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	<title>Xavier Aldekoa &#187; Nepal</title>
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		<title>Carreras sin reloj</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Nov 2009 18:25:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Reportajes especiales]]></category>
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		<description><![CDATA[Publicado en el Magazine el 13/09/2009.
Por la mañana faltaba Fran. En el campamento de jaimas desparramado en mitad del Sáhara todos están inquietos por este andaluz cuarentón de mirada honesta y sonrisa tímida. Ya debería haber llegado. La mayoría no le conocían de nada cuando, cinco días atrás, retaban a lo imposible en la línea [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Publicado en el <a href="http://www.magazinedigital.com/reportajes/deportes/reportaje/cnt_id/3675/pageID/1">Magazine</a> el 13/09/2009.</p>
<div id="attachment_151" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-151" title="sable" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/11/sable-300x224.jpg" alt="Corredores de la Marathon des Sables entrando en las dunas del Sáhara marroquí. Foto: Xavier Aldekoa" width="300" height="224" /><p class="wp-caption-text">Corredores de la Marathon des Sables entrando en las dunas del Sáhara marroquí. Foto: Xavier Aldekoa</p></div>
<p>Por la mañana faltaba Fran. En el campamento de jaimas desparramado en mitad del Sáhara todos están inquietos por este andaluz cuarentón de mirada honesta y sonrisa tímida. Ya debería haber llegado. La mayoría no le conocían de nada cuando, cinco días atrás, retaban a lo imposible en la línea de salida del Marathon des Sables. Pero casi 250 kilómetros de carrera en seis días por las dunas del desierto marroquí, con equipo y comida a cuestas, invitan a la amistad. Aunque ninguno pueda más. La etapa larga de la Sables, sobre los 80 kilómetros, se ceba en los corredores y deja un reguero de pies llenos de sangre y ampollas. Si no fuera por los dorsales, la escena sería propia del bando perdedor tras la batalla. Uno de ellos calienta un cazo de agua para prepararse una sopa y recuperar fuerzas y ánimo. Mastica sin ganas media barrita energética bajo un sol abrasador. A poca distancia, avanza penosamente, cojeando y con muecas de dolor, una corredora británica que se ha destrozado los pies. Literalmente. Va al lavabo, es decir, al desierto abierto, porque en esta prueba de autosuficiencia no hay servicios. Se aleja veinte metros, pero no puede agacharse, así que separa un poco las piernas y orina de pie. Nadie la mira. La mayoría están ocupados imaginando ver aparecer una silueta recortada en el horizonte. Y que sea la de Fran. Sobre las diez de la mañana, unas 25 horas después de empezar la etapa más larga de la Sables, su perfil asoma a lo lejos. Cojo, llorando de dolor, avanza entre los aplausos de sus compañeros, que han salido a recibirle. A su lado, el catalán Salva, quien decidió olvidarse de clasificaciones y acompañarle durante la noche. “He sufrido como un perro, estoy roto”, acierta a susurrar Fran. Entre los abrazos, se escapan varias lágrimas de emoción.<span id="more-150"></span></p>
<div id="attachment_152" class="wp-caption alignleft" style="width: 228px"><img class="size-full wp-image-152" title="sable1" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/11/sable1.jpg" alt="Dos corredores se toman un descanso en la Transalpine. Foto: Dani Aldekoa " width="218" height="300" /><p class="wp-caption-text">Dos corredores se toman un descanso en la Transalpine. Foto: Dani Aldekoa </p></div>
<p>Y justo en esas lágrimas es donde parece estar la explicación. Justo en esa mezcla de sufrimiento y complicidad que lo envuelve todo y que podría repetirse en cualquiera de las carreras multietapa de resistencia repartidas por el mundo. Cientos de personas se dejan atrapar cada año por la magia de unos retos deportivos que van más allá de la pura competición. Son aventuras, hazañas, carreras sin reloj. Participan hombres y mujeres que se pasan el año entrenando, sacando horas después del trabajo o robándoselas al sueño, por el anhelo de enfrentarse al reto de su vida durante unos días. Porque no se trata del tiempo, de bajar de las tres horas en el maratón o volar en un triatlón. En este tipo de carreras, el grueso de los participantes deja de lado la clasificación y corre por uno mismo. Por vivir la emoción de ser protagonista de una experiencia vital inolvidable. De una proeza. De su proeza. Ya sea en el Sáhara, el desierto del Gobi o Namibia, el Himalaya o la selva de Costa Rica. Días después de la vigilia por Fran, en la línea de meta de la Sables, un atleta aragonés resumía en una frase el espíritu de unas pruebas de resistencia de varios días que trascienden lo deportivo. “La clasificación no vale nada, lo que importa es lo que te llevas aquí”, y se señalaba el corazón.</p>
