario a las puertas del desierto</title>
		<link>http://www.xavieraldekoa.com/2009/10/17/diario-a-las-puertas-del-desierto/</link>
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		<pubDate>Sat, 17 Oct 2009 20:55:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Reportajes especiales]]></category>
		<category><![CDATA[Caillié]]></category>
		<category><![CDATA[Mali]]></category>
		<category><![CDATA[Tombuctú]]></category>

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		<description><![CDATA[En 1828, el francés René Caillié se convirtió en el primer hombre blanco en entrar y salir vivo de Tombuctú, una ciudad perdida en el desierto que las viejas leyendas llenaban de oro y riquezas. A partir de su diario de viaje, el Magazine ha recorrido parte del itinerario del explorador francés y 
se ha adentrado en un país, Mali, que permanece ajeno al paso del tiempo.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Publicado en el <a href="http://www.magazinedigital.com/buena_vida/reportajes/reportaje/cnt_id/1490/pageID/1">Magazine</a>. Texto: Xavier Aldekoa Fotos: Llibert Teixidó</p>
<div id="attachment_29" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-29" title="Mercado de Yenné" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/10/Mercado-de-Yenné-300x200.jpg" alt="Mercado en Yenné frente la Gran Mezquita. Caillié la describió como un templo &quot;toscamente construido y abandonado a miles de nidos de golondrinas en sus muros&quot;" width="300" height="200" /><p class="wp-caption-text">Mercado en Yenné frente la Gran Mezquita. Caillié la describió como un templo &quot;toscamente construido y abandonado a miles de nidos de golondrinas en sus muros&quot;</p></div>
<p>La historia de una de las mayores exploraciones de todos los tiempos empieza en una panadería. El olor a pan fresco, recién hecho, cortaba como una navaja los recuerdos de un jovencísimo René Caillié cada vez que entraba en la boulangerie del pueblecito francés de Deux Sèvres, cerca de Poitiers. Su padre, panadero de profesión, en un torpe intento de cambiar por sábanas de seda su destino de trapo, había cometido un pequeño robo y dio con sus huesos en la cárcel. Padre e hijo nunca se conocieron. Murió en la celda cuando René tenía 9 años. Tres años después, falleció su madre, y René quedó huérfano. Así que, harto de su tragedia con aromas de harina y levadura, escapó. <span id="more-28"></span>Él quería ser como los héroes de los libros de aventuras que devoraba cada tarde. Y en la Francia de principios del XIX, los marineros explicaban a quien quería oírlas infinidad de leyendas de sus viajes por tierras lejanas. Una de ellas fascinó a Caillié: una ciudad llena de riquezas, con calles pavimentadas de oro, permanecía perdida en el desierto. Jamás un blanco la había visto, pero, juraban, la ciudad existía. Un mapa del siglo XIV, que mostraba a un rey negro con una enorme pepita de oro en la mano a las puertas del Sahara, daba fe del mito de la ciudad de Tombuctú. Ese nombre evocador se quedó grabado en la mente del joven René Caillié, que se prometió hallar ese lugar a toda costa. Con 60 francos en el bolsillo y 16 años recién cumplidos, zarpó hacia África.<br />
“Así fue entonces y así es hoy, los blancos vienen a descubrir lo que está aquí desde siempre”, dice Cissé, de 17 años, y su voz queda camuflada por un viejo motor que ruge con violencia y hace avanzar lentamente nuestra pinaza, una canoa de madera de 25 metros llena hasta arriba. Cientos de sacos de arroz y carbón, fardos de algodón, bloques de sal, telas, gallinas, una motocicleta&#8230; Todo se amontona con ordenado caos en estas rudimentarias embarcaciones, transporte principal de miles de malienses hacia Tombuctú. Así fue hace doscientos años y así es hoy. Como si el tiempo se hubiera detenido en uno de los países más pobres del mundo. El 23 de marzo de 1828, René Caillié también se subió en una pinaza similar a las afueras de Yenné y descansó sus maltrechos huesos entre sacos parecidos en su odisea hacia Tombuctú. Lo dejó todo escrito en su diario de viajes, cuyas páginas guiarán, dos siglos después, esta breve incursión en la realidad maliense. “La gran piragua estaba cubierta de esteras, cargada de arroz, de millo, algodón, telas y otras mercancías. La embarcación parecía muy frágil, unida con cuerdas, soportaba cerca de 60 toneladas de peso”, escribió Caillié. Durante nueve días, mi navegación sobre el Níger se convertirá en un viaje en el tiempo y el espacio de la mano de los textos del explorador francés.</p>