<p>Entenderlo desde la distancia no es sencillo. En la Gore Tex Transalpine Run, que atraviesa 300 kilómetros de los Alpes, las rodillas estallan después de cada etapa. Más de 15.000 metros de desnivel positivo en ocho días, casi como dos Everest, han triturado los nervios del bombero mallorquín Nadal Orell. Le duelen demasiado las espinillas. Debería ir al médico a que le tratara, pero se resiste. Ha oído que a un compañero le han prohibido salir al día siguiente y sabe que él sería el siguiente. No quiere abandonar, así que prefiere apretar los dientes. Se mueve con los músculos agarrotados y camina dando saltitos. Imposible hacer los 40 kilómetros de la próxima etapa. Pero a la mañana siguiente ahí está: en la línea de salida, disimulando el dolor. Cuando el speaker hace tronar la canción de AC/DC Highway to Hell para dar la salida, a Nadal se le escapa un grito de emoción. La música retumba, se dispara la adrenalina y ocurre lo imposible: empieza a trotar. Hace unas horas era incapaz de moverse. Pero con los pelos de punta duele menos.</p>
<div id="attachment_153" class="wp-caption alignleft" style="width: 228px"><img class="size-full wp-image-153" title="sable 3" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/11/sable-3.jpg" alt="La Transalpine atraviesa 300 kilómetros de los Alpes en ocho días. Foto: Dani Aldekoa" width="218" height="300" /><p class="wp-caption-text">La Transalpine atraviesa 300 kilómetros de los Alpes en ocho días. Foto: Dani Aldekoa</p></div>
<p>La pasión con las que los participantes afrontan estas pruebas multietapa ha ayudado a hacerlas cuajar en España. A finales de abril, se estrenó la Xtrem Running Costa Brava, la segunda carrera de resistencia por etapas en España. La pionera fue Al Andalus Trail, una carrera de 250 kilómetros en cinco días por la comarca del poniente granadino, con temperaturas de hasta 45 grados y organizadores con acento inglés. La prueba catalana serpentea entre playas, rocas y caminos de tierra del camino de ronda del litoral catalán. Desde Blanes a Portbou en sólo tres etapas. Hasta 200 kilómetros de un sendero abrupto y espectacular. Xavi Marina, pastelero de profesión y corredor aficionado, dibujó la carrera en su mente después de empaparse de filosofía ultrarunner por el mundo. “Hay mucha afición, cada vez más, pero no se trata de hacer kilómetros porque sí; son carreras para conocer, viajar y vivir una experiencia en un lugar maravilloso. Y aquí lo tenemos, hay rincones escondidos que quitan el aliento. La intención es que la gente viva un ambiente especial, luego el cronómetro casi ni importa.”</p>
<p>La frase de Marina es una verdad a medias. Es cierto que el espíritu competitivo no rige estas carreras, pero cada uno compite por ver si será capaz. Por eso, cuanto más duro es el reto, mejor. La revista Time realizó en enero una clasificación de las 10 pruebas deportivas –de cualquier modalidad– más duras del mundo. Las representantes del atletismo de resistencia por etapas eran carreras de autosuficiencia en el desierto: Four Deserts (Gobi, Atacama, Sáhara y Antártida) y Marathon des Sables. Pruebas de 250 kilómetros en seis días donde los corredores deben cargar su equipo y comida, dormir en el suelo y compensar sufrimiento con ganas. Una auténtica locura que, sin embargo, engancha. Cientos de personas ahorran durante meses los tres mil euros de la inscripción. A cambio de un sol abrasador en un entorno paradisiaco. Y de detalles. El maratoniano Martín Fiz, mito del atletismo español, participó en la Sables en abril y se quedó prendado de la atmósfera de complicidad. “Normalmente, cuando compites, un tropezón de otro es una ventaja; allí era un motivo para pararse a ayudar. El ambiente es mucho más solidario, impresiona como la gente lucha por superar lo que creía que era imposible y en un entorno espectacular”, recuerda. Porque avanzar por las dunas y topar con una caravana tuareg en camellos reconcilia a cualquiera con sus maltrechas piernas. O luchar contra la fatiga, después de horas de trote solitario, compensa si un par de niños bereberes salen a recibir al corredor y se agarran a su mano unos metros.</p>
<div id="attachment_154" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-154" title="sable5" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/11/sable5-300x224.jpg" alt="Las 100 millas del Himalaya, el mejor ejemplo de carrera sin reloj en la frontera de India y Nepal. Foto: Nil Bohigas" width="300" height="224" /><p class="wp-caption-text">Las 100 millas del Himalaya, el mejor ejemplo de carrera sin reloj en la frontera de India y Nepal. Foto: Nil Bohigas</p></div>
<p>a tePero la dificultad no viene sólo del sol. Carreras como las 100 millas del Himalaya o la Transalpine tienden una trampa vertical. La primera, que atraviesa paisajes de postal entre Nepal e India, tiene tramos a más de 3.600 metros. Una tortura que deja KO sin avisar. En la última edición, en noviembre, Scott Michael, estadounidense de bronceado perfecto, no sabía dónde meterse. El bofetón del mal de altura casi le había hecho saltar sus Ray-Ban último modelo. “La cabeza me da vueltas, es como si algo me tirara hacia atrás. Lo más duro de mi vida”, decía la primera noche. Pero al día siguiente, a las seis de la mañana y con el termómetro arañando los cinco grados, estaba en la línea de salida. A distancia, Mr. Pandey, director de la carrera, observaba a los corredores con mirada paternal. “Es duro correr en altura, pero luego atraviesan parques naturales, con vistas maravillosas, y todos quieren volver”, suelta. Sabe que tiene razón. La prueba, con una organización completamente india –y eso implica horarios y desajustes indios–, se adentra en una reserva natural y pasa por el punto desde donde se divisan cuatro de las cinco montañas más altas del mundo (Everest, Kanchenjunga, Lhotse y Makalu). Quizás el único lugar del mundo donde nadie se olvida la cámara de fotos para correr el maratón.</p>
<p>Según las cifras, la experiencia y la belleza compensan. En cuatro años, la Transalpine ha pasado de 184 corredores a casi 500. En la Sables, las 80 plazas reservadas a españoles se esfuman en diez minutos en cuanto se abre la inscripción on line, y ya son el grupo más numeroso tras franceses y británicos. Para Nil Bohigas, director de la empresa No Limit, especializada en gestión de actos deportivos de montaña y coordinador de varias carreras multietapa internacionales, no hay duda del tirón de este tipo de pruebas. “El interés de los participantes españoles no ha parado de crecer. Hace siete años, en la Sables había 20 españoles y se inscribían hasta el último día. Ahora, a los diez minutos se agotan las 80 y ya hay más de cien en lista de espera. Hasta las marcas deportivas han visto el filón”, señala. Según el departamento de marketing de Salomon, la empresa ha triplicado las ventas en España desde el 2006 de su línea de productos diseñados para carreras de resistencia en montaña. Hace tres años, las ventas de zapatillas para este deporte en España representaban el 8% de las ventas totales y contaban con 36 modelos diferentes, este año suponen el 40% de la facturación total de calzado y ofrecen 90 referencias.</p>
<div id="attachment_155" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-155" title="sable4" src="http://www.xavieraldekoa.com/wp-content/uploads/2009/11/sable4-300x205.jpg" alt="Compañerismo, paisajes, esfuerzo, superación y solidaridad. ¿Carreras?. Foto: Dani Aldekoa" width="300" height="205" /><p class="wp-caption-text">Compañerismo, paisajes, esfuerzo, superación y solidaridad. ¿Carreras?. Foto: Dani Aldekoa</p></div>
<p>Es cierto que la evolución del material técnico ha dado un salto abismal, pero unas buenas zapatillas no eliminan los kilómetros. Y menos cuando deporte y supervivencia se difuminan hasta rozar el sinsentido. Hay carreras en selvas tropicales, montañas nevadas o desiertos de ensueño. Un chute de paraíso para los sentidos. Luego está la Yukon. La carrera, una bomba de nieve y hielo, recorre 480 kilómetros en la frontera entre Alaska y Canadá en ocho días. Hay que arrastrar equipo y tienda a temperaturas de 50 grados bajo cero. Un pequeño error es fatal. El alpinista Javier Subías participó en la edición de este año y tuvo que abandonar. Sólo un corredor de doce llegó a la meta; era su sexta participación. Los demás bajaron los brazos o fueron rescatados en helicóptero. Fuerte, de palabra medida y alma tranquila, Subías guarda un recuerdo extraordinario de la experiencia: “La Yukon te noquea física y mentalmente, ves que nadie te va a rescatar ni a sacar las castañas del fuego y que realmente hay mucho riesgo de congelación si te pasa algo. No llevaría a mi hermano, no sé si me explico, pero pese a todo fue maravilloso. Lloraba cada diez minutos, el paisaje era precioso, emocionante, allí era feliz”.</p>
<p>Fidel Martí, de 68 años, contagia entusiasmo al explicar cómo se prepara para enfrentarse al desierto. Ha acabado la Sables ocho veces y conserva el espíritu de Peter Pan: “Hasta los 70, repito, luego ya veremos”, asegura. Es gato viejo y ha aprendido a escuchar al cuerpo y no forzar. Y, si duele, tira de buen humor. Su jaima siempre revienta a carcajadas. Luego, en carrera, se pone serio y ayuda cuando ve a alguien pasarlo mal. “Ves a jóvenes que aprietan demasiado y se hunden. Si no tienes coco, en el primer obstáculo te caes. Si la cabeza dice no, se acabó”, explica.<br />
Fidel empezó a entrenarse cuando su médico le advirtió de que su genética pedía sofá. Ante la amenaza del ácido úrico, respondió con decenas de vueltas matutinas al lago de Banyoles, en Girona. “Si me siento, me muero”, dice. Ya acumula más de dos mil kilómetros de desierto en las piernas. Suficiente para hacer flaquear a una mente de hierro. Pero él se guarda un comodín escondido. Una bandera con la foto de sus nietos en la mochila. “Cuando las fuerzas fallan, no te imaginas cómo empujan estos tres.”</p>
<p>Ya lo recuerda desde hace décadas una de las citas aventureras más recordadas: como no sabían que era imposible, lo hicieron. Porque en este tipo de carreras sin reloj, que son imposibles, cuando la mente dice sí pero las piernas dicen no, el corazón provoca el desempate.</p>
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