<div id="attachment_30" class="wp-caption alignright" style="width: 212px"><img class="size-medium wp-image-30" title="niger" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/10/niger-202x300.jpg" alt="&quot;La pinaza estaba cubierta de esteras, cargada hasta arriba y, aunque parecía frágil, soportaba 60 toneladas&quot; (René Caillié, Voyage à Tombouctou) " width="202" height="300" /><p class="wp-caption-text">&quot;La pinaza estaba cubierta de esteras, cargada hasta arriba y, aunque parecía frágil, soportaba 60 toneladas&quot; (René Caillié, Voyage à Tombouctou) </p></div>
<p>Me despierta de mis ensoñaciones el pequeño Omar, de apenas 11 años, pero que, si le preguntas, miente descaradamente y dice tener 18. Viste una camisa raída del Chelsea que hace tiempo que dejó de ser azul. “Tubabu, aquí, tubabu, aquí”, dice mientras señala un hueco entre dos sacos. Tubabu, hombre blanco en lengua bambara, es el bautizo de los malienses a cualquier turista o viajero. Omar sonríe, desaparece de un salto y vuelve a los pocos segundos con una estera de paja que despliega en lo que será mi hogar los próximos días. La sonrisa de Omar me traslada en el tiempo: “La hospitalidad de sus gentes es infinita. Cuando llego al poblado, se desviven por mi comodidad. Dicen: ‘Debes de sufrir mucho, no estás acostumbrado a hacer una ruta tan dura’, van a buscar hojas y me preparan una cama”, subrayaba Caillié en su diario. Las cosas no han cambiado desde entonces. La hospitalidad de los malienses, que tanto sorprendía a nuestro explorador, sigue intacta en miles de sonrisas como la de Omar.</p>
<div>Pero en la aventura de Caillié no sólo hubo sonrisas. Muchos murieron en una carrera fratricida entre Francia y el Reino Unido por llegar primero a Tombuctú. Incluso el famoso explorador escocés Mungo Park, acompañado de 40 soldados británicos, sucumbió a las fiebres y la disentería –y a su soberbia colonialista– y murió en el Níger atacado por tribus locales. Los infieles no eran bien recibidos en la ciudad sagrada de Tombuctú. Pero Caillié se preparó a conciencia. Estudió árabe en Senegal durante nueve meses, se cambió el nombre –Mohamed Abdallah (esclavo de dios)– y se hizo pasar por musulmán. Con un turbante como único pasaporte y convencido de que el estudio de lo desconocido no tenía por qué hacerse con tanto ruido, Caillié emprendió un extraordinario viaje con el arrojo de quien va al encuentro de su sueño. El gobierno francés había prometido 10.000 francos de recompensa a quien trajera noticias de la ciudad, pero eso a Caillié le traía sin cuidado. “Muerto o vivo, lo conseguiré; si yo no sobrevivo, mi hermana recogerá el dinero. No propiedad incontestable: el mérito de haber hecho todo yo solo”, escribe justo antes de partir de Boké, en Guinea. Durante un año se internó en el corazón de África, aprendió las formalidades de saludo africanas, el rito del té o la comida en común y admiró el bullicio de los mercados o la majestuosidad de los baobabs. Sus textos de viajes son aún hoy una descripción exacta y humana de la vida africana, inalterable al paso del tiempo. Y esa África que se asoma a las páginas de Caillié se presenta también, casi intacta, ante el somnoliento paso de nuestra pinaza. Es época de sequía, y la barriga de la barcaza topa a menudo con el arcilloso lecho del Níger. La tripulación despliega entonces unas largas pértigas de caña para deslizarla unos metros hacia delante. Sin prisa.</div>
<div id="attachment_31" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-31" title="La mirada del explorador" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/10/5220-300x200.jpg" alt="&quot;Me quedé fascinado de la cantidad de gente que había en el mercado de Yenné, donde se vendía todo lo necesario  en la vida&quot;" width="300" height="200" /><p class="wp-caption-text">&quot;Me quedé fascinado de la cantidad de gente que había en el mercado de Yenné, donde se vendía todo lo necesario en la vida&quot;</p></div>
<p>Luego, cuando el sol de la tarde barniza de naranja el horizonte, todos dirigen su mente hacia La Meca. A nuestro alrededor se suceden escenas que no han cambiado desde hace siglos. La estilizada silueta de un pescador bozo lanza su red circular con precisión de orfebre, mujeres en la orilla trituran mijo en  cuencos de madera, y, no muy lejos, los niños chapotean en el agua o despiden divertidos el paso de la embarcación. Todo parece tranquilo hasta que, de repente, el cielo se cae. “¡Tubabu, sal! ¡Tubabu, rápido!”. Los gritos de Cissé se confunden entre las órdenes del jefe de la pinaza al resto de pasajeros, entre los que hay ancianos y niños. Una roca ha agujereado la embarcación y hay que desalojarla a toda prisa. En pocos segundos se forman filas de hombres y mujeres que transportan, hundidos hasta el cuello, sacos de 75 kilos. Cuando el sobresalto acaba, preparan un té en la orilla y se sientan a esperar. Nada está roto en África: está en proceso de reparación. La pinaza estará lista al anochecer. Caillié fue testigo de la fragilidad de estas grandes barcas, y en su relato describe un naufragio que acabó con varios ahogados.</p>
<div>Horas después, ya con la luna llena mirándose en el Níger, los seis niños que trabajan en la pinaza se reúnen para despedir el día con otro té y soñar despiertos. Cissé me pide que les acompañe. Discuten si es más rico el presidente del país o Kanouté, jugador de fútbol del Sevilla y auténtico ídolo nacional. Todos se ríen y desean en voz alta. En un instante, Omar, uno de los pocos que chapurrean francés, clava su mirada en mí y suelta. “Cuando sea mayor seré el jefe de mi pinaza, navegaré el Níger hasta el mar para ir a España y allí seré rico como Kanouté.” Todos se ríen, menos él.</div>
<div id="attachment_32" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-32" title="Mezquita de Sankoré" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/10/5224-300x200.jpg" alt="“Todos los habitantes de  Tombuctú eran musulmanes entusiastas... la ciudad alberga siete mezquitas, dos de ellas enormes, coronadas por una  torre de adobe” (René Caillié, Voyage à Tombouctou) " width="300" height="200" /><p class="wp-caption-text">“Todos los habitantes de Tombuctú eran musulmanes entusiastas... la ciudad alberga siete mezquitas, dos de ellas enormes, coronadas por una torre de adobe” (René Caillié, Voyage à Tombouctou) </p></div>
<p>Mientras, Caillié sigue acercándose paso a paso al Níger. Sin detenerse jamás, aunque a punto esté de costarle la vida. Antes de alcanzar el Gher-n-igheaen (el río de los ríos en bereber), padeció fiebres, se quedó cojo y contrajo tal escorbuto que el paladar se le deshizo en la lengua. Pero no abandonó. “Después de tres meses de reposo en Timé, la llaga de mi pie estaba casi cerrada, pero ¡Dios santo! Unos violentos dolores me anunciaron que padecía escorbuto, una peligrosa enfermedad que comprobé con horror. Mi paladar se deshizo, varios huesos se despegaron, y mis dientes no se sostenían en sus encías. Me dolía tanto el cráneo que no pude dormir un cuarto de hora en quince días. Para colmo, la llaga de mi pie se reabrió”, explicaba. Su coqueteo con la muerte le llevó casi a la desesperación, pero jamás bajó los brazos. “¿Os imagináis mi situación? –se sincera– Solo en el interior de un país salvaje, durmiendo sobre tierra húmeda, sin otra almohada que un saco de cuero con todo mi equipaje, sin otro médico que la buena voluntad de los negros que, dos veces al día, me traen agua con arroz. Me convertí en un verdadero esqueleto…” Una ligera mejoría fue suficiente para levantarlo de la cama. Débil pero tenaz, caminó durante dos meses más hasta la ciudad de barro de Yenné, que conserva una de las mezquitas más hermosas del mundo. Caillié, impresionado por la belleza de sus calles de adobe y el arco iris de colores de su mercado, frunció el ceño ante la trata de esclavos en la plaza principal. “He visto hombres desnudos pasear su desgracia por las calles de Yenné. Los ofrecían por veinticinco, treinta o cuarenta monedas, según su edad. Yo sufría viendo tal insulto a la humanidad&#8230;”, relata. A diferencia de quienes hicieron de la exploración una pieza del engranaje colonialista, Caillié descubría la inmensidad del otro en cada paso hacia Tombuctú. Quizás por eso no se rindió. O porque casi rozaba con los dedos su objetivo. A partir de Yenné, sólo un duro viaje de cinco semanas por el río le separaba de su sueño. Escondido entre los sacos por miedo a ser descubierto y asesinado por tuaregs, que abordaban las embarcaciones para exigir derechos de navegación, y muerto de hambre, Caillié jamás perdió la esperanza. Se hace difícil comprender cómo pudo soportar un viaje tan demoledor. Aunque se esté acostumbrado a dormir al raso, a partir del tercer día de navegación la espalda reclama una tregua y sueña con una cama de verdad, y no un par de sacos como colchón.</p>
<div>Su tenacidad infranqueable sólo se explica por su entusiasmo por las pequeñas cosas. “El 1 de abril el río creció, no se veía tierra hacia el oeste. El lago Debo se desparramaba como un mar interior, y tres embarcaciones dispararon al cielo para saludar este lago espectacular mientras gritábamos ¡Salam! con todas nuestras fuerzas una y otra vez. No podía volver en mí de la sorpresa de ver en el interior del país tal volumen de agua. Aquello tenía algo de majestuoso”, narra entusiasmado. Efectivamente, el lago Debo quita la respiración. De repente, el Níger se abre y un mar de aguas tranquilas se derrama en las entrañas de uno de los países más secos del mundo. En nuestra entrada al lago, hipopótamos, garzas y martines pescadores dan una solemne bienvenida a la pinaza. Tombuctú está a la vuelta de la esquina.<br />
Pero Tombuctú siempre se resiste a ser hallada. La imagen fastuosa de Kabara, una suerte de puerto fluvial a 15 kilómetros de la ciudad, es el penúltimo paso antes de alcanzarla. Una visión consoladora que el pobre Caillié no pudo ver, oculto entre sa-cos para no ser descubierto, muerto de miedo. Las puertas del desierto también se retuercen ante mí, como si dijeran: “Sé que sigues los pasos de Caillié, no te será tan fácil dar conmi-go”. Exhausto por los nueve días en la pinaza, consigo subirme a un camión de transporte de madera, que me hace un hueco entre los troncos. Casi me parece oír el latido del corazón de Caillié cuando, con el sol a punto de tocar el horizonte, aparece ante mí la anhelada ciudad de Tombuctú. “Por fin divisé –escri-be– la capital del Sudán, objetivo de todos mis deseos. Entrando en esa ciudad misteriosa, objeto de búsqueda de las naciones civilizadas de Europa, se apoderó de mí un senti-miento indescriptible de satisfacción. Jamás había experimentado una sensación igual, mi felicidad era total&#8230;” Pero la ciudad que se desplegaba ante sus ojos no tenía nada que ver con la de la leyenda. No había oro ni riqueza, tan sólo arena y muros que se caían a pedazos. Fue entonces cuando Caillié hizo un esbozo del lugar que desencantaría a muchos europeos. “La ciudad es una masa de edificios de adobe de aspecto penoso. Por todas partes hay inmensas llanuras de arena de un amarillo blanquecino, y el cielo en el horizonte es rojo pálido. La naturaleza es desoladora, reina el más profundo silencio y ni siquiera se oye el trinar de los pájaros”, escupió.</div>
<div id="attachment_33" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-33" title="Tombuctú" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/10/5222-300x200.jpg" alt="&quot;Era como si respirara arena, y yo sólo soñaba en agua, ríos y riachuelos, pero a mi alrededor la aridez era absoluta&quot; " width="300" height="200" /><p class="wp-caption-text">&quot;Era como si respirara arena, y yo sólo soñaba en agua, ríos y riachuelos, pero a mi alrededor la aridez era absoluta&quot; </p></div>
<p>Tombuctú se resiste a morir desde hace siglos. Hoy es un espejismo fúnebre de lo que fue. Calles de arena infestadas de orines, edificios decrépitos, calor abrasador, tuaregs que venden su alma&#8230;, pero las puertas del desierto no son sólo un lugar. Destino durante siglos de caravanas que traían oro y plata del sur y telas y especias del norte, la ciudad labró su leyenda gracias a la tradición oral. Todos oían que la riqueza iba a Tombuctú. Poco queda de sus tiempos de esplendor, allá por el siglo XIV, como centro de intercambio comercial. Su visión desoladora desalienta hoy a muchos viajeros que, pese a todo, llegan cada año atraídos por el magnetismo de este confín del mundo. El hechizo de la leyenda pervive en Tombuctú. Incluso se puede visitar la casa que habitó el francés durante los 15 días que vivió en la ciudad. No quiso quedarse más. Prefirió atravesar el Sahara antes que volver por sus pasos, porque “muchos preferirán poner en duda mi viaje a Tombuctú, mientras que si regreso por los estados de Berbería, la mera mención del punto al que he llegado reducirá al silencio a los más malignos”, escribió. <br />
La crudeza del desierto se cebó en él. Soportó tormentas de arena y una sed tan terrible que le impedía dormir. “Era como si respirara arena, no hacía más que soñar en agua, en ríos y riachuelos, pero la aridez era absoluta, ni una sola brizna de hierba a la vista”, escribe. El calor azotó con tanta fuerza a la caravana que fue testigo de situaciones desesperadas: “¡Presos de una sed ardiente, algunos mataron a un camello para beber el agua de su estómago!”, relata. De nuevo su entusiasmo le salvó la vida. A su llegada a Rabat, sin embargo, sufrió un enorme desengaño cuando el cónsul francés, tomándole por un vagabundo, no se creyó su historia. Abatido y débil, caminó hasta Tánger, donde, por fin, tomó un barco hacia Francia. Recibido como un héroe, alcanzó la gloria y el reconocimiento público al serle concedida la orden de Caballero de la Legión de Honor. Pero la publicación de su diario de viaje fue un absoluto fracaso. A los lectores no les gustó la pobre descripción de Tombuctú. Preferían continuar creyendo el mito de ciudad de oro. Desencantado, murió en 1838 solitario y triste.<br />
“A Tombuctú no se puede ir, hay que llegar, ganársela”, me dijo un tuareg en la mezquita de Sankoré, la más bonita de la ciudad. Y Caillié, convencido de que la posibilidad de realizar su sueño es lo que le hizo realmente humano, se ganó esa ciudad más que nadie.</p>
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		<pubDate>Tue, 23 Dec 2008 20:48:38 +0000</pubDate>
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<p>“Cuando sea mayor, seré el jefe de mi propia pinaza, recorreré el río Níger hasta el mar y llegaré a España. Una vez allí, ganaré mucho dinero y seré rico”. Cuando cae la noche y la embarcación se detiene a la orilla del río, Omar acostumbra a soñar en voz alta mientras toma té en la parte trasera de la pinaza junto a sus compañeros de trabajo, niños-adolescentes como él. A veces, los demás se le unen en sus sueños y dibujan su futuro entre las bromas y risas de sus compañeros. Omar no llega a los once años de edad pero, si se le pregunta, miente descaradamente y asegura tener dieciséis o más. Tiene la nariz ancha, la piel oscura y viste un desgastado chaleco naranja con el escudo de la federación brasileña de fútbol en el pecho. De vez en cuando también viste una vieja camiseta que hace tiempo que dejó de ser blanca. Omar es analfabeto y trabaja en una barcaza en el río Níger, en Malí, desde hace dos años. Cuando deja de achicar el agua que se filtra por decenas de agujeros, Omar suele descansar en una pequeña canoa atada junto a la pinaza. Allí da rienda suelta al niño que nunca ha dejado de ser.<span id="more-20"></span> Hoy Omar no baila, tampoco roba disimuladamente frutos secos de los sacos de mercancías. Hoy Omar está feliz porque ha encontrado un tesoro. Flotando por el Níger, ha llegado hasta la pinaza una pequeña sandalia. Está gastada y apenas sobrepasa unos milímetros la palma de su mano. Mientras sonríe, busca alambres perdidos por el suelo de la embarcación, los corta, y los clava en su pequeño tesoro. Poco a poco, construye un diminuto mástil de alambre y unos alargados remos a los lados de la sandalia. Corta un trozo de tela vieja de un saco y la convierte en una vela al frente de lo que ya ha dejado de ser una sandalia para convertirse en un magnífico velero. Omar sigue concentrado y sonríe. Pero falta algo. Levanta la cabeza y repasa el suelo de la pinaza. Recoge unos trozos de cuerda roída y un pedazo de madera. Sus manos, ágiles, fabrican en un visto y no visto todo un capitán de barco. Lo clava suavemente en la sandalia, alarga los brazos para ver su velero acabado y sonríe. “¡Omar!”. Un grito le despierta de su viaje de ilusión por océanos lejanos. Debe volver a trabajar. Mira a su barco de nuevo. Alarga el brazo y lo deja caer suavemente en el río. Se queda observándolo unos segundos cuando se lo lleva la corriente río abajo. Mientras se aleja, levanta el brazo y hace un tímido gesto de despedida. En ese momento se gira y por primera vez se da cuenta de que le estoy observando. Sin dejar de sonreír, se encoge de hombros, coge un cubo de plástico y regresa a su lugar de trabajo. Vuelvo la mirada y veo como el barquito sigue alejándose allá a lo lejos. Estamos en pleno verano en Malí, pero me da la sensación de que en la ilusión de Omar se esconde aquello que, para mí, da sentido a la Navidad. Feliz Navidad, Omar.</p>
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